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A D V E N T U S

TEOLOGÍA, PASTORAL, ESPIRITUALIDAD

CICLO A

P. Hesiquio Trevizo

Presentación

Julio Fernández

La homilía, parte integrante de la Liturgia, «es un acto de culto», cuya finalidad es santificar al pueblo y «glorificar a Dios». Es una alabanza de acción de gracias «por las magnalia Dei»; ella se cumple cuando se escucha, y alaba a Dios por este cumplimiento. Es Cristo mismo quien se hace presente en la homilía (cf. Directorio Homilético. Vaticano, 2014).

Por lo tanto, la homilía debiera interpretar la Escritura de acuerdo con los criterios de la Iglesia, que son: prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura, leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia, y estar atento a la analogía de la fe (Ibíd., 17).

En primer lugar, la unidad de la Escritura está incluida en la estructura misma del Leccionario. Luego, es en la homilía donde aquel texto antiguo se presenta vivo y actual, de manera que «la Escritura proclamada y explicada en la celebración del misterio pascual, es Tradición» (cf. ibíd., 20). Y, por último, el homileta debe, por un lado, interpretar la Escritura de modo que el misterio de Dios sea proclamado y, por otro, guiar al pueblo para que entre en el misterio a través de la celebración (cf. ibíd., 21).

Es esta unidad del diseño divino la que ha ofrecido siempre una catequesis doctrinal y moral durante la homilía, objetivo perseguido por el p. H. Trevizo en el presente material, y encarnado en su homilía dominical.

Un subsidio para preparar la homilía

Durante varios años, cada domingo, el P. H. Trevizo ha realizado un arduo trabajo de síntesis y reflexión en torno a la liturgia dominical, extrayendo el mensaje profundo de la Palabra de Dios, ordenada en el leccionario, con el objetivo de que la homilía esté impregnada del espíritu de la Liturgia y pueda ser una verdadera herramienta para actualizar el mensaje de Dios ante una realidad difícil, golpeada por las consecuencias del pecado, de manera que los fieles puedan penetrar en el misterio divino desde su propia vida y entorno.

A manera de subsidio, sin falta, cada domingo, el resultado de este trabajo exegético, teológico y pastoral, es enviado a sus hermanos en el ministerio sacerdotal.

En la presente obra, pues, se recogen los ciclos A, B y C del tiempo de Adviento, que han sido estructurados de manera que puedan, ahora, ser leídos y meditados por todos los que esperan la parusía de Nuestro Señor Jesucristo, y que proclaman a una sola voz:

¡Queremos que Cristo nos encuentre así cuando venga, velando en oración y cantando su alabanza!
(Prefacio II de Adviento).

Julio Fernández

Introducción

El Libro de la Sede tiene una Monición de entrada que sintetiza la naturaleza del Adviento:

“Hoy comenzamos el adviento para recordar que siempre es adviento. Adviento es mirar al futuro; nuestro Dios es el Dios del futuro, el Dios de las promesas. Adviento es aguardar al que tiene que venir: el que está viniendo, el que está cerca, el que está en medio de nosotros; el que vino ya. Adviento es la esperanza, las esperanzas de todos los hombres del mundo. Nuestra esperanza de creyentes se cifra en un nombre: Jesucristo” (BAC. 2007).

El Adviento, pues, sería esa gran oportunidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de nosotros en esa tensión del “ya, pero aún no en su plenitud”. Ya, pero todavía no.

Adviento: breve período que nos prepara a la Navidad

Mientras que la naturaleza se hunde lentamente en el sueño del invierno, escuchamos la advertencia de Pablo: «Ya es tiempo de despertarnos del sueño porque nuestra salvación está ya más cerca. La noche está avanzada y el día se nos echa encima.» (Rom. 13,11). A este breve tiempo, cuatro semanas escasas, se le llama también “la cuaresma de invierno”.

De hecho, a partir de la Pascua de Jesús, la vida de los hombres y de las sociedades avanza irresistiblemente hacia el fin y hacia el juicio. Debemos decidir por él, y comprometer todas nuestras energías para «inventar nuestro futuro con Dios» (E. Mounier). El evangelio del “I Domingo de Adviento” nos pone en guardia, insistiendo en el hecho estar preparados, atentos, “atentos y vigilantes”, ante el imprevisible acontecimiento del Hijo del hombre. Como en los días de Noé, también hoy, y más hoy, vivimos en una “distracción existencial”. Existe la distracción como industria (Entertainment Industry). Y de improviso, “los hombres de esta generación”, serán tomados, distraídos en su propia hibernación, en su descuido de las cosas esenciales.  En realidad, ¡cuántas cosas nos distraen, nos preocupan, nos alteran!, hacen de nosotros personas hipertensas, nerviosas, ¡hasta pastoralmente hipertensas y ansiosas!, siendo así que sólo una cosa es necesaria. Hemos de pensar, y no como mera posibilidad, en el hecho de que nuestra vida avance por un camino de completa distracción olvidándonos de nuestro destino verdadero. El Adviento busca sacarnos de nuestro letargo proponiéndonos las lecturas sobre todo de Isaías y la prédica del Bautista. Busca volvernos a nosotros mismos.

La imagen del Señor, parangonado a un ladrón que viene a medianoche, expresa de modo significativo la necesidad de una continua vigilancia. El adviento es una advertencia que ha de durar siempre: ¡Estad preparados! «He aquí que estoy a la puerta y llamo» (Ap. 3,20).  No podemos decir que Cristo no esté llamando a nuestra puerta; lo que sí puede suceder es que no abramos la puerta y él pase de largo. Hay tanto ruido. Nuestra vida, decía S. Catalina de Siena, está atravesada por miles de voces de Dios. La Iglesia corre, siempre, el riesgo de no escuchar a aquél que llama a la puerta para despertar a los cristianos a las llamadas del espíritu.

Ahora más que nunca los cristianos deben desempeñar un rol profético de contestación frontal en relación con un mundo adormilado, distraído, embotado, que se prepara para la navidad con un paroxismo consumista manejado hasta el exceso por la mercadotecnia sin saber siquiera qué celebra; debemos gritar nuestro total desacuerdo, expresar nuestra más completa inadecuación ante semejante deformación. Un mundo así amenaza ruina y nuestra actitud ha de ser una advertencia. ¿Qué tenemos que hacer para mantenernos despiertos, para dejar correr en nuestra vida una corriente de agua viva que nos impulse al servicio generoso del reino? ¿Qué tenemos que hacer para no ser tomados por sorpresa por el juicio, en la tarde de nuestra vida, en la tarde de nuestro mundo?

