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Audiencia General B. XVI (9.03.2011)

En esa Audiencia, el Papa nos presenta el recorrido bautismal de la Cuaresma. Nos presenta, de nuevo, la estructura bautismal de los temas que aborda la Palabra estos domingos recordando la práctica del bautismo de adultos. Da la impresión de que, cuando leemos al papa Benedicto, leemos a un santo padre, ha dicho papa Francisco. He aquí un resumen de esta catequesis.

 En los domingos de Cuaresma, de forma muy particular en este año litúrgico del ciclo A, somos invitados a vivir el itinerario bautismal, casi a recorrer el camino de los catecúmenos, de aquellos que se preparan a recibir el Bautismo, para reavivar en nosotros este don y para hacer de modo que nuestra vida recupere las exigencias y los compromisos de este Sacramento, que está en la base de nuestra vida cristiana.

 En el mensaje que he enviado para esta Cuaresma, ha querido recordar el nexo particular que liga el Tiempo cuaresmal al Bautismo. Desde siempre la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo, paso a paso: en él se realiza ese gran misterio por el que el hombre, muerto al pecado, es hecho partícipe de la vida nueva en Cristo Resucitado y recibe el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cfr Rm 8,11).

 Las Lecturas que escucharemos en los próximos domingos y a las que os invito a prestar especial atención, se toman precisamente de la tradición antigua, que acompañaba al catecúmeno en el descubrimiento del Bautismo: son el gran anuncio de lo que Dios obra en este Sacramento, una estupenda catequesis bautismal dirigida a cada uno de nosotros.

 El Primer Domingo, llamado Domingo de la tentación, porque contemplamos a Jesús sometido a las tentaciones en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales.

 El Segundo Domingo es llamado de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en “hijos de Dios”.

 Tercer domingo. En los domingos sucesivos se presenta el Bautismo en las imágenes del agua, de la luz y de la vida. El Tercer Domingo nos hace encontrar a la Samaritana (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y esta agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo.

El Cuarto Domingo nos hace reflexionar sobre la experiencia del “ciego de nacimiento” (cfr Jn 9,1-41). En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así la luz. En el camino de los catecúmenos se celebra el segundo escrutinio.

 El  Quinto Domingo, finalmente, nos presenta la resurrección de Lázaro (cfr Jn 11,1-45). En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado. Para los catecúmenos, se celebra el tercer escrutinio y durante la semana se les entrega la oración del Señor, el Padrenuestro.

 Ayuno, limosna y oración. Este itinerario cuaresmal que somos invitados a recorrer se caracteriza, en la tradición de la Iglesia, por algunas prácticas: el ayuno, la limosna y la oración. El ayuno significa la abstinencia de la comida pero comprende otras formas de privación en aras de una vida más sobria. Todo esto no constituye todavía la realidad plena del ayuno: es el signo externo de una realidad interior, de nuestro compromiso, con la ayuda de Dios, de abstenernos del mal y de vivir el Evangelio. No ayuna de verdad quien no sabe nutrirse de la Palabra de Dios. (cf. Lecturas del Viernes después de ceniza).

El ayuno, en la tradición cristiana, está ligado estrechamente a la limosna. San León Magno enseñaba en uno de sus discursos sobre la Cuaresma: “Cuanto todo cristiano hace siempre, tiene ahora que practicarlo con mayor dedicación y devoción, para cumplir la norma apostólica del ayuno cuaresmal consistente en la abstinencia no sólo de la comida, sino que sobre todo abstinencia de los pecados. A este obligado y santo ayuno, no se le puede añadir obra más útil que la limosna, la que bajo el nombre único de ‘misericordia’ comprende muchas obras buenas. Inmenso es el campo de las obras de misericordia. No sólo los ricos y pudientes pueden beneficiar a otros con la limosna, también los de modesta o pobre condición. De esta manera, aunque desiguales en los bienes, todos pueden ser iguales en los sentimientos de piedad del alma” (Discurso 6 sobre la Cuaresma, 2: PL 54, 286). San Gregorio Magno recuerda en su Regla Pastoral, que el ayuno es santo por las virtudes que lo acompañan, sobre todo por la caridad, por cada gesto de generosidad que da a los pobres y necesitados el fruto de nuestra privación (cfr 19,10-11).

 La Cuaresma, además, es un tiempo privilegiado para la oración. San Agustín dice que el ayuno y la limosna son “las dos alas de la oración”, que le permiten alcanzar mayor impulso y llegar a Dios. Escribe: “De tal modo nuestra oración, hecha con humildad y caridad, en el ayuno y la limosna, en la templanza y el perdón de las ofensas, dando cosas buenas y no devolviendo las malas, alejándose del mal y haciendo el bien, busca la paz y la consigue. Con las alas de estas virtudes nuestra oración vuela segura y es llevada con más seguridad hasta el cielo, donde Cristo, nuestra paz, nos ha precedido” (Sermón 206, 3 sobre la Cuaresma: PL 38,1042).

La Iglesia sabe que, por nuestra debilidad, es muy fatigoso hacer silencio para ponerse delante de Dios, y tomar conciencia de nuestra condición de criaturas que dependen de Él y de pecadores necesitados de su amor; por esto en Cuaresma, nos invita a una oración más fiel e intensa y a una meditación prolongada sobre la Palabra de Dios. San Juan Crisóstomo nos exhorta: “Embellece tu casa con modestia y humildad a través de la práctica de la oración. Vuelve espléndida tu casa con la luz de la justicia; adorna sus paredes con las obras buenas como si fuesen una pátina de oro puro y en lugar de muros y de piedras preciosas coloca la fe y la sobrenatural magnanimidad, poniendo sobre todas las cosas, en alto del frontón, la oración como decoración de todo el complejo. Así preparas al Señor una morada digna, así lo acoges en un espléndido palacio. Él te concederá transformar tu alma en templo de su presencia” (Homilía 6 sobre la Oración: PG64,466).

 Queridos amigos, en este camino cuaresmal estemos atentos a acoger la invitación de Cristo a seguirlo de un modo más decidido y coherente, renovando la gracia y los compromisos de nuestro Bautismo, para abandonar al hombre viejo que está en nosotros y revestirnos de Cristo, para, renovados, alcanzar la Pascua y poder decir con san Pablo “no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Gal 2,20). ¡Buen camino cuaresmal a todos vosotros! ¡Gracias!  (Audiencia General de día 9).

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I Domingo de Cuaresma. A.

Gén.2,7-9;3,1-7; Sal.50; Rom. 5,12-19; Mt. 4,1-11

Wolfgang Trilling comenta de la siguiente manera Mt. 4,1-11: “Hay algo así como un antidios, un ser maligno, que quiere servirse de todos los recursos para combatir contra Dios. En el N.T. y especialmente aquí, en este pasaje, todo esto se ilumina con el fulgor del relámpago. En el primer instante en que debe hacerse la obra de Dios, ahí está también el antagonista. En cuanto se levanta el telón de un escenario aparecen en él, frente a frente, Dios y Satán, sin fingimiento y con dureza. Se nota cuánto pesa la palabra tentación.  No es una de nuestras cotidianas tentaciones, sino que es una tentación grande y única: desde Dios a Satán. Es la tentación a la caída a la muerte, a la nada”.

 Gén.2,7-9;3,1-7. El primer pecado. El pecado de Adán y Eva no es solo el primer pecado; es, más bien, el único pecado, símbolo de todos los otros cometidos a lo largo de los siglos. El relato bíblico usa imágenes mitológicas, que a nosotros nos resultan un poco extrañas, para expresar el drama de la condición humana. el hombre nace de la tierra, pero está animado por un soplo divino. Por los dones superiores que ha recibido cree que puede hacer todo por sí mismo, como si no fuese una creatura, constituyéndose como dueño de sí y de la creación. Siempre, a lo largo de su historia, el hombre ha intentado declararse autónomo respecto a Dios y hacer él solo el camino de la vida.

 Sal.50. Este salmo forma una unidad con el anterior. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre solo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma «la justicia, la salvación» que se iba preparando en el salmo anterior. Este Salmo nos invita a la conversión, al arrepentimiento a fin de tener parte en la vida que Cristo ha hecho posible para nosotros. Así se abre el Tiempo de Cuaresma.

Rom. 5,12-19. El Nuevo Adán.  Cuando en un país se da un cambio de régimen, hay quienes se aferran al régimen anterior y quienes colaboran decididamente con el nuevo. En Cristo, la humanidad tiene ahora un nuevo Líder; el viejo Adán ha perdido su fuerza; su ley, que se fundaba en la rebelión contra Dios y llevaba a la muerte, ha sido abolida. El poder está en las manos de Cristo, cabeza de una humanidad nueva, que ha vencido la muerte. Una nueva comunión nos une con Dios en la justicia y en la gracia. Los que aceptan al nuevo Líder y se ajustan a su ley, pasan de la muerte a la vida.

 Mt. 4,1-11.- Una tentación recurrente – Si quieres ver al diablo, mírate en un espejo. Si quiere verlo en acción, fíjate como te comportas con Jesús de Nazaret. También nosotros, como Satanás, queremos hacer de Jesús un mago prodigioso, capaz de transformar las piedras en panes y de volar. Es una tentación que desconoce el misterio de la encarnación. Jesús, aceptando la naturaleza humana con todas las consecuencias, ha mostrado que nuestra vida vale la pena de ser vivida, así como es, sin pretender ser ángeles o magos superiores a todos los límites impuestos por la misma naturaleza. La única verdadera victoria, posible para el hombre, es la del amor sobre el odio, del bien sobre el mal.

