Hago un experimento. El artículo, el ensayo, la página editorial, tienen el gran valor de presentar el momento con su vibrante actualidad. Esto lo convierte en una fuente de la historiografía. D. Alfonso Taracena escribió la mejor obra que puede escribirse sobre la Revolución, solo con los periódicos diarios como fuente y reflexiones a partir de ellos. La noticia es dato común vertiginoso; la lectura que se haga es el elemento decisivo en la interpretación del devenir. En la  presentación de “En el Ocaso de mi Vida”, escribe Vasconcelos: “Aparece este pequeño libro, en forma de ensayos y artículos sueltos. Todos están ligados, no obstante por la angustia de la hora y la fe en la promesa de que a la postre no prevalecerán las tinieblas”. Tal debe ser el aporte del artículo para que merezca serlo.

“En los tiempos clásicos, continúa don Pepe, un autor despierto y batallador, un Lope de Vega, escribía comedias para dar voz a sus opiniones y sentimientos sobre toda clase de asuntos vitales.  (Beethoven concibió su música como la única forma posible para expresar sus más airadas protestas. Esto lo digo yo). La edad presente, no tiene tiempo para leer las mil comedias del ilustre poeta, ni siquiera porque sean suyas. Nuestra atención se haya solicitada por un número incalculable de asuntos morales, políticos, científicos, económicos. El género que corresponde a una situación mental parecida, es el artículo de revista o de diario. En el artículo encuentra el escritor un instrumento ágil y claro, corto y penetrante y capaz de remover las conciencias”. En efecto, en el artículo, en la entrevista, de duración pasajera, suelen contenerse momentos de síntesis de valor singular, que están reclamando el acceso al libro, que ofrece mayor perduración.

Los días 5 y 12 de septiembre del 2004, escribí en este espacio dos artículos: “Y, los católicos, ¿qué?”, y “El Hablador”. Para avalar la tesis de don José,  los publicaré ahora, corregidos y pulidos.  Podemos leerlos con los ojos puestos en nuestro momento, diez años más tarde y sacar las conclusiones pertinentes. ¿Cómo están las cosas diez años después?   

 “Creo que la presente guerra mundial es eminentemente religiosa; o al menos, el factor religioso es un ingrediente decisivo. Claro, también, que no andan lejos el petróleo ni el negocio de las armas. La intención de una nueva geopolítica, también. Las guerras se mueven determinadas por los intereses económicos. No sé si la profecía de Marleaux, según la cual, de haber un siglo XXI sería el siglo de las religiones, preveía una situación como la presente.  Desde luego que los fanatismos, radicalismos y fundamentalismos no son exclusivamente religiosos.

El epicentro de la desestabilización planetaria es el conflicto judeo-palestino. Y esta guerra es ancestralmente religiosa y, según advertía un gran conocedor de la guerra, Napoleón, las guerras religiosas son las más crueles. Esta semana hemos asistido a un episodio más de ese inveterado conflicto: un atentado perpetrado por dos jóvenes que se hicieron estallar en sendos autobuses dejando una docena de judíos muertos, entre ellos un niño de tres años y un centenar de heridos; la respuesta consabida: el bombardeo inmisericorde de la aviación israelí, la destrucción de viviendas supuestamente pertenecientes a los suicidas y con el saldo, igual, de niños muertos.  Inexplicablemente para nosotros, los palestinos que se inmolan dejan registrado en un video su despedida, su mensaje con dedicatoria a la policía israelí lo que se traduce en la inmediata destrucción de las viviendas de los familiares, en los “asesinatos selectivos” y en los bombardeos de los campos de refugiados.  ¿Qué más?

Los grupos radicales islamistas -iraquíes o no- han asesinado con toda tranquilidad a doce nepalíes cuyo crimen fue ir a Irak a trabajar en diversos y humildes menesteres. Este jueves corrieron la misma suerte unos turcos.  La prensa internacional publicó la foto de los doce cadáveres tirados en el suelo al pie de una colina, como si estuvieran plácidamente dormidos. En respuesta una multitud airada destruyó y redujo a  cenizas la principal mezquita en la capital de Nepal, al grito de ¡muera el Islam!   Esto equivale a desatar con toda la paciencia oriental una ola de violencia que nadie puede saber a ciencia cierta dónde y cómo ha de terminar.  ¿Qué sigue?

