• NO HAYAS MIEDO, TERESA!

     

    Acaba uno por hartarse del contenido unilateral de la información que, a la postre, termina moldeando el imaginario colectivo. La reforma hacendaria ha paralizado nuestra ciudad sumiéndola en el miedo. Y uno acaba por cansarse de los analistas especializados, incluyendo a los del futbol. Leo con atención la columna de Sarmiento y me admira que siga poniéndonos de ejemplo a Suecia o a Suiza, (el paraíso fiscal más grande jamás imaginado), cuando el problema de México es bastante más sencillo. Con la reforma hacendaria se pretende lograr más dinero para el gasto público cosa que será imposible porque el verdadero mal de México es la corrupción masiva y con metástasis múltiples, cosas que no tienen los demás países citados por Sarmiento. En México lo que sobra es dinero; tan es así que tenemos los servicios y el financiamiento político más caro del mundo. Por eso no me interesa escribir al respecto, hay quienes sí saben y lo hacen bien. Ahora quiero «dejar volar el pensamiento».

    Cuando se viven horas crepusculares, cuando la sal se vuelve insípida y la luz se esconde bajo una olla, las monografías sobre las figuras históricas se vuelven rehabilitantes. Esto ha determinado una nueva forma de escribir la biografía de los héroes cristianos, los Santos.

    Romain Rolland,(1866-1944), escribió varias biografías impulsado por la necesidad de superar una atmósfera cargada y viciosa. “Un materialismo sin grandeza pesa sobre el pensamiento y estorba la acción de los gobiernos y de los individuos. El mundo muere de asfixia en su egoísmo prudente y vil y al morir nos ahoga. Abramos las ventanas para que entre el aire puro; respiremos el aliento de los héroes. No llamo héroes a los que triunfaron por el pensamiento o por la fuerza; llamo héroes sólo a aquellos que fueron grandes por el corazón. «No reconozco otro signo de excelsitud que la bondad». Cuando no hay grandeza de carácter no hay grandes hombres ni siquiera grandes artistas, ni grandes hombres de acción; apenas habrá ídolos exaltados por la multitud vil; pero los años destruyen ídolos y multitud. Poco nos importa el éxito, ya que se trata de ser grande no de parecerlo”. Con tales palabras denunciaba Rolland una época que estaba bastante menos envilecida que la nuestra. Ahora he pensado, fue su fiesta, en una figura gigante, capaz de alumbrar el camino de generaciones y generaciones. Como las grandes figuras de la historia, bucean en las profundidades del alma para responder al misterio del hombre. Teresa de Ávila. En un pequeño poema responde a tal misterio y resume su vida. Y su obra.

    «Nada te turbe, / nada te espante».

    Teresa de Avila llena con creces y con mucha ventaja lo que intuía Rolland. Figura tan evocativa y llena de resonancias. Y qué lejos estamos del modelo. «¡Solo Dios basta!» ¿Podrá el hombre moderno incluidos religiosos(as) y clérigos entender eso de que “sólo Dios basta”? Breve pieza genial; canto explosivo de inquebrantable confianza en medio de la adversidad, en medio de la vida misma y sus vaivenes. Demasiada turbación en nuestro mundo y por lo tanto en nuestra vida. “Nada te turbe”. Sí, cierto, los líricos y los místicos escriben a solas, ¿para quién? ¿Para ellos?; puede ser, pero de su honda experiencia profundamente humana son capaces de comunicarse universalmente. La experiencia de la vida, de toda vida, encuentra en el verso su propia esencia, su navegar de cada día, el cansancio, el tedio, la tentación del abismo que llama y seduce. Turbación del alma. Miedo, incertidumbre. ¡Martha, Martha; cuántas cosas te inquietan y te turban! Alteración completa del alma, psiquismo trastornado, enloquecido. Todos conocemos los efectos psicosomáticos negativos de este estado del alma. La medicina que ve al futuro se prepara para enfrentar esta enfermedad emergente global determinada por la ansiedad, la competitividad, la velocidad que cuajan en los trastornos gastrointestinales, en el insomnio, en la depresión, en el infarto. La enfermedad no es más que una guerra entre el alma y el cuerpo. Desde el que no tiene empleo y por lo tanto no puede situarse en este mundo egoísta hasta el que se desayuna inquieto y preocupado, viendo las noticias de la bolsa de valores. Antes que él mismo, que su familia o que Dios, tenemos que ver cómo amaneció el Dow Jones. Hace más de cien años Nietzsche lo vio con toda claridad. Era el nacimiento de la posmodernidad.

    Turbación y espanto. Nada define mejor la situación psicológica en la que se encuentra la mayoría de los hombres y podemos encontrarnos también nosotros. La connotación es casi de terror. Es lo más cercano a la angustia, situación de gravedad, enfermedad que paraliza todo el sistema de la vida relacional, interpersonal, con los nuestros y con Dios.