 El primer domingo del camino cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal. (BXVI. Mensaje Cuaresma 2011)

El Primer Domingo, llamado Domingo de la tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales. (BXVI. Audiencia 9.03.11)

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

Dice el Sirácide: «Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepárate para la tentación». (Siracide. 2,1. Cf. 2,1-13). Las tentaciones burdas son típicas de los principiantes en la vida espiritual, pero, a los que ya caminan decididamente tras el Señor, las tentaciones se presentan de manera más refinada. Las primeras inducen al hombre a un egoísmo explícito, a servirse de todo para satisfacer sus propios deseos; las otras, en cambio, se esconden y se camuflan, presentándose bajo apariencia de bien, sugiriendo pensamientos conforme al alma: a los valientes, pensamientos valientes; a los generosos, pensamientos generosos; y a las personas devotas, pensamientos devotos. En Cristo tentado, los maestros espirituales encontraban el arte de defenderse de las tentaciones. Cristo responde con la palabra de Dios: «No aceptar el diálogo con la tentación, sino oponer el arma de fuego que es la Palabra». La memoria de la Palabra nos une al Señor y, como decían los padres del desierto, aunque nosotros no entendamos la Palabra, el diablo, en cambio, la entiende y huye de ella.

Reflexión.

El primer domingo de cuaresma, nos presenta el episodio de las tentaciones. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto con el claro objetivo, según Mt., de ser tentado por el diablo, es decir, para probar su fidelidad, o lo que es lo mismo, su confianza en su Padre.

Las tentaciones a las que Jesús es sometido, al igual que las tentaciones del cristiano, son el intento diabólico de sembrar la duda y la desconfianza en Dios y en su proyecto, en su Providencia y en su amor. La tentación es poner a Dios en el banquillo de los acusados, decirle que se ha equivocado, que su proyecto no es confiable, no es viable y que nosotros podemos corregirle su obra.

La tentación puede surgir, también, cuando las circunstancias adversas, las persecuciones, por ejemplo, o la enfermedad grave o pérdida de un ser muy querido, hacen que se borre de nuestra conciencia el amor providente y amoroso de Dios. Por eso el Señor nos enseñó a orar: no nos dejes caer en la tentación.  De hecho, el texto original de esta petición del Padre Nuestro es: No nos pongas, – et ne nos inducas in tentationem, (no nos induzcas a la tentación), es decir, no nos dejes en una situación en la que podamos renegar de tu amor providente.

La liturgia de este domingo, toda ella, nos expone esta realidad escalofriante: caer en la tentación, negar a Dios en nuestra vida, ser presas de la duda y la sospecha, de la desconfianza.

Así se desprende desde el libro del Génesis en el que usando sedimentos mitológicos se expresa la realidad más profunda que determina la historia dramática del hombre. En el mundo recién estrenado, aparece un enemigo, un adversario de Dios que está dispuesto a estropear el proyecto divino. También en el desierto, donde Jesús queda sólo frente a su Padre, aparece el adversario dispuesto a sembrar la duda, la confusión y la muerte; a estropear la obra de Jesús.

Durante el camino por el desierto – cuarenta años -, el pueblo de Israel fue sometido a la tentación: dudó y puso a prueba, (tentó), a Dios junto a la fuente de Meribá. La historia de Israel muestra que existieron siempre poderosas fuerzas que constantemente se oponían al establecimiento del reinado de Dios; fuerzas que se exteriorizaban en una brutal violencia o en un refinamiento enmascarado, subliminal, y se servían de los recursos externos, del poder de grandes Estados o de la debilidad de ciertas personas.

Las formas son muy variadas, pero el objetivo es el mismo: Dios no puede ser señor, su voluntad no puede tener validez, su plan no puede realizarse. Por ejemplo, se equivocó cuando instituyó el matrimonio solo entre varón y mujer. En los últimos siglos a.C., en Israel se tiene una vista más perspicaz, y se reconoce un poder personal tras todas esas formas diferentes de seducción, llamado diablo o satanás.

El fondo demoniaco de toda tentación, y del pecado, es la desconfianza en el proyecto de Dios, en su providencia, en su sabiduría, en su amor. Los artistas suelen captar con especial agudeza los detalles que escapan a los especialistas bíblicos; así en la película de Mel Gibson, La Pasión, uno de los episodios más seductores e impresionantes, con el que abre la película, es precisamente la tentación. La escena es simple y sencillamente terrible, porque es sutil, seductora y ataca en el punto exacto donde puede doblarse la voluntad. Y se resume en esto: si tu Padre fuera eso, un padre, no permitiría que te pasará esto, dice el tentador, mientras acaricia tiernamente a un hombrecillo deforme como diciendo: Yo acaricio y mimo a este engendro, ¿por qué tu Padre te entrega a un destino tan atroz? Y cuando Jesús va cargando la cruz, entre la multitud aparece el tentador, un ser andrógino, llevando amorosamente en sus brazos al pequeño hombre deforme. Es la sutileza con la que el diablo nos presenta la duda, la desconfianza, la sospecha.

También en el Edén el demonio usa magistralmente los recursos de la psicología; la curiosidad de la mujer; representar a Dios como un ser prepotente y envidioso que no quiere nuestra libertad, sino que, por el contrario, tiene celos y miedo de que el hombre llegue a ser como él, conocedor del bien y del mal, capaz de dictar las normas morales por sí mismo. La propuesta diabólica, con todo su poder de seducción se resume en la frase del tentador: Seréis como dioses. En la tentación de Eva, escribe Ch. Duquioc, “se ve cómo la situación de la primera mujer le ofrece a Satanás la posibilidad de quebrantar todo su equilibrio interior y su confianza en Dios. Satanás empieza haciendo que Eva tome conciencia de la anormalidad de la situación, ¿y por qué no comer de ese fruto?, ¿por qué una prohibición de esa naturaleza?, después de todo, ¿quién es Dios para prohibir? A la postre, lo sabemos, lo que está en juego es un concepto perverso de libertad. La libertad es para elegir el bien, si, abusando de nuestra libertad, escogemos el mal, perdemos la libertad. Es la tentación primordial y permanente: el hombre que quiere ser dios, conocedor del bien y del mal, dictar sus propias normas, excluir a Dios, decretar su autonomía completa respecto a Dios. Este es el fondo demoníaco de la tentación. No puede haber tema más actual.

¿Cómo podemos superar la tentación? Como la ha superado Cristo, cortando de raíz la ocasión mediante una confianza irrestricta en la providencia amorosa de Dios. La confianza incondicional es el único camino de salvación, escribe Duquoc; pero es un camino que bordea el precipicio de la rebeldía contra Dios. Semejantes situaciones son la tentación suprema para el espíritu. Atacan a la fe en su misma raíz, y se comprende que Cristo les pide a los cristianos que huyan en caso de persecución: la no intervención de Dios se palpa ahí de una manera tan cruel que podría destruir la fe. Tenemos el ejemplo de los mártires que permanecieron fieles en el tormento; pero otros muchos claudicaron y apostataron de su fe.

No es extraño tampoco que la iglesia y los cristianos recen todos los días para que Dios salga de su silencio, para que abrevie los tiempos en los que no se despliega su poder amoroso; la situación que vivimos en Juárez puede ser el ambiente para esta tentación. ¿Dónde está Dios? ¿Qué está haciendo Dios ante tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanta miseria?  También en nuestro ambiente se escucha ya este clamor. Es el ámbito de la tentación. El cristiano reza para que no se encuentre nunca en una situación en donde las únicas salidas posibles sean la confianza ciega o la evidencia incrédula que parece estar seguras que «Dios no nos ama», a Dios no le interesamos mucho.

La tentación de Cristo es ejemplar, pero no es una comedia ni un ejercicio estilístico; por el contrario, resulta tan cruel y peligrosa que el mismo Cristo quiere que recemos para que semejantes situaciones se le ahorren a la iglesia y a los cristianos.

Mención especial  merece el fragmento de Rom. que podemos resumirla en la primera frase: Por el hombre entró el pecado al mundo y por el pecado la muerte. El fruto del pecado es la muerte. Cuando Jesús ha lavado nuestros pecados con su sangre, nos ha devuelto la vida. De tal manera que si, por un hombre entró la muerte en el mundo, por otro hombre, Jesús, nos ha sido devuelta la vida.

Muy oportuno es leer el mensaje cuaresmal de nuestro Santo Padre en el que destaca la dimensión bautismal de la cuaresma y que en este ciclo litúrgico se echa de ver en los domingos que conforman la cuaresma. De aquí puede brotar una temática muy apropiada para las charlas cuaresmales. Serían muy oportunos unos ejercicios espirituales con la temática bautismal.

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II DOMINGO DE CUARESMA “A”

Gn.12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt. 17,1-19.

La segunda etapa del camino cuaresmal nos presenta a Jesús Trasfigurado en la Montaña Santa. Sobre su rostro humano, amenazado por la sombra de la muerte, por breves momentos resplandece la luz brillante de la Pascua, demasiado bella para no desaparecer y, por lo tanto, todavía objeto de esperanza.

Gn.12,1-4.- El ejemplo de Abram.  Abram abandona su ciudad, que era una de las más florecientes de su tiempo; abandona la parentela y la religión de los padres; rompe los lazos más fuertes y se adentra en una aventura al encuentro del riesgo, como todos los migrantes. Dios escoge en él a un hombre “disponible”, vacío de pasado y de sí mismo, para renovar el diálogo interrumpido por el pecado, y dar inicio a la vida de un pueblo santo, que tendrá la misión de preparar el camino al Salvador, a aquél en quien serán benditas “todas las familias de la tierra”.