Bueno. Francia ha dado al mundo    otro ejemplo brillante de su mal genético llamado laicismo. No sé por qué extraña fatalidad, los franceses, o los gobiernos franceses, se han visto afectados por este mal. También podríamos llamarle al laicismo el “morbus gallicus”  Los ejércitos franceses eran más temidos por ser portadores de la sífilis que por su capacidad bélica.  Este 2 de septiembre ha entrado en vigencia en las escuelas francesas – 12 millones de jóvenes franceses iniciaron los cursos escolares   – una ley según la cual está estrictamente prohibido llevar las escuelas “cualquier signo religioso ostensible”.  Me van a perdonar mis lectores por la expresión, pero esto es una soberana estupidez.  ¿Qué tiene que ver que una joven católica lleve una medalla de su devoción o que, una joven musulmana lleve su velo?  ¿Afecta esto en algo el desarrollo escolar y científico, o el aprovechamiento en los jóvenes? Resultado: un grupo iraquí secuestró a dos periodistas franceses que hasta el momento de redactar esta entrega cuelgan de la cuerda floja; una intensa actividad diplomática, costosísima, cabildeos con el mundo árabe, intensa actividad de política exterior ha sido uno de los resultados de la medida del gobierno francés sobre los signos religiosos ostensibles en las escuelas.  Así pues, los musulmanes sobre todo, habrán de olvidarse de su forma habitual de vestir que corresponde a sus convicciones religiosas.  Tal vez pueda meter al final de mi artículo una nota de “última hora”.  Me inclino por la liberación de los periodistas franceses; después de todo, Francia no es Nepal y no hay loco que coma lumbre.  No pienso corregir lo escrito. De vez en cuando es bueno equivocarse. Pero los fundamentalismos se dan en todos lados, o sea, no son privativos de lo religioso; fanático y fundamentalista aparece el gobierno francés con su medida, por demás innecesaria. ¿O será necesario quitarles a nuestros pequeños  su medallita para mandarlos a la escuela?

Una declaración del jefe del Partido Popular, Don Mariano Rajoy ha escandalizado a un sector de la intelectualidad española, de suyo muy  susceptible. “Desde luego, afirmó Don Mariano, de lo que no soy partidario es de financiar la enseñanza de religiones que no estén en nuestra cultura, no estén en el respeto de nuestros valores constitucionales que, a fin de cuentas, son los valores que responden a nuestra tradición, a nuestra cultura y lo que nosotros hemos votado”. El primero en saltar a la palestra fue Ian Gibson, – irlandés nacionalizado español que hizo fortuna con sus estupendos libros sobre la vida de Federico García Lorca -, recordando al mundo los valores de la Constitución Española que consagra el derecho a la libertad religiosa, la separación de religión  y estado y la aconfesionalidad  del Estado Español. Gibson cree ver en las palabras del político gallego el “fundamentalismo católico que ha sido el más grave problema de este país desde hace siglos, y sigue siéndolo”. De pasada Gibson aprovecha la ocasión para criticar a Bono, Ministro de Defensa, por la nota necrológica que el ministro dedica por la muerte del Arzobispo de Toledo Marcelo González Martín.  Fundamentalismos por todas partes, también en la política  y en la intelectualidad.

Del caso Irak ni qué hablar. Las escasas y controladas noticias que logran salir de Irak nos dicen algo sobre la acción devastadora de los bombardeos del ejército norteamericano en su afán democratizador. Algo se filtra y aparecen familias enteras muertas y un país devastado. Hace tiempo utilicé, y fui el primero, el término vietnamizar para describir la situación que priva en Irak; muerte y destrucción totales. Antes de la invasión en reunión oficial los jefes de la Liga Árabe habían advertido: “invadir Irak significa abrir las puertas del infierno”; en su momento  dediqué un artículo a este particular. Y las fatídicas puertas están abiertas. ¿Quién las abrió? Ante el desmoronamiento actual y los radicalismos, ¿cuál es el testimonio que deben dar los católicos? Aunque debamos ahondar en esta pregunta, debemos saber que gran parte de la acción de la iglesia no aparece en los medios. ¿Sabía usted que sólo los padres Salesianos asisten a 400 mil refugiados?

Y los católicos, ¿qué?  La respuesta más sencilla sería: “bien, gracias”. En realidad lo que  ha motivado esta entrega es la lectura de una conferencia magistral de la doctora en derecho Mary Ann Glendon sobre el catolicismo  en Estados Unidos. La doctora Glendon lo es en Derecho y Derecho Internacional, profesora actualmente de la asignatura en la Universidad de Harvard. Su conferencia me llamó poderosamente la atención porque es la expresión de una católica practicante, dolida “por la poca importancia que los católicos dan a los temas relacionados con su fe”. No se trata de una fanática, pues los fanáticos no critican la institución, ni de una persona menos ilustrada, todo lo contrario.