Papa Francisco abre su fresca Exhortación, Evangelii Gaudium, con unas palabras que cuadran muy bien en el adviento: 

“Alegría que se renueva y se comunica. El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (Evangelii Gaudium, 2-3)

La liturgia puede prestar, en este orden de ideas, un gran servicio. Tenemos que llevar a nuestros fieles a la liturgia. Vivir el adviento, preparar el camino al que viene, celebrar la navidad, resulta imposible, materialmente imposible, si permanecemos alejados de la liturgia, de la iglesia. En la liturgia, obra de Cristo y de la iglesia, el Padre nos aguarda para colmar nuestra esperanza; en ella Cristo nos alcanza con su poder sanador aún en las circunstancias más adversas de nuestra vida. El adviento nos prepara para la gran revelación de la navidad.  Para nosotros, sacerdotes, la liturgia de las horas, la meditación e intensificación de la oración, son caminos obligados. Sabiamente, la liturgia nos propone el mismo salmo procesional que en la fiesta de Cristo Rey: 

¡Qué alegría cuando me dijeron: 
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén. (Salmo 121)

María y el Adviento

La aceptación más grande de la historia es el Fiat de María; por ella, María es la Madre del Dios encarnado. (M. Bretón)

El adviento es tiempo especialmente mariano; la salvación que Dios ofrece llega a nosotros por el ministerio materno de María. Comparto contigo unas ideas al respecto. La idea me ha nacido por el hermoso sermón de S. Agustín sobre la presencia de María en el misterio de Cristo; agudo y fino sermón que inspira la verdadera devoción a María. 

Así se expresa Pablo VI en el documento trascendental sobre el culto a la Virgen María en la Liturgia:

“Así, como el tiempo del Adviento, la Liturgia recuerda frecuentemente a la Santísima Virgen – aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre en que se celebran conjuntamente la Inmaculada Concepción de María, la preparación primigenia a la venida del Salvador y el feliz exordio de la iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales del 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor.” (Marialis Cultus, 3)

En efecto, leemos: Ciclo A: “Jesús nacerá de María desposada de José, hijo de David.” Mt. 1,18-24; Ciclo B: “Concebirás y darás a luz un Hijo.” Lc. 1,26-38; Ciclo C: “¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme?” Lc. 1,39-45.  Esto sin considerar las otras lecturas y el salmo. Y añade: 

“De este modo, los fieles que viven en la Liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo, se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, «vigilantes en la oración y… jubilosos en la alabanza», para salir al encuentro del Salvador que viene. Queremos, además, observar cómo la Liturgia del Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultural que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar, como ha ocurrido a veces en algunas formas de piedad popular, el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo. Resulta así que este período, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes.” (Marialis Cultus, 4)

La Liturgia nos ofrece esta magnífica oportunidad de catequesis, de oración, de celebración. J.P. II afirmaba lo siguiente: 

“En la Liturgia, en efecto, la iglesia saluda a María de Nazaret como su exordio ya que en la concepción Inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y Cabeza y a la que, pronunciando el primer Fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre”. (Redemptoris Mater, 1)

Dio fe al mensaje divino y concibió por su fe

La Liturgia de las horas, en el Oficio, nos ofrece este hermoso sermón de san Agustín:

“Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Estos son mi madre y mis hermanos; y el que hace la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es mi hermano y mi hermana y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que de ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella? Ciertamente, cumplió santa María con toda perfección, la voluntad del Padre, y por esto es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el seno que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno.

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos.” (Sermón 25, 7-8: PL 46, 937-938)

En una pequeña joya del magisterio de Pablo VI, en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, se preguntaba: 

“¿Y cómo ha venido Cristo entre nosotros? ¿Ha venido por sí? ¿Ha venido sin alguna relación, sin cooperación alguna por parte de la humanidad? ¿Puede ser conocido, comprendido, considerado, prescindiendo de las relaciones reales, históricas, existenciales, que necesariamente implica su aparición en el mundo? Está claro que no. El misterio de Cristo está marcado por designio divino, de participación humana. El ha venido entre nosotros siguiendo el camino de la generación humana. Ha querido tener una madre; ha querido encarnarse mediante el misterio vital de una mujer, de la mujer bendita entre todas… Así, pues, ésta no es una circunstancia ocasional, secundaria, insignificante; ella forma parte esencial, y para nosotros, hombres, importantísima, bellísima, dulcísima, del misterio de la salvación: Cristo para nosotros ha venido de María; lo hemos recibido de ella; lo encontramos como la flor de la humanidad abierta sobre el tallo inmaculado y virginal que es María: así ha ‘germinado esta flor’ (Dante, Paradiso, 33,9)” (Cagliari. 24.03.1970)

Si Dios mandó a su Hijo «nacido de una mujer» (Gal. 4,4), se deduce que el don de sí mismo al mundo pasa a través del seno de una mujer. Un seno de mujer, el de María, se convierte en el lugar de la bendición más alta concedida por Dios al mundo. Con razón Isabel, llena de Espíritu Santo, pudo exclamar dirigiéndose a María: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc. 1,42). Resulta imposible separar al Hijo de la Madre; desafortunadamente muchas denominaciones emergentes, llamadas cristianas, así lo hacen. Concluía Pablo VI: 

“También el mundo de hoy, como los pastores y los magos, según se refleja en la imagen bendita de nuestra Señora de Bonaria, ha de recibir a Cristo de los brazos de María. Si queremos ser cristianos, tenemos que ser Marianos. (Íbid.)

Pastoral del Adviento

Sabiendo que, en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial de la campaña navideña, la pastoral del adviento debe, por ello, comprometerse a transmitir los valores y actitudes que mejor expresan la visión escatológica y trascendente de la vida. 

El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación y sin sentido parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. 

La violencia fratricida es un signo inequívoco de ello; ¿no tenemos nada qué decir desde nuestra fe cuando las instancias meramente técnicas han fracasado? La auténtica toma de conciencia de la dimensión escatológica–trascendente de la vida cristiana no debe mermar, sino incrementar el compromiso de redimir la historia y de preparar, mediante el servicio, a los hombres sobre la tierra, algo así como la materia prima para el reino de los cielos. 

En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena (cf. GS 38). 

Si la pastoral se deja guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas teológicas, encontrará en la liturgia del tiempo de adviento un medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser almas del mundo.

Espiritualidad del Adviento

Con la liturgia del adviento, la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida, la vigilante y gozosa espera, la esperanza, la conversión.

La actitud de espera caracteriza a la iglesia y al cristiano, ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre (cf. 2Cor 1,20). Durante el adviento, la iglesia no se pone al lado de los hebreos que esperaban al Mesías prometido, sino que vive aquella espera de Israel a niveles de realidad y de definitiva manifestación de dicha esperanza, que se ha hecho actualidad esplendente en Cristo. Ahora vemos “como en un espejo,” pero llegará el día en que “veremos cara a cara” (1Cor. 13,12).

La iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozosa. Por eso clama: 

“¡Maranatha! Ven, Señor Jesús.”
(Ap. 22,17,20)

El adviento celebra, pues, al “Dios de la esperanza” (Rom. 15,13) y vive la gozosa esperanza (cf. Rom. 8,24-25). El cántico que desde el primer domingo caracteriza al adviento es el del salmo 24:

“A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío: no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados”.

Entrando en la historia, Dios interpela al hombre. La venida de Dios en Cristo exige conversión continua; la novedad del evangelio es una luz que reclama un pronto y decidido despertar del sueño (cf. Rom. 13,11-14). El tiempo de adviento, sobre todo a través de la predicación del Bautista, es una llamada a la conversión en orden a preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. 

El adviento nos enseña a vivir esa actitud de los pobres de Yahvé, de los mansos, los humildes, los disponibles, a quienes Jesús proclamó bienaventurados (cf. Mt. 5,3-12).