 Sal 32. (vv. 4-5, 18-19, 20.22).- Himno que invita a la alabanza a Dios  por su misericordia. v 4-5: La primera motivación: palabra, acción, justicia, misericordia, motivos que se irán desarrollando en el cuerpo del salmo. v. 18-19: Tras describir una situación bélica, donde queda claro que la victoria la concede el Señor, concluye invitando a la fidelidad, ‘los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre’.  Y concluye el himno añadiendo el tema de la confianza y la súplica final del v. 22: ‘que tu misericordia Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti’

 Transposición cristiana.  “El plan de Dios es un plan de salvación que no pueden frustrar los planes humanos adversos; que incorpora en su realización las acciones de los hombres, conocidas por Dios. La confianza, como enlace del hombre con el plan de Dios, se convierte en factor histórico activo, para encarnarse en la historia de la salvación. Como el plan de salvación de Dios no tiene límites de espacio o de tiempo, así este salmo queda abierto hacia el desarrollo futuro y pleno de dicha salvación queda disponible para expresar la confianza de cuantos esperan en la misericordia de Dios.

 San Pablo nos habla del maravilloso plan de Dios, que desea salvar a todos los hombres por Cristo: «A mí, el más insignificante de todo el pueblo santo, se me ha dado esta gracia: anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo, e iluminar la realización de misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo….Según el designio eterno, realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro». (Ef. 3,8.9.11)

 2Tim 1,8-10.- Nos ha amado primero. La iniciativa es siempre de Dios, sea al crear el mundo, o al llamar al hombre a la vida, o de salvarlo luego que se ha extraviado. También la fe es un don de Dios, una iniciativa suya, y en un segundo momento es la respuesta del hombre. Este es precisamente el sentido del tiempo de cuaresma: la invitación a reavivar nuestra conversión, conscientes de lo que Jesús ha hecho por nosotros.

 Mt. 17,1-19.  El Tabor y el Calvario – Jesús anuncia su pasión y su muerte a los apóstoles; pero ellos no han comprendido o no han querido comprender. La Transfiguración tiene el objetivo de confirmar con poder ese anuncio, y de anticipar al mismo tiempo la pasión inminente. «Este es mi Hijo, en él he puesto todo mi amor, escúchenlo, crean en lo que él les ha dicho». En realidad, la muerte de Cristo debió ser la cosa más repulsiva de la fe de los apóstoles y tenían necesidad de una confirmación. Aquí en el Tabor, Jesús no es diverso de aquél que subirá al calvario: Se trata del gran amor de Dios, de la palabra que viene de lo alto, del anuncio de una victoria sobre la muerte que impactará la historia completa del mundo.

 1.- El Segundo Domingo es llamado el domingo de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en “hijos de Dios”. (Audiencia 2011).

El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor”. (Mensaje 2011. B.XVI).

2.- “Porque Cristo, Señor nuestro, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el Monte Santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la Pasión es el camino de la Resurrección”.  Este fragmento, que constituye la parte central del Prefacio, es la clave de lectura de la liturgia de la Palabra de hoy. La Transfiguración está situada en el contexto más amplio de la entera vida de Cristo. Luego de la confesión de fe de Pedro en Cesarea, Jesús abre ante sus discípulos un nuevo horizonte: «desde entonces Jesús comenzó a hablar abiertamente a sus discípulos que debía subir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y los escribas, ser asesinado y resucitar al tercer día». (Mt. 16,21). La «voz» venida del cielo: “este es mi Hijo, mi predilecto, en el cual tengo mis complacencias

3.- Morir con él para vivir con él. Pablo hablando del padecimiento que sufre “por el evangelio” nos dice que: “si morimos con él, viviremos con él: si aguantamos, reinaremos con él”. (II Tim. 2,11): si estamos unidos a él, en una muerte como la suya, lo estaremos también en una vida como suya. En otras palabras, si permanecemos fieles a él, superando la tentación, reinaremos con él. De tal manera, pues, que los dos primeros domingos trazan la dinámica, no sólo cuaresmal, sino de la vida cristiana: participar en sus sufrimientos, para participar en su vida gloriosa. La mística y la ascética cristianas no tienen sentido en sí mismas, sino que son, más bien, un medio, de la misma manera que la cuaresma es un camino, para llegar a la gloria de la Pascua. En el cristianismo no se predica el sufrimiento por el sufrimiento, sino la privación voluntaria como un medio de “sacrificio”, de purificación, para participar de la vida de Cristo.

No de manera diferente leemos en el prefacio de ambos domingos. Hace ocho días leíamos: “Porque Cristo, al abstenerse durante 40 días de tomar alimento inauguró la práctica cuaresmal y nos enseñó a rechazar las tentaciones del enemigo….de éste modo, celebrando con sinceridad el misterio de la Pascua podemos esperar que sea un día, nuestra la Pascua eterna”.

Y en el prefacio de hoy, el episodio de la Transfiguración, que tiene lugar tras el anuncio de la Pasión, es “para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas (Moisés y Elías), que la Pasión es el camino de la Resurrección”.  De manera más explícita se expresa el prefacio de la fiesta de la Transfiguración, el 6 de agosto: “Porque Cristo nuestro Señor reveló su gloria ante los testigos que él escogió; y revistió con máximo esplendor su cuerpo, en todo semejante al nuestro, para quitar del corazón de sus discípulos el escándalo de la cruz y anunciar que toda la Iglesia – su cuerpo -, habría de participar de la gloria, que tan admirablemente resplandecía en Cristo, su cabeza”.

La Transfiguración aparece, pues, en el contexto amplio del “camino a Jerusalén”; de hecho los evangelios, el episodio de la Transfiguración, sigue inmediatamente al primer anuncio de la pasión.  Camino a Jerusalén, va al encuentro la muerte.  En este contexto, toma su significado particular la escena de la Transfiguración. Y ha quedado reflejada en la forma como la entiende la liturgia en los Prefacios citados.

El camino hacia la muerte no es el final de Jesús, sino el pasaje a la gloria del Hijo del hombre. Si el grano de trigo que cae en tierra no muere queda infecundo. El que quiera salvar su vida la perderá, pero que la pierda por mí, la encontrará. A los discípulos que acompañan a su Señor, y que representan a la comunidad,  se les promete que al fin les será concedida esa misma transfiguración, o glorificación. Quien lo escucha, (“Éste es mi Hijo… escúchenlo”), es decir, quien escucha al Mesías del tiempo final anunciado por los profetas, (Moisés y Elías), participará, él mismo, de la resurrección. La comunidad  ya sabe muy bien lo que es escuchar a Jesús. (cf. Mt. 7, 21.24; 16,18.24.28) 

4.- ¡Qué bien estamos aquí! El tiempo «intermedio» (entre promesa y cumplimiento), no se puede acortar, sino que es entendido como el tiempo en el que debemos actuar, poner en práctica la palabra escuchada y recibir la aprobación de quien vence la tentación.

La comunidad siempre ha querido acortar el tiempo de la prueba sobre todo en los momentos de persecución y dificultades; esto se descubre en las palabras de Pedro que desea permanecer en la montaña y no quiere, ya, bajar al terreno de la práctica. La comunidad debe saber que la vida del cristiano es “como un servicio militar”. El tiempo no puede acortarse a discreción.  Esto no impide que nosotros le pidamos al Señor, (Apocalípsis), que acorte el tiempo de la prueba. Según los discursos escatológicos de Jesús, el tiempo de la tribulación será abreviado en consideración a los justos; de lo contrario no habría quien superara la prueba, (cf. Mc.13,18-20).  En los momentos de sufrimiento, de enfermedad, de dolor, de adversidades, le pedimos siempre al Señor que acorte el tiempo. De hecho, en todas las eucaristías le decimos la súplica milenaria: «Ven Señor Jesús».

Así se entiende el mandato de silencio que impone Jesús a los discípulos. Se trata de impedir una actitud de impaciencia, de indiscreción, ante las visiones que se han tenido. Se trata de evitar el intento de querer abreviar el tiempo. Lo que Jesús dice a sus discípulos vale para toda la comunidad. La no comprensión caracteriza de nuevo, también aquí, a la comunidad de Mateo, y a la comunidad cristiana de todos los tiempos, que intentan abreviar los tiempos y se le propone el ejemplo de Jesús que, no obstante tener la visión del Padre, baja del monte para enfrentar el camino de la muerte. Ahora, es necesaria la paciencia.

Pero en verdad, la visión de futuro, en el que se perfila la gloria venidera, determina el presente; no se asume el camino de la cruz sin la esperanza de la resurrección.  El tiempo presente siempre se ha de vivir con la mirada puesta en el futuro que nos aguarda, conscientes, siempre, sin embargo, que en el tiempo sólo «la escucha del Hijo», y «el poner en práctica sus enseñanzas» (cf. Mt. 7,21-27) son la única garantía que tenemos de poseer “la vida”.

Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

 La transfiguración sobre el monte Tabor quiere preparar a los discípulos para el acontecimiento pascual que deberá afrontar Cristo. La luz inaccesible de su rostro convencerá a los discípulos de que la crucifixión no es la última etapa: la muerte y la resurrección, éste es el modo en que vive el amor de Dios en la historia.  La presencia de Moisés y Elías testifica que toda la ley y los profetas confluyen en un Mesías pascual. La Ley nunca puede  ser un fin en sí misma, sino que está en función de la relación del hombre con Dios, basada en el amor de Dios y este amor madura en la libre adhesión. El significado de la Ley es la libertad y se expresa en el diálogo. En efecto, Moisés está hablando con Cristo. La medida de toda profecía, por libre e imprevisible que sea, se encuentra en la Pascua de Cristo porque es el amor realizado. Profetizar quiere decir leer la historia y los acontecimientos en la clave del amor de Dios. Y esto también ocurre al hablar con el Señor, es decir, en la oración y en la contemplación.