    Pues bien, «Nada te turbe/ nada te espante» Tal vez para entender mejor lo que Teresa dice o se dice o nos dice, tenemos que conocer algo de su vida, una vida marcada por una actividad intensa e infatigable, llena de contrariedades, de incomprensiones, de calumnias, de chismes, de persecuciones. Monja inquieta y revoltosa, la llamaba un jerarca de su iglesia. Hay que saber de sus «fundaciones», de su radical pobreza, de su obediencia, de su quebrantada salud destrozada desde muy joven, para comprender estos versos. Hay que verla en sus constantes viajes, siempre enferma, y verla en sus momentos de oración, de arrobo místico, de trasverberación. Hay que verla de cuerpo entero y decirle a sus monjas: “cuando perdices, perdices; y cuando penitencia, penitencia”, o aquello de que “Dios está entre los pucheros” para recordarles  a sus monjas que querían saltarse lo humano para llegar a las contemplaciones,  que por sobre todo está la obediencia.  Obediencia, humildad, hasta amar la humillación.

    Que en estos versos se habla a sí misma no impide la universalidad del mensaje. Es un grito al cielo “desde lo profundo”. Y lo profundo es el abismo de nuestro ser creado, ser simples creaturas contingentes que nos gusta jugar a ser dioses, pero que no tienen en sí el fundamento de la existencia.  Los santos son vasos comunicantes porque se nutren de la misma y única fuente: Ignacio en su “Principio y Fundamento”; Agustín en su “Tarde te conocí, verdad siempre antigua  y siempre nueva, tarde te amé”.  O recordar también a Teresa de Lisieux “todo es gracia”, o san Francisco de Sales: “Amar sin pedir nada a cambio”. Sólo de aquí, de esa profundidad, brotan la fe y la confianza que mueven montañas. Solo de esta soledad puede brotar el mensaje valedero para la humanidad.

    El caso es que el miedo recorre el mundo. La naturaleza se ha revelado y los proyectos políticos y sociales que prometían el bienestar o el progreso lineal, han fracasado rotundamente. “Nada te turbe/nada te espante” es un dictado simplemente ininteligible para la superficialidad imperante, para el ateísmo práctico que vivimos, incluso, los que nos llamamos creyentes. El miedo y la ansiedad se han resuelto en el nihilismo, o de plano, en la necrofilia. Vamos corriendo, según decía Pascal, al precipicio con los ojos vendados. Entonces, la voz de alerta viene de la honda profundidad silenciosa de los Santos, de los genios, de los profetas, viene del silencio del desierto como nos lo ha revelado Carlos de Foucauld, este egresado de Saint Cyr  que no descansó hasta encontrar un trabajo: el criado de unas monjitas clarisas en Nazareth viviendo en una pequeña bodega. “Esto es lo que había buscado toda mi vida”, escribe.  De la más honda intimidad brota el sencillo canto de la inquieta e infatigable Santa de Avila.

    «Todo se pasa».

    Todo se pasa. Todo es permanente fluir, también los amores que nos juramos eternos, igual que los odios y los dolores. Y esto que llamamos vida. Que esto no sea eterno, es un consuelo, porque si esta vida fuera eterna, la muerte sería eterna, porque “la muerte es una enfermedad que contraemos al nacer”. (S. Agustín). Saber la dirección de ese devenir es la salvación en la esperanza. “Nada te turbe/ nada te espante, todo se pasa”, y sólo queda el punto fijo que jalona el actuar disperso y fragmentario del hombre, el afán en apariencia inútil de la Historia y de nuestra historia. «Dios no se muda» Teresa topó con toda la adversidad imaginable, desde su salud quebrantada a un impulso incontenible de acción: escritura, fundaciones, contemplaciones, reformas, viajes por toda la geografía española. Dictar reglas, dirigir y dejarse dirigir, y enfrentar los agudos interrogatorios de la inquisición.  Nada te espante/ todo pasa. Todo dentro de un gran paréntesis de oración ininterrumpida.  La profunda psicología de las profundidades creyó inventar el hilo negro. Lo más profundo del alma está en un punto fijo a la manera del ancla que estabiliza la embarcación en la superficie inestable del mar. «Dios no se muda».