I Domingo de Adviento. A

Is.2,1-5; Sal. 121; Rom.13,11-14; Mt.24,37-44

Síntesis de las lecturas

Nuestra cultura, tal vez, no nos permita darnos cuenta de la gravedad del momento, distrayéndonos en bagatelas, como en los días de Noé. Así, la manipulación mediática de estos días que promueve el consumismo despiadadamente, no nos permite ver lo que, en realidad, celebramos. Comer y beber de manera pagana, imaginándonos que nosotros podemos “producir” la alegría. Y de improviso seremos tomados, sorprendidos en nuestra hibernación, en nuestro descuido existencial.

La liturgia nos permite colocarnos cristianamente en el tiempo que nos devora. “El Año Litúrgico, es Cristo mismo que pasa de nuevo en medio de nosotros con las mismas bondadosísimas intensiones con las que pasó haciendo el bien a todos y curando a los oprimidos por el demonio cuando vivió su vida terrena” (Pío XII. Mediator Dei).

Is. 2,1-5.- Una ciudad de paz

Jerusalén significa «ciudad de la paz», y es símbolo de la humanidad amada por Dios en la búsqueda continua de una paz no ilusoria. No obstante su infidelidad, Dios restaura a Jerusalén con paciencia y bondad. Es más, hará surgir de ella la palabra que anunciará la paz a toda la tierra y la misericordia de Dios hacia los hombres. Todos los hombres de buena voluntad que se comprometan a ser artífices de la paz serán ciudadanos de esta Jerusalén. 

Sal. 121.- Un canto de peregrinación

Se trata de una de las peregrinaciones anuales, cuando Israel converge hacia el templo. Los dos primeros versitos recogen los dos momentos capitales: cuando el peregrino se pone en marcha «vamos», cuando pisa los umbrales de la ciudad Santa.

La segunda estrofa canta la gloria de la ciudad bien fundada (por Dios): centro espiritual de todo el pueblo «las tribus del Señor», lugar del culto «celebrar el nombre del Señor»; tribunal del rey que administra justicia en todo el reino; centro religioso y político, fundación de Dios.

Los peregrinos pronuncian sus bendiciones sobre la ciudad.  Le desean todos los bienes, sobre todo las síntesis de bienes que es la paz. La razón de este deseo, al mismo tiempo garantía de su eficacia, es la casa del Señor de la alianza.

La iglesia es la nueva Jerusalén, bajada del cielo y fundada por el Señor; centro de peregrinación de todas las tribus de la tierra, que se profesan «tribus del Señor». El cristiano busca en ella e invoca por ella la paz. Pero la iglesia terrestre es imagen e invitación para la celeste: en la iglesia los cristianos realizan la gran peregrinación hacia la casa del Señor nuestro Dios. Es la teología del Apocalipsis.

Sabiamente, la liturgia repite el mismo salmo procesional que en la fiesta de Cristo Rey: 121.

Rom. 13,1-4.- La hora de la espera vigilante

En un mundo que cree en el progreso, también la iglesia tiene el compromiso de avanzar. Ella va al encuentro de Cristo. Por el cristiano radica aquí el sentido de la historia de los hombres y la suya propia. Es necesario, sin embargo, mantener los ojos abiertos, para saber leer los signos del progreso en sí y en torno a sí. El cristiano es un impaciente: quiere acelerar el encuentro con Cristo. No puede dormir desde que Cristo ha vencido la noche y ha instaurado el día. El mundo no podrá recibir la luz de Cristo si los cristianos son hombres opacos, crepusculares, adormilados.

Mt. 24,37-44.- Dios nos llama todos los días

Este texto evangélico refleja la atmósfera de febril espera del retorno de Cristo, imperante en el tiempo de los nuevos cristianos. Mientras el mundo caminaba a la deriva, sin ideales y sin esperanza, los cristianos esperaban algo que debía ser inmediato y definitivo. Pero Dios «viene» cada día; es eterno y al mismo tiempo imprevisible. No se trata, sin embargo, de estar tensos e inquietos como ante una imprevista catástrofe, sino al contrario, estar atentos y concentrados; no por miedo a la muerte, sino para no perder la oportunidad de estar siempre con el Señor.

Comentario

El evangelio de este domingo nos pone en guardia, insistiendo en el hecho de estar preparados y atentos ante el imprevisible acontecimiento del Hijo del hombre. Como en los días de Noé, también hoy, y más hoy, vivimos en una ‘distracción existencial’. Y de improviso seremos tomados, distraídos en nuestra propia hibernación, en nuestro descuido de las cosas esenciales.  En realidad, ¡cuántas cosas nos distraen, nos preocupan, nos alteran, hacen de nosotros personas hipertensas, nerviosas, siendo así que sólo una cosa es necesaria. Debemos de pensar, y no como mera posibilidad, en el hecho de que nuestra vida avance por un camino de completa distracción olvidándonos de nuestro destino verdadero.

Ahora más que nunca, la iglesia y los cristianos deben desempeñar un rol profético de contestación frontal en relación con un mundo adormilado, distraído, embotado, que se prepara para la navidad con un paroxismo consumista manejado hasta el exceso por la mercadotecnia; debemos gritar nuestro total desacuerdo, expresar nuestra más completa inadecuación ante semejante deformación. Un mundo así, amenaza ruina y nuestra actitud ha de ser una advertencia. ¿Qué tenemos que hacer para mantenernos despiertos, para dejar correr en nuestra vida una corriente de agua viva que nos impulse al servicio generoso del reino? ¿Qué tenemos que hacer para no ser tomados por sorpresa por el juicio, en la tarde de nuestra vida, en la tarde de nuestro mundo?

Meditación

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

Cada vez que se habla de la venida del Señor o de su día, de su hora, Cristo insiste en que hay que estar preparados, estar despiertos, velar, estar listos, porque no sabemos ni el día ni la hora de su llegada y, además, su llegada tiene un aspecto terrible. Será como en los días de Noé: una tragedia. La muerte cruzará el mundo, pero, para quien esté listo, supondrá la liberación: el tiempo del amor, el tiempo en el que todo me hablará del amado. Su presencia se hace densa, por eso quien ama logra reconocerla y alegrarse de ella. Todo se convierte en recuerdo del amado. El amor nos hace contemplativos y disponibles. El adviento es el tiempo de la espera contemplativa. Vamos hacia el encuentro con el Señor; de lo contrario, no nos damos cuenta de nada, vivimos en la miopía de lo cotidiano. Perderse la cita con el Señor significa, de hecho, perder la vida y ser engullido como en los días de Noé.

II Domingo de Adviento. A

 Is. 11,1-10; Sal. 71; Rom. 15,4-9; Mt, 3,1-12

Síntesis de las lecturas

Y, ¿si el mensaje del Bautista tuviese la intención de hacernos conscientes del contenido divino de nuestras «crisis»? ¡Nuestras crisis! El mensaje del Bautista puede hacer pasar nuestra vida del régimen de esclavitud al régimen de la gracia, en cuanto nos prepara para recibir al “Otro”, al que viene después de él.