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III  DOMINGO DE CUARESMA. “A”

Ex.17.3-7; Sal. 94; Rom. 5,1-2.5-8; Jn,4, 5- 42.

El que tenga sed y quiera,
que venga a beber
el agua de la vida”. (Ap. 22,17; Sal. 41,2-3)

Iniciando a la Samaritana en la vida de la fe, suscitando verdaderos adoradores del Padre, comienza Jesús a cumplir su misión. Los samaritanos se han puesto, ya, en camino; su adhesión a Jesús, salvador del mundo, prefigura la fecundad de su evangelio que será predicado hasta los últimos confines de la tierra. 

 Ex.17.3-7. El desierto florecerá – El desierto, para los hebreos, ha sido siempre el lugar de la prueba de su fe-confianza en Dios. ¿Acaso los ha sacado de Egipto para matarlos de sed en el desierto? Cuando el sufrimiento se torna insoportable, aún para nosotros, es fácil “murmurar” contra Dios, perder la confianza que teníamos en él y utilizar ese residuo de fe para exigirle un milagro. Es una tentación muy frecuente tanto en el dolor como en los desastres colectivos. Estamos llamados siempre a una fe-confianza que ningún acontecimiento pueda destruir. 

Sal. 94; Es un acto litúrgico: la primera parte es un himno clásico, la segunda, un oráculo en boca de Dios invitando a la observancia de la ley en relación con el don de la tierra.

Heb. nos ofrece un comentario cristiano a este pasaje: 3,7-4,11. Todo el tiempo del Antiguo Testamento es una repetida llamada y expectación del «hoy» en que podrá entrar el pueblo en el descanso de Dios. Con Cristo llega este «hoy», con su resurrección se inaugura en el mundo el reposo de Dios, que descansó cuando terminó su trabajo creador. Este «hoy» de Cristo se ofrece a todos: hay que escucharlo y entrar aprisa en su descanso. Pero la vida cristiana es de nuevo un «comienzo», que hemos de mantener hasta el fin, para entrar en el reposo definitivo de Cristo y de Dios. “Exhórtense mutuamente cada día, mientras dura es “hoy” (Heb. 3,13).

Rom. 5,1-2.5-8. Dios no nos abandona – El hombre no puede dejar de esperar; por pequeñas que sean, conserva sus esperanza, aun cuando la situación no esté para el optimismo. El fundamento de la esperanza cristiana es sólido: resistimos a la angustia, a la incertidumbre de la vida, porque Dios nos ama. Es la esperanza que no defrauda. Esta certeza descansa en la prueba de amor que Cristo nos ha dado muriendo por nosotros. Así, la esperanza se convierte en nuestra fuerza; es la certeza de que aquel que se ha sentado a la mesa con los pecadores da más importancia a nuestro amor que a nuestros pecados.

Jn,4, 5- 42. La respuesta a todos nuestros anhelos – Jesús cambia la vida y las seguridades de la samaritana, presentándose como la verdadera riqueza del hombre y dando una respuesta segura a sus preguntas más profundas. Él es el agua que da la vida y posee una comida que nunca se agota, la comunión con el Padre, -‘mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre’ -. Incluso, la problemática religiosa tiene en él la solución definitiva, por lo demás fascinante, como liberación de todos los tabúes y conformismos religiosos. De ahora en adelante, la verdadera religión residirá en el corazón, todos tendrán acceso a ella y podrán practicarla si se es fiel, no al espíritu del mundo, sino al Espíritu de Dios.

 Tercer domingo. La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.  (Mensaje Cuaresma 2011)

 Tercer domingo. En los domingos sucesivos se presenta el Bautismo en las imágenes del agua, de la luz y de la vida. El Tercer Domingo nos propone el episodio de la Samaritana que, sin saberlo, busca “el agua de la vida”. (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y esta agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo.(Audiencia General. 09.03.11).

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

El padre Jacob ha excavado un pozo. En el desierto, todos acuden a sacar agua del pozo; por eso, antes o después, todos vuelven al pozo. También Cristo se detuvo en el pozo de Jacob precisamente cuando la mujer de Samaria vino a sacar agua y hasta le pidió que le diera de beber. En el coloquio íntimo y sapiencial, Cristo la conduce al umbral del misterio, mostrándole que él es el verdadero pozo de un agua que quita la sed para siempre. Cuando la mujer intuye que sacando agua del pozo de Jacob ha encontrado en Cristo el agua para la vida eterna, corre a su ciudad y lleva a Cristo a toda la gente. Para vivir, se va al pozo; para vivir eternamente, se va a Cristo. Cristo encuentra a la humanidad herida y sedienta por la vida allí donde la humanidad trata de beber para salvarse, revelando que él es la salvación a la cual estamos llamados a acudir. La salvación consiste en el hecho de que Cristo lo sabe todo de nosotros y, a pesar de esto, nos considera, nos ama, nos quiere cerca.

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En los siguientes tres domingos, vamos a considerar tres grandes imágenes bautismales. Käsemann afirma que el evangelio de Juan está plasmado sobre una concepción sacramental.  Se trata de una simbología en función de Cristo, o si se quiere, una reflexión cristológica fundada en  tres grandes símbolos: el agua, la luz y la vida.

Jn. 4,1-42 es el relato detallado de una estancia de Jesús en Samaria, y más en concreto en el lugar llamado Sicar, cerca del pozo de Jacob. Los detalles son precisos intencionalmente. Ahí se encuentra Jesús con una mujer samaritana. Y entabla con ella una conversación sobre cuestiones religiosas tan fundamentales como el problema de la salvación, simbolizado en la imagen de «agua viva», la recta adoración de Dios y acerca del Mesías. Jesús permanece dos días en el lugar y suscita la fe de los samaritanos. “La mujer” tiene una importancia capital como mediadora de la fe de los samaritanos en Jesús.

Los samaritanos habían tenido un desarrollo autónomo desde siglos atrás. Los asirios llevaron colonos al país, que se mezclaron con la población israelita sobreviviente de la deportación del año 721 a.C. tales colonos aportaron sus propios cultos religiosos, aunque abrazaron en parte, al menos, la religión de Yahvé. Este sincretismo religioso fue uno de los motivos principales de la enemistad que el judaísmo ortodoxo mantuvo contra los samaritanos. Después del regreso del destierro de Babilonia, los judíos de Jerusalén rechazaron la ayuda samaritana para la reconstrucción del templo. Estos datos cobran toda su importancia cuando Jesús elige a los samaritanos como ejemplo de respuesta a su anuncio. Pensemos en el “buen samaritano”, personaje central de la doctrina de Jesús y ahora, en la “mujer samaritana”. Aquí confluyen dos elementos: que sea una mujer quien habla a solas con Jesús, cosa muy mal vista, y que sea samaritana.

El texto de “Jesús y la samaritana” (4,1-42), presenta unas resonancias, con tal fuerza y abundancia, como apenas pueden escucharse en el evangelio según Juan. Nos resulta imposible en el espacio de una homilía desarrollar el tema por completo. Existen monografías sobre este capítulo. Por lo tanto, tendremos que hacer una opción de lectura para comentarlo en nuestra comunidad.

Este domingo, reflexionaremos en la revelación de nuestro Señor Jesucristo bajo el símbolo del agua; él es quien nos da el agua viva que da la vida eterna; el siguiente, reflexionaremos sobre la figura de Cristo, luz del mundo, bajo el signo de la vista devuelta a  un ciego de nacimiento, y, el siguiente domingo, bajo el signo de la resurrección de Lázaro, reflexionaremos en Jesús como el que “ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia”. (Jn. 10,10). No olvidemos, también, que en San Juan los milagros adquieren expresamente el carácter de signos; no son llamados milagros sino semeia (= signos). Entonces, detrás de los signos, está la realidad significada: Cristo, el agua viva que colma la sed del corazón humano; Cristo, que revela el hombre al hombre mismo, “su luz nos hace ver la luz”, (Sal. 36,10). Y finalmente, Cristo es la Vida misma; es “la resurrección y la vida”; el evangelio  de Juan se ha escrito para que creamos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y creyendo tengamos vida por medio de él. (cf. Jn. 20,30-31) En Juan, pues, la teología es una teología simbólica, esto quiere decir, una teología trabajada mediante los grandes símbolos, algunos de ellos cósmicos, el agua, la luz, la vida.

Este domingo la liturgia de la palabra presenta una gran cohesión temática. La primera lectura nos presenta la experiencia fundamental del Éxodo, cuando el pueblo en el desierto duda  y pone a prueba al Señor.  Esta experiencia es convertida en oración en el Salmo 94; y el evangelio, nos habla también en la persona de la samaritana de la permanente sed que aqueja al ser humano.  El agua se convierte en un signo vital. 

El agua. J. Blank dice que “la imagen «del agua viva», señala, una vez más, el papel importante de los símbolos en la transmisión de la experiencia religiosa, incluso, de la experiencia de fe cristiana. Sin un rastreo de la importancia existencial de los símbolos, jamás tendríamos acceso a la interpretación e inteligencia del evangelio de Juan”.  Cuando falta este conocimiento existencial de los símbolos, la interpretación se hace rala. “Por eso hay en las iglesias tan poca «agua viva».  Como ya no se entiende  el «anhelo del alma», es decir, la sed como deseo ardiente de Dios; (cf. Jn. 7,37-39; Ap. 22, 17; Sal 41,2-3; 63,2); como no se entiende tampoco que se trata de responder a ese anhelo de salvación que Dios ha puesto en el corazón del hombre, tampoco se sabe con precisión qué es lo que se puede ofrecer a esa alma como medio de salvación”.  Agustín trabajó mucho el tema del “deseo”, como “ansias” de Dios. Es conocida la incapacidad del hombre actual para interpretar y comprender los símbolos. Si no comprendemos el valor existencial del símbolo del agua, ¿cómo podemos entender eso de que, «Pero el que beba del agua que yo le voy a dar, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial que salta dando una vida eterna»?