Muy lejos, a más de mil años de distancia ha quedado en la iglesia católica cualquier fundamentalismo; dos mil años de experiencia, de reflexión y contemplación han surtido su efecto y en los grandes y santos Pontífices del siglo XX la iglesia ha tenido un ejemplo claro de sereno y decidido compromiso y llamadas constantes a vivir y compartir los valores humanos y cristianos.  No ser fundamentalistas no equivale, sin embargo,  a perder posiciones, a abandonar la misión de evangelizar, la familia, la cultura y los ambientes. También existe el lado opuesto: que defender una identidad, una verdad, sea interpretado como fundamentalismo.

La conferencia de la Dra. Glendon refleja el catolicismo laical de los Estados Unidos y presenta una sugestiva y breve historia del catolicismo en ese país, habla de la situación de persecución, de minoría, de rechazo y de dificultades permanentes para establecerse. “Aunque la sociedad se secularizaba a pasos agigantados, algunos elementos del protestantismo se mantuvieron tan o más fuertes que nunca: individualismo radical, intolerancia con los que opinaban de manera distinta, dirigida hacia la disidencia de los dogmas seculares que remplazaron al cristianismo como sistema de creencias de muchos y una hostilidad permanente hacia los católicos. Para el católico que progresaba, integrarse en esta cultura significó ceder a un anticatolicismo en un grado que hubiera sorprendido a nuestros antepasados inmigrantes”. Afirma la doctora.

Cita al padre jesuita Andrew Greeley, de Georgetown, que afirma: «de todos los grupos minoritarios de este país, los católicos son los menos preocupados por sus derechos y los que menos conciencia tienen de la discriminación persistente y sistemática en las altas esferas del mundo corporativo e intelectual»

Glendon comparte una experiencia: “Hasta que mi marido, que es judío, me hizo reflexionar sobre este tema, siento decir que soy un vivo ejemplo de ello. En los 70s, yo daba clase en la Facultad de Derecho del Boston Collage; durante las vacaciones de verano,  alguien  quitó los crucifijos de las aulas. Aunque la mayoría de los miembros del profesorado éramos católicos y el decano era un sacerdote jesuita, ninguno protestó. Cuando se lo conté a mi marido, no se lo podía creer. Me dijo: «¿Qué les pasa a los católicos? Si alguien hubiera hecho algo parecido con los símbolos judíos, habría habido un verdadero escándalo. ¿Por qué los católicos aceptáis estas cosas?»

Ese fue un momento de cambio para mí. Empecé a preguntarme: ¿Por qué nosotros los católicos aceptamos este tipo de cosas? ¿Por qué les damos tan poca importancia a temas relacionados con la fe por la que nuestros antepasados hicieron tantos sacrificios?

En muchos casos, la contestación tiene su base en la necesidad de progresar y de ser aceptados. Pero para la mayoría de los católicos de la diáspora (situación de dispersión) americana, creo que el problema es más profundo: ya no saben hablar sobre lo que creen o por qué creen. La «gente-llamada- a estar unida» (los católicos) ha perdido su identidad y no sabe a qué está llamada”, concluye.

También parece que han perdido muchas cartas. Uno se pregunta: ¿Cuántos católicos laicos han leído cualquiera de las cartas que los Papas les han enviado a lo largo de los años?, ¿cuántos católicos saben dar una explicación lógica sobre temas elementales sobre lo que enseña la Iglesia en materias cercanas a ellos, como la Eucaristía o la sexualidad, la familia, o qué decir del apostolado laico?  Si son pocos los que pueden hacerlo, no será por falta de comunicaciones desde Roma”.

Entre nosotros el problema es diferente. Nosotros provenimos de una matriz netamente católica y la inmensa mayoría del país se confiesa católica. Se antojaría que un número así de católicos pudiéramos influir para que la realidad fuera mejor. Pero el número es engañoso. Si nos atenemos a los registros parroquiales arriba del 95% de los mexicanos serían católicos, pues están bautizados. ¿Qué se deriva de ello? No obstante las visitas de los últimos dos papas a nuestro país, en realidad parece que el catolicismo mexicano no ha asumido su compromiso con la realidad. La violencia, el crimen, el narcotráfico, la corrupción, aún desde el punto de vista religioso no nos permite ser  optimistas.

Ciertamente es que en México existe una reserva de fe mayor que la del petróleo, pero, como éste, desperdiciada. De una 80% de católicos, ¿cuántos son miembros activos en sus parroquias? ¿Cuántos pueden dar razón de su esperanza a quienes se lo pidan?

Continuará.