El tema central del Adviento es el tema de la esperanza. La esperanza es una virtud que suele tornarse extremadamente difícil porque hay que echar mano de ella o desarrollar todas sus potencialidades precisamente en los momentos menos propicios para dicha virtud. “Esperanza es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que, en muchos pasajes, fe y esperanza parecen intercambiables”. (B. XVI).

Is. 11,1-10.- La sociedad perfecta

Isaías nos presenta con bellas imágenes una sociedad perfecta: un pueblo feliz y santo, donde las necesidades de cada individuo y de la sociedad se realizan concretamente y permiten la convivencia en armonía. Isaías es un poeta consumado que, como pocos, sabe usar el lenguaje imaginativo para expresar su mensaje. Al centro de estas exigencias está la paz; la paz es posible obtenerla y sostenerla mediante la justicia, y la justicia viene del Espíritu de Dios que es amor, y llenará la tierra.

La sociedad perfecta puede parecernos una utopía, pero Cristo la ha ratificado con su propia sangre rechazando ser el Dios del “templo”, es decir, al servicio exclusivo de una casta o de un pueblo, y asumiendo en pleno el drama de la humanidad para transformarla en “una novedad”, en una justicia perfecta que los hombres creen imposible porque no saben renunciar a su “templo”, es decir, a su egoísmo, a su individualismo clasista.

Esta paz y esta justicia que nosotros no podemos construir será posible porque “en aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría e Inteligencia, Espíritu de Consejo y Fortaleza, Espíritu de Piedad y Temor de Dios”. Esta acción que, nosotros lo sabemos ahora, se realiza plenamente en Jesús y no en alguno de los reyezuelos de la dinastía de David, refleja la característica divina esencial: El amor y la fidelidad, la misericordia.  También hoy, la paz será posible si acogemos el evangelio; Pablo habla del evangelio de paz.

Sal. 71.- Ven, Señor, ¡rey de justicia y de paz!

La aclamación del salmo responsorial nos pone en perspectiva adventual: ¡Ven, Señor, rey de justicia y de paz! El anhelo más profundo, la necesidad más vital, que brota en nuestro entorno es, precisamente, esa: el deseo de justicia y de paz, sea en nuestro corazón o en nuestras familias, o en la sociedad. ¡Hasta las guerras se hacen para obtener la paz!, tal es la paradoja del ser humano. Queremos la paz manteniendo las injusticias de todo tipo, dejándolas incólumes. “No podemos hablar de paz con las armas en las manos” (Pablo VI en la ONU). Esta mixtificación facilita muchas manifestaciones sociales a favor de la paz, porque dichas manifestaciones no nos obligan a cambiar el propio corazón, a renunciar a la violencia y a las injusticias. No exigen la conversión del corazón.

Este salmo canta al rey mesiánico. Si pensamos en el minúsculo rey de Palestina, soberano por algunas generaciones de insignificantes reyes vecinos, este salmo suena a sueño utópico, a adulación cortesana, a fantasía oriental. Salmos como éste, rezados sinceramente por generaciones, han alimentado y ensanchado la esperanza, han cultivado el sentido universalista, han hecho comprender el puesto de un salvador personal. Rezados por el rey presente, eran súplica; rezados por el rey futuro, iban siendo profecía y expectación. Solamente en Cristo alcanza el salmo la plenitud de sentido.

Rom. 15,4-9.- Cristianismo como comunión

Pablo, en este pasaje hace alusión a conflictos vividos en la iglesia primitiva; es un fragmento parenético, y propone el ejemplo y mandato de Cristo de ser hombres nuevos en el amor. Los cristianos de todo tiempo somos propensos a olvidar la comunión fraterna, hemos hecho derivar la fe en algo intimista, individualista, en expresión egoísta de una necesidad, como si pudiéramos entendernos con Dios al margen de los hermanos. Sin embargo, no hay otro modo de ser cristianos si no es dando testimonio de la misericordia de Dios en la comunidad. “Por lo tanto, acójanse unos a otros como Cristo los acogió a ustedes para gloria de Dios. Quiero decir con esto, que Cristo se puso al servicio (diakonía) del pueblo judío para demostrar la fidelidad de Dios…”.

Dios ha entrado en comunión con los hombres sin traicionar su personalidad; así también el hombre, puede y debe amar a todos, aunque tenga que luchar contra el mal, permaneciendo siempre fiel a la verdad.

Mt, 3,1-12.- Un baño de fuego

El Mesías largamente esperado está por llegar. El Jordán, donde Juan bautiza a la multitud, no es una piscina milagrosa. Muchos de los turistas que todavía hoy visitan el Jordán suelen incluso traer agua para bautizar a sus vástagos y no pocos suelen tomarla con pésimos efectos para su estómago, otorgándole efectos milagrosos, no obstante, la contaminación. No, el Jordán no es eso; el Jordán es el lugar donde Juan exige una rectificación de la vida, una actitud de penitencia, arrepentimiento y conversión, como únicas actitudes coherentes, ante la inminencia del reino que llega.

Someterse al rito de la purificación sin desear una renovación de la propia vida y de la propia comunidad, es algo que no tiene sentido. Ni la fe tradicional, ni las obras bastarán para justificar al fariseo. Juan tiene ante sus ojos a grupos de personas que no van con la intención de convertirse sino de espiar, contradecir, y en su momento, agredir. Son raza de víboras que ponen su confianza en las tradiciones, en la raza, en la sangre, en el templo. Eso ya no sirve de nada; hay que entrar por un camino nuevo, algo radicalmente nuevo está por comenzar y el vino nuevo hay que ponerlo en odres nuevos. Nada de falsas seguridades.

No puede haber bautismo (vida nueva) sin un cambio de mentalidad. Nuestro propio bautismo – al cual debemos continuar sometiéndonos – nos debe renovar en el Espíritu de Dios y hacernos arder en su fuego. Después de todo, el Bautista lo que menos hace es despertar falsas ilusiones u ofrecer atajos; él bautiza con agua, pero luego viene Otro que bautizará con fuego y Espíritu Santo, es decir, realizará la nueva creación.

El Adviento debe meternos en esta dinámica de conversión, arrepentimiento y renovación interior. 

Meditación

Minuto y medio con el Evangelio

P. H. Trevizo.

En el desierto, el lugar tradicional del retorno a Dios, – lugar del encuentro, de la revelación y de la tentación -, donde numerosas sectas, en aquel tiempo, multiplicaban los ritos de purificación, Juan impone únicamente un bautismo, antes del juicio. Con la lucidez del profeta, ve el hacha que ya comienza a golpear los fundamentos del mundo.

Jesús continuará la misma proclamación, la misma llamada ante el mismo auditorio. Predicando la venida del reino, el Bautista anuncia una crisis muy cercana, que no se podrá enfrentar más que a través de la penitencia que produzca frutos de conversión. Él no es ninguno de los profetas. Entre sus oyentes hay muchos que pertenecen a la clase dirigente, religiosa y social, que pondrá muchos obstáculos a él, y después a Jesús.