En el complejo de las imágenes bíblicas, el agua es vida y salvación. Los hechos salvíficos del Señor para Israel son comparados el encuentro del agua, especialmente, al encuentro de agua en el desierto. (Is. 35,7; 41,18; 43,19; 44,3)  El israelita que se siente separado del Señor es como un desierto sediento, agostado (Sal. 63,2; 143,6). El Señor es una fuente de agua viva. (Jer. 2,13; 17,13); Jesús se aplica la figura del agua a sí mismo prometiendo dar el agua viva que es vida eterna.  (Jn. 4,10. 13ss; 7,37-39). El amor y la providencia del Señor se expresan en el hecho de que él nos guía hacia las aguas tranquilas. (Sal. 23,2) El justo es como un árbol plantado a la orilla de las aguas vivas, un árbol que no muere (Sal. 1,3; Jer. 17,8), la boca del justo (Prov. 10,11), o las enseñanzas del sabio (13,14) o la sabiduría misma son fuentes  de vida, (16,22).  El rey justo es una bendición para su pueblo, como los torrentes de agua en la tierra árida, (Is. 33,2), como los torrentes cambian la suerte del desierto, así cambia el Señor nuestra suerte; he aquí una mínima síntesis de la simbología del agua en la revelación bíblica. En este contexto tenemos que situar nuestro evangelio de hoy.

Resultaría imposible un análisis detallado del texto. Pero ha de quedar claro que Jesús, como Salvador del mundo, constituye el centro del relato:

«Si conocieras el don de Dios y  QUIEN es el que te habla» (v.10).

«Nosotros sabemos que ÉSTE es verdaderamente el Salvador del mundo» (v. 42).   Se trata de lo que los analistas llaman inclusión temática; como las  llaves de un paréntesis, el tema de Cristo está al principio y al final del relato. Se inicia con una afirmación del desconocimiento, y se termina afirmando el conocimiento: si supieras quien, ahora sabemos que éste es el salvador del mundo…

De una situación de ignorancia se llega a una profesión de fe en la persona de Jesús como salvador del mundo.  Esto sucede en forma progresiva: «¿Acaso eres tu más grande que nuestro padre Jacob?», (v. 12); «Señor, veo que eres un profeta» (v. 20); «sé que va a venir el Mesías, el Ungido…; Jesús le contestó: Yo soy, el que habla contigo.»  (v. 25-26).  Esto nos demuestra el descubrimiento progresivo de la persona de Jesús que lleva a cabo la samaritana y termina con la proclamación coral de los samaritanos que le dicen a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú nos cuentas; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es realmente el salvador del mundo» (v.42). Pero aún la fe de los samaritanos admite cierta gradación: muchos creyeron en él por lo que les dijo la mujer; luego, ellos salen al encuentro de Jesús y le piden que se quede con ellos unos días. La consecuencia final fue que  «Muchos más todavía creyeron por lo que les dijo él, y decían a la mujer.   Ya no creemos por lo que tú nos cuentas; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es realmente el salvador del mundo». (cf. 4,39-42)

Muchos y muy variados son los temas que toca este relato de extraña belleza: la salvación viene de los judíos; viene el tiempo, y ya está aquí, en que ni aquí ni en Jerusalén daréis culto a Dios. El verdadero culto a Dios es un culto en espíritu y en verdad; el alimento de Jesús es hacer la voluntad del Padre. Jesús habla con una mujer; de hecho, la meditación que presenta Blank es en torno al “feminismo” de Jesús.  En fin, un relato de extraordinaria riqueza, cargado de simbolismo y cuya interpretación sigue siendo un reto para la comunidad de Jesús.

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Homilía.  Hoy leemos la escena del encuentro de Jesús con la samaritana. Es un texto muy rico en interpretaciones, pero voy a fijarme en un solo aspecto: aquella mujer no esperaba que sucediera nada en su vida. Un crítico señaló respecto a la obra de teatro Esperando a Godot de S. Beckett: «Nada ocurre, nadie viene, nadie va, ¡es terrible!». Una monotonía, un desierto, una soledad que ni “los cinco hombres” que ha tenido, lo han llenado.

Hace pocos años aún se hablaba de la soledad del hombre contemporáneo.  En nuestros días, como le sucede a la samaritana, se ha ocultado esa soledad bajo toneladas de relaciones superficiales y de ocupaciones efímeras. El tuit nos engaña  haciéndonos creer que estamos acompañados, pero, en realidad, seguimos solos.

Quien vive la Cuaresma llega a encontrarse consigo mismo. Así le sucedió a Israel en el desierto (primera lectura).Pensaban que se conocían, pero la sed los llevó a murmurar=dudar contra Dios. Creían que su enemigo eran los egipcios que los esclavizaban, pero el mal estaba en su interior. El desierto les puso ante la verdad desnuda, ante su poca fe. El desierto es exigente y peligroso, austero. Dios quería darles agua, pero Israel necesitaba saber que sólo el Señor podía saciar su sed.

La samaritana se entretiene en su caminar diario hacia la fuente, libre de sobresaltos pero también privada de toda alegría en su vida no obstante sus muchos maridos. Su vida es ‘terriblemente cotidiana’. Jesús quiere darle agua, pero es preciso que ella reconozca su verdadera sed. Aquello que realmente le hace falta y que ella ni siquiera intuye. También Jesús quiere llenar de sentido nuestra vida y por eso caminamos en la Cuaresma armados con el pequeño cántaro de lo que pensamos que necesitamos. Pero sólo el encuentro con el Señor hará que cambie todo y nos llevará a abandonar el horizonte limitado de nuestras aspiraciones para abrirnos a su don infinito: al agua viva que se transformará en una fuente en nuestro interior y que nos llevará a la vida eterna. Quizás nuestros deseos, cuando los limitamos olvidando que lo que esperamos es  a Dios, se convierten en una carga. Suceden cosas, hay alguien que viene y la vida es maravillosa.

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Tips para Jn. 4.

1.- Juan, en esta perícopa, quiere describir el ministerio de Jesús en tierra Samaritana con un intento parcialmente polémico contra los judíos. En 2,15ss, Juan ha mostrado la incredulidad de los habitantes de Jerusalén en relación con la revelación de Jesús. Éstos han reconocido en Jesús a un simple taumaturgo, su fe no ha ido más lejos. El pueblo de Israel, heredero de la ortodoxia y promesa mosaica, en realidad ha rechazado a su Mesías, porque no cree en su testimonio. En la perícopa altamente dramática de Jn 4,1-42, al contrario, se describe la fe auténtica en Jesús, la fe de una nación que los judíos consideraban herética, cismática y semi pagana. Mientras que los israelitas ortodoxos, no obstante haber visto numerosos signos realizados por Jesús, no aceptan su revelación, los despreciados samaritanos, que no han asistido ni siquiera a uno de esos prodigios, creen que Jesús es el Mesías, el revelador e incluso, el salvador del mundo.

2.- Esta perícopa puede ser leída significativamente con una pregunta constante: ¿quién es Jesús para mí?

3.- Hacer la voluntad de Dios. Jesús en Jn. 4,34, proclamando que su alimento es hacer la voluntad del Padre, se presenta como el modelo de los discípulos. Toda la obra de Cristo, ha escrito Schnackenburg, proviene del amor y de la obediente subordinación al Padre…. Su obediente servicio y su obra para la salvación de los hombres se convierten también en un ejemplo para sus discípulos que deben retomar y continuar su camino.

Todos los seguidores del Verbo encarnado deben imitar a su maestro en el cumplimiento del plan salvífico.  La Constitución LG nos enseña que todos los cristianos llegan a la santidad cumpliendo la voluntad de Dios en el ejercicio de los propios deberes cotidianos y manifestando de éste modo al mundo, la caridad del Padre celestre: Todos los fieles, por lo tanto, serán cada día más santos en su condición de vida, en sus deberes y circunstancias y por medio de todas estas cosas, si todo lo hacen con fe de la mano del Padre celestial, y cooperando con la voluntad divina, manifiestan a todos, en el mismo servicio temporal, la caridad con la cual Dios ha amado al mundo. (n.41).

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IV DOMINGO DE CUARESMA. A

Sam. 16,1.6-7.10-13; Sal. 22; Ef. 5,8-14; Jn. 9, 1- 41

En otro tiempo erais tinieblas;
Ahora sois luz.
(Ef,5,8)

 La vida cristiana es un crecimiento lento, en el claroscuro de este mundo, de la luz recibida y entrevista hasta que resplandezca con plenitud el día de Cristo. Ciegos finalmente curados, luces nacidos de la Luz, podremos entonces postrarnos ante Él. Iluminados, llamaban los Padres a los recién bautizados.

 Sam. 16,1.6-7.10-13. La elección de Dios. La historia habla de dos unciones de David, una de parte de los hombres del sur, otra de parte de los hombres del norte (2 Sam. 2,4; 5,3). Por motivos políticos las tribus han elegido a David como Rey. Pero también Dios está presente en la historia; para fijar la escala de valores y para dar prioridad a Dios, el autor de este relato habla de una tercera unción. La pone en la época en que David es aún un muchacho, el último de sus hermanos, que debe callar ante las personas mayores. El hombre ve las apariencias, Dios ve el corazón.

Salmo 22. Salmo de confianza. Domina un tono sereno, apenas turbado por una referencia pasajera al enemigo.