    Este es el punto arquimédico de la existencia cristiana. Teresa ha sufrido y luchado mucho, y con pasión verdadera. Los enemigos más insidiosos, como siempre, son los de adentro, pero también ahí están los amigos. En lo más profundo de su alma encontró “esa Presencia novedosa que la desconcierta de tal suerte que de pronto en su interior surge una voz capaz de calmar todo el oleaje. La voz interior le dice: «No hayas miedo, Teresa» «No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé». (Vida. 25,18) A partir de ahí, el trabajo ha de continuar, las luchas se agudizan, la salud decae, el trabajo se hace más intenso, pero hay en el fondo una convicción inquebrantable; es como si resonara en su interior el eterno saludo del Resucitado: “No tengan miedo”.  Este no tengan miedo no es ni un calmante, ni una droga; la batalla solamente adquiere sentido pero sigue siendo intensa. La batalla de vivir con sentido, con orientación, con una esperanza, con la esperanza que no defrauda, pero que no dispensa de lo duro del trabajo, del esfuerzo, del compromiso, del compromiso de la vida como totalidad, sin fisuras, sin titubeos; que no exonera del sacrificio.  ¿No es esto precisamente lo que falta en nuestro mundo? Solamente en una sociedad enferma, ha escrito Frankl, pueden prender con tanta facilidad todas las formas de degradación.

    Dios no se muda,/ la paciencia/ todo lo alcanza/ quien a Dios tiene/ nada le falta./ ¡Sólo Dios basta!

    No es terapia de grupo y menos risoterapia. No son recetas de autoayuda. El alma queda anclada en lo más hondo del compromiso, tiene cabida el dolor, el titubeo, la duda, como lo ha confesado Teresa de Calcuta. Después de todo “es de noche”, según los versos geniales de Juan de la Cruz. Y en nuestra vida, salvo los momentos en que nos consuela la Paloma misma del Señor, siempre es de noche. Salmo hermoso, pues, el que brota del hondo manantial puro del alma de Tersa. Apenas es un suspiro, un murmullo leve como la brisa. Apenas se puede oír, es necesario prestar oído, escuchar atentamente. Ha surgido en lo más hondo del alma, como si la autora no quisiera compartirlo. Alguien se lo ha dictado. ¿Habla con ella misma? ¿Se lo dice a sí misma? ¿Es un intento de autoconsolación? ¿O alguien se lo ha inspirado como en un nuevo Tabor? El poema tiene vida propia, se independiza del  autor. Tiene vida propia. Uno es el yo del poeta y el otro el yo del poema. Aquí parece que son Ella y su alma que dialogan y se reconfortan en medio del fragor de la lucha. Apenas veintiocho palabras, incluyendo los pronombres y los artículos, forman este Salmo. Pero son suficientes para bucear en el alma humana, mejor y más profundamente, y con mejores resultados que en las psicologías modernas, máxime en las psicologías sin alma, o peor aún, sin Dios. Pero aquí parecen identificarse.  Y en este breve salmo encontramos un programa de vida.

    Cada uno de los nueve versos que componen este canto tiene una raigambre bíblica impresionable: “No se turbe vuestro corazón”. “La imagen de este mundo pasa”.  “Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras vidas”. “Solo Dios basta”. El ancla de este breve poema está al final: Quien a Dios tiene/ nada le falta./ ¡Solo Dios basta!

    Lejos se quedó Rolland en su heroico y fallido intento pacifista, aunque sea laudable su gran esfuerzo. El hombre necesita más, infinitamente más. Refiriéndose a los hombres ilustres de sus biografías dice que: “ no se dirigen al orgullo de los ambiciosos, sino que están consagradas a los desventurados. ¿Y quién en el fondo no lo es? Ofrezcamos a los que sufren el bálsamo del sagrado sufrimiento, no estamos solos en el combate, pues alumbran la noche del mundo luces divinas y ahora mismo, cerca de nosotros, hemos visto brillar las más puras llamas de la justicia y de la libertad”. Más, infinitamente más que Tolstoi, que Miguel Ángel o Beethoven, nuestros Santos ofrecen las más altas posibilidades del espíritu humano; libres, sin resentimientos, sin amarguras, sin frustraciones, jamás arrepentidos de sus logros porque saben que no fue obra suya. Libres para amar. Por eso, una de las místicas más tiernas del cristianismo, Teresita de Lisieux  podía decir «todo es gracia», es decir, gratis.  Respiremos, pues, el aliento de nuestros héroes.

    Podemos aplicar sin ningún reparo las palabras de Rolland a nuestros Santos.  “Que no se quejen demasiado los que son desventurados, porque los mejores entre los hombres están con ellos. Nutrámonos del valor de estos hombres (y mujeres), y, si somos débiles, reposemos por un momento nuestra cabeza sobre sus rodillas, que nos consolarán. Mana de estas almas sagradas un torrente de fuerza serena y de bondad omnipotente: no es siquiera necesario interrogar sus obras, ni escuchar sus palabras, para que leamos en sus ojos, en la historia de su vida, que nunca la vida es más grande, más fecunda – ni más dichosa – que en el dolor”.  Para llevar estas palabras iluminadas a su sentido pleno, habremos de agregar: «Nada te turbe,/ nada te espante,/ todo se pasa,/ Dios no se muda,/ la paciencia/ todo lo alcanza./ Quien a Dios tiene/ nada le falta./ Solo Dios basta».  Sin este punto fijo todo se convierte en bella ilusión.

     

     

     

     

     

     

     

     

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