Este profeta, puro y austero, nos “mueve el tapete”. Su predicación proclama el juicio terrible de Dios sobre el mundo; Juan anuncia la urgencia del tiempo. Ahora es cuando tenemos que hacer las opciones que las circunstancias exigen. Jesús nunca bajará el tono, aunque cambie de registro. Jesús mismo es la crisis del mundo. Lo hemos leído la semana pasada. El Bautista nos invita a no tomar a la ligera el amor de Dios por nosotros. Su anuncio resuena en un clima de adviento y nos impulsa a mirar hacia adelante: hacia la aparición del Rey que, en el último día, y ya desde ahora, separa la paja del grano. Jesús anuncia el tiempo final; Juan, prepara a la gente para que atienda a ese anuncio. Nos invita a tomar en serio las cosas. Seriedad con las cosas, como aconseja von Balthasar.

No somos amados impunemente.

O, el amor es exigente

Con su ampulosa y genial elocuencia, el padre Lacordaire, o.p. (1802-1861), pronunció estas palabras en Notre-Dame:

«Si hubiese sido la justicia la que cavó el abismo, hubiera habido todavía remedio, pero ha sido también el amor: por esto ya no hay esperanza. Cuando se es condenado por la justicia, se puede recurrir al amor; pero cuando se es condenado por el amor, ¿qué recurso nos queda? Es la suerte de los condenados. El amor que ha dado su sangre por vosotros, ese mismo amor os maldice. ¿Qué pensáis? Un Dios ha bajado a vosotros, ha tomado vuestra naturaleza, ha hablado vuestra lengua, ha tocado vuestras manos, ha curado vuestras heridas, ha resucitado a vuestros muertos… ¿Qué digo? Un Dios se ha entregado por vosotros a las intrigas, a las injurias y la traición, que se ha dejado ver públicamente en la plaza entre ladrones y prostitutas, que se ha dejado clavar en una cruz, lacerar por los azotes, coronar de espinas y, en fin, que ha muerto por vosotros en una cruz, después de todo esto, ¿pensáis que os estará permitido blasfemar y reír y andar sin temor de la mano de todos vuestros vicios? No, no os hagáis ilusión, el amor no es un juego; no se es amado impunemente por Dios, no se es amado impunemente hasta la cruz. No es la justicia desprovista de misericordia, es el amor. El amor es la vida o la muerte, y cuando se trata del amor de un Dios, es la vida eterna o la muerte eterna.» (Conferencia 72)

III Domingo de Adviento. A

Is. 35, 1-6.10; Salmo 145; Sant. 5,7-10; Mt. 11,2-11

Síntesis de las lecturas

«¿Eres tú el mesías que esperábamos, eres tú el no violento, el paciente, el misericordioso?» La pregunta del Bautista atraviesa los siglos, y resuena más viva que nunca en una época en la que nos encontramos desorientados ante el aparente silencio de Dios en nuestra sociedad descristianizada y cuya forma de relación, por lo tanto, es la violencia. A una sociedad que cree en la violencia como forma de solución, Cristo, su mensaje, siguen siendo incomprensibles.

Is. 35, 1-6.10.- Oigo unos pasos que se acercan

¿Es Dios el que debe de venir? Mira: la primavera reflorece, la cura se aproxima, el ánimo retorna. El hombre reencuentra su libertad; los exiliados vuelven a la patria, los hermanos que estaban lejanos se encuentran. Los ojos del ciego se abren, el sordo puede oír, al mudo se le suelta la traba de la lengua para lanzar gritos de alegría. Nuestro Dios nos viene al encuentro.

Salmo 145.- Alaba alma mía, al Señor

El salmo nos sitúa en el corazón del adviento. Se presenta como un himno: la alabanza que revela una actitud afectiva, -Alaba alma mía, al Señor: alabaré al Señor mientras viva-; se abre paso a la confianza como una experiencia propia y como una invitación a la comunidad como fruto de la propia experiencia. La salvación no se encuentra en el hombre porque es mortal. “No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar: exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes”.

Por ello, es dichoso, bienaventurado, aquél a quien Dios auxilia. Dios sí puede y quiere salvar, porque esa es su manera de actuar. Por eso la confianza en el Señor es la gran bienaventuranza. El sentido cristiano del Sal. 145, puede ser el siguiente: La misericordia de Dios se fue revelando en el A.T. preparando la gran revelación de la misericordia divina en Cristo. En la Sinagoga de Nazaret leyó un día Cristo un pasaje de Isaías que expone el mismo tema que nuestro salmo, y comentó: «Hoy se ha cumplido delante de vosotros esta escritura que habéis oído» (Lc. 4,21). Es conveniente leer y meditar el salmo completo.

Sant. 5,7-10.- Una espera llena de esperanza

La tierra en invierno adquiere un aspecto desolado, en apariencia estéril; pero la nieve, que humedece la tierra, esconde la simiente y, transformándola lentamente, la cosecha, por lo tanto, es segura. Se necesita la paciencia terca del campesino que medita sobre el tiempo y confía en la tierra. También los hombres, a veces, tienen un aspecto escuálido. No nos detengamos en las apariencias. Invisible pero activa, la gracia de Cristo los trabaja. Él trabaja desde dentro a fin de que pueda germinar la gracia. Nosotros esperamos la renovación de todas las cosas: de nosotros, de los otros y del mundo. En pleno invierno, nosotros creemos en la primavera.

Mt. 11,2-11.- Un anuncio desconcertante

El Bautista es desconcertante. Jesús tal vez no es el mesías que esperaba: no castiga, sino que cura; no condena, por el contrario, da la vida. El Precursor roza el escándalo frente a todo esto. Jesús hace el elogio de Juan, que es el culmen del A.T.; pero hay algo más alto: el Reino. Juan anunciaba una esperanza indefinida; Jesús es una certeza. El A.T. anunciaba una novedad, Cristo es «el reino de Dios en medio de nosotros». Dios es impredecible; quisiéramos apartarlo de nuestro lado para defender nuestra causa, pero él se hace abogado de los otros; esperamos de él respuestas, pero él nos pone preguntas; quisiéramos apariciones estrepitosas y espectaculares, y Dios viene a nosotros en el silencio.

Comentario

Himno a la alegría

La primera lectura de hoy, tomada de Isaías, es una clara invitación a la alegría. Oigamos el comentario del P. Alonso (Profetas II. 1980):

“De repente comienza la segunda escena como reverso total. Es el himno de la alegría de Isaías II; podemos contar diez menciones de cuatro sinónimos: alegría, gozo, júbilo, alborozo”.

Hay una alta densidad de significado: alegría. Continua el P. Alonso:

“Un himno con algo de marcha, acompañando el retorno de los «rescatados»: el movimiento es muy regular, dominado por cuaternas formales y sinónimos. Desierto – yermo – páramo – erial, aguas – torrentes – estanque – manantial; ciegos – sordos – cojos – mudos, gloria – belleza – Gloria – Belleza; o bien ternas con un complemento formal: Líbano – Carmelo – Sarión, manos – rodillas – corazones”.

(Es muy importante leer el fragmento completo de Isaías 35,1-10).

“Tonalidad de gozo mayor: la renovación afecta las debilidades del cuerpo mutilado, a la debilidad del ánimo apocado, a la debilidad de la naturaleza yerma. Una corriente de gozo atraviesa y riega y vivifica todo; y la razón del gozo es la Gloria del Señor, su recompensa, su redención.