El contexto sacro del salmo facilita la transposición al contexto cristiano sacro. Esta transposición global se articula en esta serie de imágenes o símbolos arquetípicos: el agua, la comida, la unción, la copa, la morada. En este nivel de símbolos arquetípicos se encuentra nuestro salmo con los sacramentos de la nueva alianza, símbolos de salvación  en la «pastoral» de Cristo: «fuentes tranquilas» del bautismo, «el reparar las fuerzas» en la confirmación, la «mesa y la copa» de la eucaristía, «la unción» del sacerdocio, acompañan y guían al cristiano por «el sendero justo», hacia la «casa del Señor, por años sin término». (cfr. Jn.10)

 Ef. 5,8-14.-  Despertad del sueño. San Pablo nos presenta en esta lectura la doctrina del bautismo y las consecuencias de pertenecer a la iglesia. La luz de Cristo ha brillado en las tinieblas; los hombres han sido iluminados, ya no caminan a tientas, saben a dónde los llevan sus pasos. El camino de la luz es necesariamente «un camino de bondad, de justicia y de verdad». Pero, cuántas veces, en medio de una hermosa luz fulgurante, nos dormimos, y preferimos las tinieblas  para no ser desenmascarados.  

 Jn. 9, 1- 41.- La fe puesta a prueba. Un ciego de nacimiento; uno de aquellos casos ante los cuales el hombre se rinde. Jesús, por el contrario, lo sana. La fe del ciego, sin embargo, es muy insegura; no sabe quién lo ha curado, y el ambiente religioso en que vive no le ayuda a reconocer, a dar gracias y seguir a aquel Dios de quien ha recibido todo. Su fe, para afirmarse, tiene necesidad, sin más, de un escándalo religioso; luego del escándalo en el cual se encuentra, Jesús se le manifiesta y lleva su fe a la plenitud. Nuestra fe, ¿a qué nivel se encuentra? ¿Somos también nosotros de aquellos que preferimos no ponernos ningún problema? ¿Somos excluidos y condicionados por el escándalo de las instituciones, o más bien, seguiremos al Señor con sencillez de corazón, dándole gracias?

El Cuarto domingo, el episodio del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz». (Mensaje de Cuaresma del 2011)

Este Domingo nos hace reflexionar sobre la experiencia del “ciego de nacimiento” (cfr Jn 9,1-41). En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. También nosotros debemos aprender a ver la presencia de Dios en el rostro de Cristo y así (ver ) la luz. En el camino de los catecúmenos se celebra el segundo escrutinio. Audiencia General (09.03.2011).

Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

El hombre fue creado de la tierra y del soplo del Señor, es decir, gracias a una participación suya personal. Si el hombre se cierra al Espíritu, queda sólo la oscuridad de la tierra sin forma. Cristo cura semejante humanidad con el barro hecho de su saliva, recordando la creación del hombre. Al ser ese hombre ciego de nacimiento, Cristo no le impone la salvación, le deja a él tomar la decisión de ir o no a la piscina de Siloé a lavarse. Siloé era la piscina de las abluciones de los prosélitos y allí se insertaban en el camino de fe. El ciego, al escuchar la palabra de Dios, va a lavarse y, dando la precedencia al Espíritu, concluye su camino postrado ante Cristo, su Salvador. Sólo mediante lo personal que él nos ha dado, su soplo, su Espíritu, podemos llegar con nuestra carne a la adhesión a él en un conocimiento de amor; de lo contrario, como demuestra los escribas, uno puede pensar que es religioso, pero seguir teniendo un corazón de piedra.

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El relato. Abordamos, este domingo, el tema de «la luz». “El vivísimo episodio de la curación del ciego de nacimiento, con los interrogatorios que lo integran revela la asombrosa ceguera espiritual de los judíos. Este capítulo, que en su género es una pequeña obra maestra de arte dramático, pone de frente al ciego que ha sido curado y a los judíos espiritualmente incapaces de ver, y pone de relieve – con escenas y diálogos llenos de vida -, la obstinación de los intérpretes oficiales de la ley en la ceguera de su incredulidad. Los fariseos se rehúsan a abrir los ojos a la luz, no quieren rendirse ante la evidencia de los hechos. Esclavos y prisioneros de las tinieblas de su incredulidad, quieren permanecer ciegos.

El contraste ante la actitud simple de una persona del pueblo, sin instrucción, pero rica en sentido común, y el comportamiento altanero de los doctos fariseos que raya en la estupidez y el ridículo, subraya fuertemente la ceguera espiritual de los maestros de Israel. El ciego de nacimiento, abierto a la luz de la verdad, no sólo ha sido curado de su desgracia física, sino que ha llegado también, a la luz de la fe. Al contrario los judíos que, en su actitud orgullosa que presumen ser los guías del pueblo y los intérpretes y jueces de la ley, viven en la ceguera más profunda, están envueltos en las ieblas de la incredulidad.

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El capítulo 9 de San Juan es una joya de arte dramática y de teología profunda. También en este capítulo, doctrina cristológica y arte literaria, se funden de un modo admirable. El diálogo es siempre vivaz, la acción es simple y plena de vida, la enseñanza es por lo demás, sublime, profunda y al mismo tiempo transparente. En este capítulo, Juan ha mostrado, una vez más su raro talento artístico y su genio teológico. (cf. S.A. Panimolle. II. 377). Estas palabras del biblista, benedictino, nos ponen ya, en una buena pista de homilía: la ceguera es la incredulidad, teórica o práctica; la fe es poseer la vista, la capacidad de ver, es el signo de la fe, de creer en el “Hijo del hombre”. Luz y tinieblas, es el tema. ¿Cuánta tiniebla hay en nuestro derredor, en nuestro ambiente, en nuestra vida? ¡Cuánta ausencia de fe!  La curación del ciego indica el don de la fe, la iluminación de la mente, el encendido de esa chispa divina en el corazón humano. Creer es estar iluminado, es tener luz, es ver; sin la fe todo es tiniebla. Estamos ciegos.

La Luz. “La vida que se dio en la creación es luz, es decir, solo es auténticamente vida la vida que está en la claridad, que no se cierra en sí misma, sino que vive en la verdadera realidad: en la sumisión a Dios y obediencia a su palabra. Y viceversa: el mundo no es tiniebla en el sentido de que las tinieblas fuesen un poder hostil a Dios y preexistente a él, sino que se convierte en tinieblas porque se cierra en sí mismo, porque rechaza la iluminación que le viene de la palabra de Dios y, con ello, la verdadera vida. Si la vida sólo es vida cuando se conoce a sí misma en su ser llamada por Dios,  necesariamente ha de tener la posibilidad de negarse a esa omprensión y consiguientemente de convertirse en tinieblas.

Las tinieblas no son en Juan como en la gnosis una sustancia eterna hostil a Dios, sino un acto histórico: la rebelión, presente a lo largo de la historia del hombre contra el llamamiento de la palabra divina y el replegamiento de este hombre sobre sí mismo. Por eso Juan dice del hombre que se ha instalado o se instala en sí mismo, que da muerte a la verdad y que es mentiroso. 

En Juan, el simbolismo de la luz hay que considerarlo en un contexto más amplio: la interpretación de los grandes símbolos de la humanidad: pan, agua, vida, luz, que el cuarto evangelio hace aplicándolos a Jesús de Nazaret.  El momento culminante de este simbolismo es el relato de la curación del ciego de nacimiento, en el que expone de manera fascinante todo el drama de la historia humana que en el prólogo aparece sólo en unas palabras: «la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo» (Jn. 1,9); o también  en el v. 4: «la palabra contenía la vida, esa vida era la luz de los hombres; esa luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la han comprendido”.  La luz es para Juan la verdad, que en Jesús se ha hecho de nuevo accesible al hombre, las tinieblas son la mentira que es la situación real del hombre antes y después de Jesucristo, pues el hombre, de una u otra forma, vive siempre contra la verdad. La alegoría de la luz queda así radicalmente desnaturalizada y, al mismo tiempo, elevada a la más alta significación”. (cf. Ratzinger J. Conceptos Fundamentales de la Teología I. ad locum).

El mismo tema desarrolla el apóstol Pablo en la Segunda lectura de hoy, con singular profundidad existencial: “En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, ahora, unidos al Señor, son luz”.  Esa es la posibilidad maravillosa del hombre. Y como dice J. Ratzinger en la obra citada, el hombre es luz cuando acepta ser la creatura de Dios y vivir sumiso y obediente a la ley de Dios. Por el contrario, él se convierte en tinieblas cuando hace una opción por la mentira, y la mentira es hacer lo que Dios no quiere que hagamos. Y no existen ni las mentiras pequeñas ni las mentiras piadosas. Y el hombre puede llegar al punto, no sólo de mentir, sino de ser él mismo mentira.  Los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad. El que hace una opción por la mentira, se convierte en tinieblas. Pablo exhorta a los cristianos a buscar lo que agrada al Señor «y a no tomar parte en las obras estériles de los que son tinieblas». La frase siguiente de San Pablo es estrujante: “al contrario, repruébenlas abiertamente; porque, si bien las cosas que ellos hacen en secreto da vergüenza aún mencionarlas, al ser reprobadas abiertamente, todo queda en claro, porque todo lo que es iluminado por la luz, se convierte en luz”. Frases semejantes se convierten en principios interpretativos de la historia humana. En la medida en que, ni siquiera, expresemos nuestro desacuerdo con “el mundo”, nos hacemos cómplices de su maldad.

No podemos olvidar lo que dice San Juan: “.El juicio consiste en esto: en que la luz vino al mundo y los hombre amaron más las tinieblas que a la luz, porque sus acciones eran malas. Todo el que practica lo malo detesta la luz, y no se acerca a la luz para que no se descubran sus acciones. En cambio, el que obra conforme a la verdad, se acerca a la luz para que se vean sus acciones, porque están hechas como Dios quiere”. (Jn, 3,19-21).

El tema de la luz se extiende por toda la primera mitad de Jn. Podemos decir que la primera parte del IV evangelio está comprendido entre dos citas  que determinan lo que los especialistas llaman “inclusión temática”, una especie de paréntesis que encierra un tema. Dicho tema es la luz. Jn.1,4 y 12,35-36 constituyen esta inclusión:

“La Palabra era la vida, y la vida era la luz de los hombres”. (Jn.1,4). “Jesús les dijo: Aún les queda un poco tiempo de luz. Caminen, Mientras tienen luz, A fin de que no los sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tienen luz Crean en la luz, para que lleguéis a ser hijos de la luz”. (12,35-36).

Estas palabras de Jesús están casi al final de su vida ministerial. “Así habló Jesús y se apartó de ellos y se escondió”. (v.12,36b).

 La luz, – Cristo revelador -, se estaba ya ocultando para aquella gente que no eran más que ciegos voluntarios, que no quisieron ver en él al Mesías de Dios.  Con la imagen de la luz, la sagrada escritura nos revela lo que Dios es para nosotros.

Tampoco podemos olvidar lo que el mismo evangelista nos dice en el capítulo 8,12.

De nuevo les dijo Jesús:
Yo soy la luz del mundo,
quien me siga no caminará en tinieblas,
antes, tendrá la luz de la vida.

Igual es oportuno recordar la reacción del hombre ante la presencia de la luz:

…la luz brilló en las tinieblas,
y las tinieblas no la recibieron.
(Jn.1, 5).

Incluso, “El juicio versa sobre esto: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron (amaron más), las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas (3,19).

Y, obviamente, el cap. 9 de Juan, es, todo él, el desarrollo de esta idea; se trata de una teología narrativa: la revelación divina realizada por Jesús,  y la respuesta, negativa o positiva, del hombre que determina la salvación o la condenación. (cf. Jn. 3, 36).

Bástenos estas alusiones para comprender la importancia que Juan da a este tema que, a su vez,  hereda del A.T. y del judaísmo en donde Dios es luz y su ley y mandatos también son luz que iluminan nuestro camino. Como punto de interpretación, no olvidemos que siempre se habla de luz en orden al camino; se trata de caminar, de avanzar con sentido, en una dirección, y en la búsqueda de ese camino, quien es a la vez camino e ilumina el camino, es la revelación divina, es Cristo mismo. Este es el significado del tema de la luz.

La imagen está tomada de la naturaleza. La luz natural de hecho se presenta como el medio indispensable para ver los objetos y las personas; los colores y las cosas se manifiestan con la luz. En la obscuridad todos los gatos son pardos, las cosas se desperfilan, los colores se pierden, las personas resultan incognoscibles. Sin luz, uno camina a tientas en las tinieblas, no se puede actuar, no puede uno moverse; la belleza de la creación queda escondida e invisible. De manera análoga, la luz de la Palabra divina indica con plasticidad la acción de revelar, de mostrar las realidades cuotidianas y las cosas espirituales y celestes. El Señor  con la luz de su palabra aclara el camino del hombre, ilumina las tinieblas del mal y revela el auténtico significado de las realidades terrestres.

Rudolf Bultmann, en su comentario a Primera de Juan, dice: También en 1Jn., como en Jn., luz (s) es una característica de la salvación. Característico de 1Jn como también de su evangelio, es el hecho de que la salvación escatológica dada al creyente no constituye una posesión, sino que incluye una instancia ética, una exigencia moral, de modo que el creyente no ha «llegado jamás a ser perfecto», sino que siempre va de camino. En otros términos: la afirmación de que Dios es luz no significa que podamos apoderarnos de él en una visión, sino que él es una determinante de la existencia humana.

La concepción de fondo, que subyace a todas las variaciones sobre la luz es ésta: La luz es, en sentido propio, la claridad que el hombre necesita para encontrar su camino en las vicisitudes cotidianas tanto como en la vida del espíritu.  La iluminación de la existencia, está ligada necesariamente a la vida, de tal manera que, desde siempre y en todas partes, la luz está asociada a la vida y las tinieblas a la muerte…..

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V DOMINGO DE CUARESMA  “A”

Ez. 37,12-14; Sal.129; Rom. 8,8-11; Jn. 11,1-45.

“Yo soy el camino, la verdad
y
 la vida”.

A todos aquellos que tienen miedo de arriesgar la vida o que la custodian egoístamente, Jesús les dice: «yo soy la resurrección y la vida». Esto no significa únicamente que puede quitar la piedra del sepulcro de otros, e incluso la propia. La resurrección es su misma persona, es él quien da la vida aquí y ahora. (hic et nunc).

 Ez. 37,12-14; Aquel que da la vida. El Espíritu de Dios, que ha hecho nacer del barro al hombre, se da a un pueblo escarnecido por el dolor del exilio y la opresión, para hacerlo vivir, libremente, en la alegría. «He aquí que Yo abriré vuestros sepulcros». Es el signo de otra liberación más importante y universal con la cual Dios intervendrá en favor de la humanidad: la victoria definitiva sobre la muerte que se realiza en Cristo y es anunciada a todo hombre.

 Sal.129; Suplica individual, con invitación a la asamblea. Siete veces se invoca el nombre del Señor en este breve salmo. Es uno de los salmos hermosos, profundos, intensos que brotan de lo más ‘profundo del hombre’. Este hermoso salmo penitencial nos revela que la verdadera desgracia, la que ocasiona el desastre y la muerte, es el pecado. «La paga del pecado es la muerte», dice Pablo; también dice «Por el hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte». Debemos de abandonar el pecado, dejar de hacer el mal y volver al Señor.  Desde lo hondo de mis pecados, de nuestros pecados, del pecado que se hace forma de convivencia y relación, desde ahí gritamos al Señor.

 vv.1-2. Lo hondo es para los Israelitas temible, incomprensible, emparentado con la muerte y el abismo. Desde su hondura humana el hombre grita, y su grito sube al cielo. vv.3-4. La hondura radical es el pecado que aleja al hombre de Dios, lo envuelve en la oscuridad. Solo de Dios puede venir el perdón, por eso el hombre ha de respetar a Dios con temor sagrado (el temor de Dios). vv.5-6. En su ignorancia y oscuridad el hombre puede atravesar la oscuridad con su grito; después aguarda y espera. Como la aurora devuelve la luz, así Dios enviará a la luz. vv. 6-8. Como el individuo, todo el pueblo ha de asumir la actitud de humilde expectación: amanecerá la misericordia, el Señor redimirá del pecado.

 La liturgia cristiana ama este salmo penitencial. Aunque la iglesia y cada uno de los cristianos han sido tocados por la luz de Cristo, sin embargo, viven en lo hondo del mundo y pecan. La redención copiosa de Cristo se va realizando continuamente en una expectación continua de la redención definitiva.

 Rom. 8,8-11. La vida  tendrá su triunfo – La «carne y  obras de la carne» son el símbolo de nuestro egoísmo, contra el cual San Pablo nos advierte. «La carne de nada sirve; el Espíritu es el que da vida». (cf. Jn.6,63; 6,40) Las obras de la carne dan muerte, las obras del Espíritu dan vida. Somos deudores, no de la carne, sino del espíritu. Pero en testa lucha, tal vez el cansancio nos gana; ¿Para qué luchar hasta el infinito, sin descanso? El apóstol nos recuerda la razón de esta lucha de cada día: la fuerza de Jesús resucitado, el Espíritu,  está con nosotros, él, venciendo la muerte, nos ayuda a afrontar el cansancio y el pesimismo y nos dará la victoria final.

 Jn. 11,1-45. Cara a cara con la muerte – después de los relatos de la samaritana y del ciego de nacimiento, he aquí la tercera narración, construida sobre el mismo esquema: un diálogo de doble sentido: sueño y despertar que significan la muerte y la resurrección. Cada uno de estos relatos pone en evidencia el hecho que Jesús, en el bautismo, se presenta como la fuente del agua viva, la luz y la vida. Al lado de este significado, el relato de Lázaro desarrolla, más claramente que los otros, el tema pascual. La pasión se perfila en el horizonte («vayamos a morir con Él»); la muerte viene al encuentro de Jesús en la persona del amigo, y él se turba; las lágrimas de Marta ante la tumba y, al fin, el retorno del amigo a la vida, anuncio del triunfo de la vida en Cristo, resucitado. Todos estos detalles, anunciaban, claramente, la inminencia de la muerte y la resurrección de Cristo.  

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“Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

 El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos”.

“El V Domingo, finalmente, nos presenta la resurrección de Lázaro (cfr Jn 11,1-45). En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos capaces de gustar a Dios, de hacer morir el hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado. Para los catecúmenos, se celebra el tercer escrutinio y durante la semana se les entrega la oración del Señor, el Padrenuestro”. (Audiencia. 09-03.11).

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

Incluso los amigos de Cristo enferman y mueren. Marta y María, pese a todo su cariño, no ha logrado retener al hermano Lázaro en  vida, como si su amor no hubiera bastado. Por eso, confiesan ante Cristo que solo su presencia hubiera salvado al hermano. Cristo responde a la hermanas que él es la resurrección y la vida. La fe en Cristo implica esa relación fuerte mediante la cual se es siempre contemporáneo a Cristo, se está siempre en su presencia. Y esa presencia no mengua ni siquiera a la hora de nuestra muerte, porque, también ahí, nos espera él, pero vivo. Marta admite con alegría que es precisamente él quien debía venir a este mundo, el mundo de las tinieblas y de la muerte, del destrozado y del herido, para afirmar que los amigos de Cristo, incluso aunque mueran, viven. Marta y María demuestran que es el amor de Cristo el que les devolverá al hermano Lázaro. En Jesucristo, nuestro amor se hace taumatúrgico, vence la muerte.