El poeta se complace en el desierto. Ya están redimidos, rescatados, y, todavía, marchan camino de Sión. Pero la esperanza es tan segura, la presencia del Señor tan patente, que el desierto se transfigura en tierra prometida y en paraíso reencontrado”.

Es difícil, aunque no se lo proponga el P. Alonso, definir mejor el espíritu del adviento.

También nosotros estamos cansados, secos, también nosotros podemos escucharlo como dicho para nosotros; también nosotros tenemos la sensación de ir atravesando un desierto ingrato, también oímos como dichas a nosotros las palabras de aliento: fortalecer las manos débiles, robustecer las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: sed fuertes, no temáis; mirad a vuestro Dios, que trae el desquite. Nos unimos al tema del salmo y a las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret. ¿Qué es el adviento? El tiempo de renovar nuestra esperanza, de renovarnos nosotros mismos, con la certeza de la presencia del Señor en la dureza de nuestro camino, aún en las situaciones más adversas.

La paciente espera

En la adversidad, en el duro y largo camino que hemos de recorrer en la fe, el apóstol Santiago nos aconseja la paciencia. Debemos observar la actitud del labrador que aguarda pacientemente las lluvias tempranas y tardías, a fin de recoger el fruto. En forma sencilla, y muy pastoral, Santiago nos anima en el camino de adviento, que, a la postre, es toda vida: aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo porque la venida del Señor está cerca. De aquí derivan ciertas actitudes conductuales en la comunidad: no murmurar unos contra otros, no condenar, y tomar ejemplo de los profetas para soportar con paciencia la adversidad.

Cuando la duda nos alcanza

“Maqueronte (forma tradicional en español de Machaerus, del griego Μαχαιρούς y derivado de μάχαιρα; en árabe ِقلة المشناقى Qalat el-Mishnaqa; en hebreo מכוור) es el nombre de una antigua fortaleza ubicada en la cumbre de una colina en la antigua Perea, en la actual Jordania. Se localiza en las montañas de Moab, al este del Mar Muerto y a unos 25 km al sudeste de la desembocadura del río Jordán. En ella tuvo lugar el encarcelamiento y la posterior ejecución de Juan el Bautista.

A la muerte de Herodes, la fortaleza pasó a manos de su hijo Herodes Antipas, que gobernó Perea y Galilea desde el 4 a. C. hasta el 39 d. C. Fue durante esta etapa cuando el predicador Juan el Bautista fue encarcelado y posteriormente decapitado por instigación de Salomé, hija de Herodías. Tras la muerte de Herodes Antipas, Maqueronte pasó a manos de Herodes Agripa I hasta su muerte en el año 44, a partir del cual la fortaleza fue defendida por una guarnición romana”. [1]

Así refiere la historia la fortaleza desde donde el Bautista envía su embajada a Jesús.

Era este temible edificio, además guarnición y prisión militar, residencia ocasional del gobernante, por lo que disponía de cómodas estancias para fiestas e invitados. Quien caía en ella, como enemigo del régimen, debía dejar afuera la esperanza. Como toda prisión, no era un lugar propicio para la esperanza; en la cárcel, “donde toda incomodidad tiene su asiento” (Cervantes), el Bautista vive su propia crisis de fe.

En esa prisión dominada por las sombras y oscuros presentimientos, donde Herodes lo ha encerrado, el Bautista es asaltado por la duda, por una sensación muy incómoda de frustración; tal vez se siente defraudado. ¡Qué momento tan terrible! Ese Jesús, ¿será realmente el Mesías que yo anuncié? Es algo desolador. Es la oscuridad de la fe que atraviesan los santos. El Mesías, que ha creído reconocer en Jesús, no se comporta como un juez soberano, como un inflexible ejecutor de las sentencias divinas contra los malvados. Al menos no como él lo esperaba. Más bien, acoge a los pecadores, habla de perdón, de amor, y afirma que no ha venido a condenar sino a salvar, que no ha vendido a apagar la mecha que aún humea ni a acabar de romper la caña cuarteada. ¿Dónde quedó aquello de que el hacha está puesta al tronco del árbol? Desconcertado, confundido, Juan envía una embajada a Jesús para preguntarle: «¿Eres tú el Mesías que esperábamos?». Tú eres tú el no violento, el paciente, el misericordioso, eso no lo anuncié yo.

Su pregunta atraviesa los siglos y resuena más viva que nunca en una época en la que nos encontramos desorientados ante el aparente silencio de Dios en nuestra sociedad descristianizada. Esperábamos del evangelio las respuestas y éste, más bien, nos pone preguntas; buscábamos soluciones prontas, y el evangelio nos invita a inventarlas; pensábamos asistir a manifestaciones espectaculares y el evangelio nos impone la ley de toda lenta germinación.  ¡Cuánta fatiga experimentamos para aceptar que el cristianismo es una cuestión de libertad y de amor, y por lo tanto de fe y de riesgo! Como Juan, debemos entrar en el adviento de nuestra fe y reconocer el rostro que Dios ha querido asumir en Jesucristo, humilde, paciente, misericordioso, liberador.

P. Bonnard comenta acertadamente la respuesta de Jesús:

“La respuesta de Jesús es decepcionante. Remite a Juan y a sus discípulos a las «obras» que ya conocen; pero, la interpretación de estas obras está en suspenso. Juan sabía bien que el Mesías no se manifestaría más que por sus obras. Pero ¿de qué sirven las obras, aun cuando correspondan a las profecías, si el que las cumple no se impone inmediatamente a la fe de los hombres? Tampoco para el precursor, ni siquiera para el precursor en prisión, hace Jesús una excepción en la terrible discreción de que se rodea. (Evangelio Sn. Mateo. 1970)

Los signos de su venida están en medio de nosotros, tenues pero vivos. Hay cristianos que encuentran, mediante la fe, la palabra de Dios en nuestro tiempo. Esos caminantes que buscan en la fe, una salida a la crisis existencial y psíquica, son ellos mismos un testimonio; buscan también salir de la prisión donde padecen y viven sus crisis profundas. Ese caminar hacia Dios, ese pedir el don de la fe, es el comienzo para cambiar nuestro mundo, para derribar los muros de nuestras prisiones, de nuestros egoísmos.

La respuesta de Jesús a los emisarios del Bautista se sitúa en la línea, tanto de la primera lectura como del salmo.

Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la buena nueva.

Jesús se sitúa en el centro de la promesa para cumplirla.  Luego advierte con severidad: y bienaventurado, dichoso, el que no se siente defraudado (que no se escandaliza) por mí.  Y es que el amor y la misericordia de Dios, sus caminos, a veces nos causan escándalo porque no concuerdan con los nuestros; nos sentimos defraudados porque Dios no se ajusta a nuestros pensamientos.  Jesús termina esta perícopa con una alabanza inaudita al Bautista, el más grande entre los nacidos de mujer, única en labios de Jesús.

El tema de la alegría domina el leccionario de este domingo y la liturgia toda del adviento. Es una alegría que permea la creación entera. Con este motivo teológico quiere proponerse al creyente la confianza en la vida y en historia porque han sido atravesadas por la salvación, también ellas. Contra los pesimismos radicales, la falta de confianza en sí mismos y en la humanidad, contra el victimismo, el evangelio resuena como «buena noticia» de liberación y esperanza. Los cristianos, con la bella esperanza que brota del evangelio, deberíamos responder a la trágica pregunta del poeta ruso, Pushkin, «¡Oh don vano y casual, vida, / ¿por qué me has sido dada?».

Meditación

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

Juan vuelve del desierto al Jordán preparando el escenario necesario para que el Mesías, el Salvador, sea conocido en Israel. En un clima de arrepentimiento y penitencia, de bautismo y purificación, señala al Mesías, al Cordero de Dios que toma sobre sí el pecado del mundo. Luego, como todos los verdaderos profetas, también él es perseguido y termina en la cárcel. Sus discípulos vienen a contarle las grandes obras que está realizando Jesús, pero, para Juan Bautista, algo en todo esto no estaba del todo claro. Por eso, envía a sus discípulos a preguntar a Cristo mismo si él era al que esperaban. Cristo cita los pasajes mesiánicos del profeta Isaías, pero no menciona la liberación de los presos. El Mesías ha llegado, pero el Bautista permanece en prisión. La salvación supera la satisfacción de las expectativas más inmediatas y se puede realizar en el drama más incomprensible, porque la salvación es el amor.

IV Domingo de Adviento. A

Is.7,10-14; Sal. 23; 1Rom. 1,7; Mt. 1,18-24

Síntesis de las lecturas

«Un feliz acontecimiento»; así se designa comúnmente el nacimiento de un niño. ¿Qué decir de la espera de este Niño, en el cual José desempeña un papel humilde pero indispensable? De hecho, en Mateo, la “anunciación” es dirigida a José. No se trata de la historia de una familia como tantas otras, sino de la historia de una familia donde tendrá lugar el acontecimiento del «Dios con nosotros», de la historia de la salvación.

Is.7,10-14.- Dios con nosotros

El pueblo de Israel se encuentra deprimido. Hace mucho tiempo que ha rogado a Dios que intervenga, y él no hace nada para mejorar la situación. El rey Acaz, que desespera de la ayuda divina, intenta realizar alianzas con los pueblos vecinos. Pero el profeta sabe que Dios intervendrá, y preanuncia tal intervención con un «signo» desconcertante: la debilidad de un niño, signo de Dios en medio de los hombres.

Sal. 23.- Pieza litúrgica en acción de gracias con dos grupos participantes

Es una procesión a las puertas del templo; un grupo se presenta y otro grupo abre y recibe.

La trasposición cristiana es la siguiente:

“El templo de Jerusalén y sus ritos no eran más que sombra, preparación e imagen de Cristo, verdadero templo de Dios, verdadero rey de la gloria por su resurrección gloriosa. En Cristo, Dios se hace presente a los hombres, y en el acto litúrgico, en el sacrificio cotidiano, en el ritmo anual del adviento, Cristo vuelve a venir a su Iglesia: la Iglesia lo trae como en una procesión, y él viene a los suyos. Pero también los suyos han de buscarlo sinceramente: bienaventurados los «puros de corazón», porque ellos verán a Dios. Todo el tiempo de la iglesia es de nuevo preparación y símbolo de la consumación celeste: por eso el salmo puede ser proyectado hacia la parusía, cuando el Señor de la gloria se manifestará para instaurar su reino celeste; también entonces declarará las condiciones para entrar y él mismo guiará la procesión gozosa, final de todas las liturgias”. (P. L. Alonso Schökel)

1Rom. 1,7.- El evangelio de Pablo

Pablo, en pocas frases que constituyen una obra maestra de teología cristiana, presenta el «misterio» de Cristo en dos tiempos sucesivos. Primero el hombre Jesús, hijo de David, pobre y desprovisto, con la lista de antepasados como cualquier hombre. Después el Resucitado, hijo de Dios, cuya vida es ahora la misma sobrehumana potencia de Dios. Todos nosotros, («amados de Dios»), y cada uno de nosotros, («siervos de Cristo»), entramos en este proyecto del Padre que se llama Jesús Cristo, para ser santos y anunciar al mundo la fe. La iglesia y todo cristiano reviven en sí la historia de Cristo.

Mt. 1,18-24.- La colaboración de los hombres

Dios llama, también a José, a colaborar en la encarnación del Hijo con la misión de insertar legalmente a Jesús en la familia de David, según la promesa de Natán (2Sam. 7,12). La encarnación tiene lugar con la colaboración de los hombres. Al contrario del rey Acaz, José acepta el signo del Niño, nacido de una virgen, despreciando todo miedo y todo escrúpulo. Y nosotros, ¿cómo colaboramos al nacimiento de Cristo en el mundo de hoy?

Comentario

Reconocer el carácter tardío de los “relatos de la infancia” de Jesús, no significa minimizarlos. A la luz de los acontecimientos pascuales, éstos fueron insertados en las tradiciones referentes a Jesús de Nazaret, «nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios con la potencia según el Espíritu Santo mediante la resurrección de los muertos» (Rom. 1,3-4). La temática de estos días es especialmente densa e intensa, da para mucho, para meditación, contemplación, celebración gozosa y para catequesis.

Con otras palabras, Pablo, nos dice lo que, en definitiva, es la Navidad: “Por medio de Jesucristo, Dios me concedió la gracia del apostolado, a fin de llevar a los pueblos paganos a la aceptación de la fe, para gloria de su nombre…”. Ese evangelio viviente, fue anunciado de antemano en las Sagradas Escrituras, es el Hijo de Dios, es Jesucristo nuestro Señor, que, en cuanto a su condición de hombre, nació del linaje de David y que, a través de su Resurrección, se manifestó como Hijo de Dios. La densidad cristológica del texto es de primera importancia: verdadero Dios y verdadero hombre, tal es el misterio.

En los sermones de S. León Magno y de otros padres que leeremos estos días en la liturgia de las horas, se insistirá en este aspecto. ¿No habremos descuidado este aspecto fundamental en nuestras predicaciones navideñas olvidando lo tremendo e inefable del misterio de la Encarnación? ¿Cómo aparece este misterio en nuestra predicación? ¿Y si lo estuviéramos inconscientemente soslayando? 

Is. 7-12, el Libro del Emmanuel

¿En qué pensaba el Primer Isaías (7,10-14) cuando redactó este texto que leemos hoy? La comunidad de Israel se encuentra destrozada, sujeta a presiones de política exterior y gobernada por políticos ineptos y cobardes. Desde hacía mucho tiempo Israel pedía a Dios la salvación y Dios interviene de una manera desconcertante. El Rey Acaz, decepcionado de Dios, intenta hacer alianzas con las potencias vecinas: “¡Ay de los que bajan a Egipto por auxilio y buscan apoyo en su caballería! Confían en sus carros porque son numerosos… Pero no han puesto sus ojos en el Santo de Israel”.