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La unidad temática de este domingo es evidente y compacta: Jesús es la Vida. Ya desde el prólogo Juan afirma que «en la Palabra existía la vida, y la vida era la luz de los hombres» (1,4); y en el capítulo 10, el tema de El Buen Pastor, Jesús afirma con toda claridad: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». (10,10). La conclusión del IV evangelio reza de la siguiente manera: “Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están consignadas en este libro.  Estas quedaron escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo «tengan vida por medio de El»” (20,30-31). En el cuerpo del IV evangelio con mucha frecuencia Jesús nos va a hablar del tema de la vida: el pan de la vida, el agua de la vida, la luz de la vida, el pastor que da la vida, etc., etc.; de tal manera, pues, que el tema de la vida se convierte en la clave interpretativa de la persona y de la misión de Jesús a favor del hombre.  Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna. (3,16) Y al final de este capítulo Juan concluye de la siguiente manera: «Quien crea en el Hijo tiene vida eterna. Quien no cree al Hijo, no sabrá qué es la vida, pues lleva encima la ira de Dios». (3,36)

Josef Blank introduce el relato de la resurrección de Lázaro con estas acertadas y felices palabras: Con el relato de la resurrección de Lázaro (11,1-44) empieza el preludio de la historia de la Pasión, porque esa «señal», en la historia joanica de Jesús, es el motivo directo de la condena a muerte de Jesús, decretada por el Sanedrín o gran consejo (11,45-53). En efecto, muy a su estilo Juan maneja genialmente la ironía, y una ironía cruel en este caso: mientras que Jesús se revela como el dador de vida, como la vida misma, los judíos, empecinados en su ceguera, deciden dar muerte “al autor de la vida”. El contraste no puede ser más fuerte. Una señal de que Jesús es el Señor de la Vida, es lo que desata el intento homicida que se consumará en la cruz.

Continúa Blank: Este es un punto que Bultmann ha destacado atinadamente «se da el giro; se acerca la hora de la pasión. El motivo extremo del cambio fatídico es la resurrección de Lázaro, y el evangelista ha puesto bien en claro esa su importancia». Por ello hemos intentado de hacernos una idea lo más clara posible de la óptica de Juan. En el evangelio según Juan, la resurrección de Lázaro constituya, a no dudarlo, la más alta e insuperable de las «señales». Aquí no se trata de la curación de un enfermo, ¡sino de la resurrección de un muerto que lleva cuatro días en la tumba! A ello se suma la especial significación teológica de la señal, que se deja sentir, una y otra vez, en diferentes planos y que en un punto culminante apunta al propio Jesús como la resurrección y la vida. (11,18-27) La resurrección de Lázaro es, pues, el verdadero preludio de la resurrección de Cristo, y el lector debe saber, ya desde ahora, que el camino de Jesús no es en definitiva un camino hacia la muerte, sino un camino que, a través de la muerte, conduce la glorificación, a la resurrección y la vida. Así, en la visión jóanica, la visión de la pascua brilla ya desde el comienzo sobre el camino de Jesús, que en su realidad histórica pasa ciertamente, el primero, por la oscuridad incomprensible del sufrimiento humano. Así, en la visión joánica, la luz de la Pascua brilla ya desde el comienzo sobre el camino de Jesús, que en su realidad histórica pasa ciertamente, el primero, por la oscuridad incomprensible del sufrimiento humano.  Y de la muerte.  La teología de los padres lo expresó en el Símbolo de los Apóstoles: «descendió a los infiernos».

Refiriéndose este autor a la problematicidad histórica del relato concluye: por ello resulta también aquí tanto más importante el contenido predicacional de la historia, expresado en forma clara e inequívoca: Jesús es en persona la resurrección y la vida. Lo cual significa que en el relato de la resurrección de Lázaro laten la primitiva fe pascual de los cristianos, la confesión de fe en el resucitado y en su permanente presencia en la iglesia, así como la confesión en Cristo resucitado constituye ya una participación de la vida de la resurrección. La tarea del exégesis es la de analizar, sobre todo, el propósito de tales afirmaciones.

La primera lectura constituye el último fragmento de la “visión de los huesos secos”, símbolo del pueblo desilusionado, y el Espíritu de Dios que es capaz de hacer que esos huesos secos se conviertan en seres vivos. Los vv. 12-14 son la aplicación de la imagen de la muerte y el sepulcro, nueva metáfora de la situación desesperada en el destierro. Dios tiene el poder de sacar a su pueblo de la muerte, del sepulcro-destierro en que yace.  No se habla de resurrección sino de liberación. “Esto dice el Señor: Pueblo mío, yo mismo abriré vuestros sepulcros, os haré salir de vuestros sepulcros y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel. Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, ustedes sabrán que yo soy el Señor. Entonces os infundiré mi espíritu y vivirán…..”. Sin embargo, con esta imagen el profeta Ezequiel da forma a la esperanza más profunda que reside en el ser humano: superar la muerte. Puede ser leída como profecía de la resurrección de Cristo

El fragmento de Rom. que leemos hoy, tomado de cap. 8, es central en dicho capítulo que, a su vez, es central en Rom. En última instancia, la colación de la vida es obra del Espíritu Santo que Jesús nos ha ganado con su Misterio Pascual. Vivir en el desenfreno, en el egoísmo es desagradar a Dios; llevar una vida conforme al Espíritu es agradar a Dios. Quien no tiene el Espíritu de Cristo, ese no es de Cristo. En cambio, si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su Espíritu vive a causa de la acción salvadora de Dios. La vida del cristiano es una vida en el Espíritu. Si el Espíritu del Padre habita en ustedes…que resucitó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales. Tal es la centralidad del Espíritu en la vida cristiana, y no sólo en el orden del hacer, sino en la dimensión ontológica del cristiano.

Tips.

En medio de la cultura de la muerte, este relato tiene mucho que decirnos. Hoy, incluso oficialmente y con mucho éxito, se ha erigido el culto a la muerte. ¿Cuántos signos de muerte encontramos en nuestra propia vida y en nuestra propia cultura?

Otra idea que podemos desarrollar es la obstinación en el mal. El relato que nos ocupa ilustra con elocuencia hasta que punto el hombre puede cerrar los ojos a la verdad y obstinarse en el mal. A mi no deja de sorprenderme la “actualidad de la Palabra”; la Palabra de Dios es mas actual que los noticieros de pasado mañana. Los líderes de los judíos odian a Jesús y el odio los ciega. Ellos no quieren abrirse a la luz ni aceptan la prueba de los hechos. Ni siquiera el signo extraordinario de la resurrección de Lázaro los mueve de su actitud hostil y de la obstinación en el odio.  Al contrario, fariseos y sumos sacerdotes aprovechan el milagro en el que brilla la vida para consumar su odio, su rechazo, decretando la muerte del Maestro. Incluso, quieren dar muerte a Lázaro porque a causa de èl muchos habían creído en Jesús. Triste ironía.

Se puede también meditar en el ídolo del poder. Los intereses creados, puestos bajo la idea de la religión, nublan la mirada y no dejan ver la verdadera voluntad de Dios; entonces se reduce a Dios y se la hace decir lo que uno dice. En fin, este ciclo, si hemos logrado meternos en su dinámica litúrgica, nos ha brindado una estupenda oportunidad de reflexión, meditación, contemplación y catequesis. No es necesario gastar y quemar el cacumen tratando de  descubrir del hilo negro o del agua caliente, es un trabajo que ya ha sido hecho. La liturgia nos brinda la estupenda e inmejorable oportunidad de contemplar y celebrar el misterio central de nuestra fe: Cristo camino, verdad y vida. La liturgia es, a la vez, pedagogía.

Meditación.

 Acercándonos ya al final de la Cuaresma, vemos que el evangelio de hoy contiene una llamada a la esperanza. La pascua de Cristo tiene el poder para devolver la vida a todo hombre. Lázaro ya lleva cuatro días enterrado y Jesús lo resucita. Es una imagen de la resurrección gloriosa que Dios reserva a sus elegidos, pero también de que verdaderamente somos liberados ya en esta vida del peso de nuestros pecados.

Jesús se conmueve y llora ante la muerte de su amigo hasta tal punto que quienes estaban allí comentan: ¡Cómo le quería! También Jesús se acerca a la tumba sollozando de nuevo. Esas lágrimas muestran el afecto humano del Señor por un amigo, pero también tienen el doble significado del dolor de Cristo por nuestros pecados y de anticipación por el sufrimiento de su pasión. Como dice Newman, «Cristo dio la vida al muerto a costa de su propia muerte». Llega a la tumba de Lázaro, que prefigura la que será suya, para sacarlo de ella. También por su resurrección nos librará a todos de las garras de la muerte.

Lázaro no resucita para siempre. Pero en su retorno a la vida vemos cómo también nosotros podemos recuperar la vida de la gracia aunque hayamos pecado. Cada uno de nosotros es un amigo del Señor, objeto de un amor singular y causa de dolor en su corazón cuando lo ofendemos con nuestras culpas.

El diálogo de Jesús con María nos coloca ante un doble horizonte: la resurrección para la vida eterna y la nueva vida que se nos ofrecer continuamente para que, el pecado y la sombra de la muerte el pecado, no oscurezcan nuestra existencia. A ello se refiere también el apóstol en la segunda lectura. Cristo vivificará nuestros cuerpos mortales con la resurrección, y la prueba es que ya ahora experimentamos la acción de su espíritu en nosotros que nos saca del pecado y nos permite vivir alejados de él. Para eso el Señor nos recomienda a la ayuda de la Iglesia, simbolizada en el mandato de que desaten a Lázaro para que pueda caminar. 

Gracias.