El Rey, alegando religiosidad y respeto, rechaza categóricamente la oferta de Dios que le presenta el profeta. En realidad, ni quiere un signo ni quiere la fe. Tentar a Dios es exigirle pruebas o condiciones como los israelitas en el desierto. Ante la hipocresía del Rey el profeta reacciona en nombre de Dios. El título heredero de David recuerda que Acaz es el continuador de la salvación prometida a David, es el representante histórico de la dinastía elegida. Con su actitud, falsa y dilatoria, está cansando a los hombres y a «mi Dios»; Isaías ya no dice «tu Dios» como en el v. 11. Así viene entonces el signo que Dios envía: «Mira: la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios con Nosotros».

El profeta sabe que Dios intervendrá y anuncia el nacimiento «de un Niño»: la debilidad de un niño, un nacimiento, es todo lo que Dios tiene que decir ante la situación de emergencia que vive Israel. Es verdaderamente desconcertante. Los hombres buscamos más espectacularidad, hechos “más contundentes”; juzgamos las acciones de Dios como demasiado débiles y nos sentimos tentados a imprimirles mayor impacto, apoyados en todos los medios disponibles, los que cada época nos brinda. No creemos ni en la humildad, ni en la sencillez, ni en el amor ni en la libertad, ni en lo paradójico de los caminos de Dios y esperamos un golpe de estado para imponer el reino de Dios. No podemos menos que recordar las palabras del mismo Isaías: sus caminos no son mis caminos, sus pensamientos no son mis pensamientos…

El Anuncio a José

Transmitiéndonos el anuncio a José, Mateo no intenta detenerse en las reacciones psicológicas del personaje. Su intención es simplemente la de responder a la pregunta: «¿Quién es el Mesías?» Para él, «Jesús es el descendiente de David, el que salvará al pueblo de sus pecados, el Dios-con-nosotros», es el heredero último de Israel. La misión de José es insertar en la estirpe davídica al hijo de María, su esposa. Se trata de un “programa literario” trazado en la primera frase del evangelio de Mateo: “Genealogía (bíblos genéseos, libro del génesis) de Jesucristo, «Hijo de David», Hijo de Abraham” (1,1).

La misión de José, según Mt., es la de otorgarle a Jesús, el carácter de mesías davídico. Con esta clave podemos leer el relato de la infancia según Mt., y todo el evangelio. Se trata del cumplimiento de las promesas.

Advertido desde el comienzo, – ¿y quién se lo advertiría, sino su misma esposa, María? -, del nacimiento inesperado e inefable, en un primer momento piensa que debe retirarse ante el misterio en el que él no tiene absolutamente nada que hacer. Él sabe que está ante un misterio que lo trasciende absolutamente, que está frente al misterio mismo de Dios, que María su esposa está dentro del círculo divino y, por lo tanto, él no tiene mucho que hacer ahí. No se trata de dudas ni de malos pensamientos. Él siente temor, el temor que se apoderaba del hombre justo ante la presencia de lo Divino. Por eso el ángel le dice: “José, hijo de David, no temas en recibir a María como esposa tuya”. (1,20). Y él obedece: Cuando José despertó del sueño, hizo lo que el Ángel del Señor le ordenó.  La reacción de un marido que duda no es precisamente la del temor, y siendo él un varón justo, esa misma justicia lo hubiera impelido en otra dirección. El Ángel no le dice que se calme o serene, sino que «no tema». Nada de eso. José sabe que está frente a un misterio que lo rebasa.

Ante esta actitud, Dios interviene. Sin duda, el niño que María lleva en su seno «viene del Espíritu Santo» pero José tiene una misión especial: debe asegurarle el estatus davídico, debe ponerle, él, el nombre: José, le puso el nombre de Jesús, (Jesús, hijo de José, hijo del Carpintero), como su padre en la tierra; Dios le confía esa gran misión. Debe atender a las necesidades más elementales en la vida, como se verá enseguida cuando asuma la responsabilidad de proteger al niño y a la madre. Dios ha querido que su Hijo el Dios-con-nosotros, el Emmanuel, viniera a nosotros y viviera en una familia completa. Pero, sobre todo, José es el que le confiere la pertenencia a la estirpe davídica dado que, entre los judíos, era el hombre el que transmitía la ascendencia. Es un dato esencial en la cristología de Mateo; el mismo Pablo se declara servidor del evangelio, que se refiere a Jesucristo, nuestro Señor, que nació, en cuanto a su condición de hombre, de la estirpe de David. (cf. Rom. 1,7). Tal es el rol de José.

En NRT 135 (2013) 529-548, Agnes de Lamarzelle trae un buen ensayo titulado «Joseph, le père du fils de la Pomesse. ETUDE DE MT 1-18-25: L`ANNONCIATION A JOSEPH». Yo no había pensado suficientemente en el hecho de que, mientras que en Lc. la anunciación es a María, en Mt la anunciación es hecha a José. Se trata de un buen ensayo. Para entender el rol y la importancia de José en Mt., es necesario salirnos mentalmente de Lc. donde María tiene el rol principal y al que estamos más acostumbrados. El rol de José en Mt. está en la línea teológica del relato: el mesianismo davídico de Jesús. José es el elegido para dar cumplimiento a esta promesa; con su obediencia y humildad hace posible que Dios sea Dios con nosotros.

 Comparto contigo solo unos puntos:

Y él le puso su nombre: Jesús. Así se concretiza el acto por el cual José enraíza a Jesús en la descendencia de Abraham y de David.

A José se le ha revelado el misterio y se le pide su colaboración en ese proyecto: “No temas, José, en recibir a María, tu esposa, …” “José hizo lo que el Ángel del Señor le mandó…” Por esta obediencia al Dios que le habla, José manifiesta que ha llegado el tiempo del cumplimiento de las promesas mesiánicas: él entra en este pueblo nuevo, capaz de llamar a Dios Emmanuel; pueblo que reconoce la presencia de Dios en medio de él.  Mediante la cita de Isaías, 7,10-14, situada como el cumplimiento entre la anunciación y la realización, José es presentado como aquél por el que se cumplen las escrituras. Luego de que el lector mismo ha sido interpelado por el hecho de dar un nombre, Isaías 7, (Emmanuel), lo que este nombre significa   nos es abierto por José, el mismo nombre que José dará al Niño de la Virgen para que, así, el Hijo de Dios esté entre los hombres, insertado entre los «nacimientos» de la Promesa.

Su obediencia es cumplimiento, en lo singular de una historia, de que la profecía de Isaías es ahora universal: todos los hombres están llamados a reconocer en Jesús al Emmanuel. Más, para que esta salvación universal propuesta llegue a la historia de los hombres, ha sido necesario pasar por la obediencia de un hombre, José, que inscribe este gesto de salvación en un pueblo particular, Israel, para que en él sean benditas todas las naciones de la tierra” (Gen.12.1-3).

Así canta el poeta del Cantar

«El rey me introdujo en sus apartamentos» (Cant.1,4)

Si en verdad hay uno que pueda cantar este verso con una alegría silenciosa y profunda, es aquel mismo que Dios ha introducido en el hogar de la Virgen que lleva en su seno la luz del mundo. Es hermoso contemplar, en este embrión, al Rey que trae a su mansión al que ha escogido para ser su padre en este mundo. Y maravilla el abajamiento de este Rey Davídico: para introducir en su palacio al humilde José, él se abaja hasta confiar al carpintero la misión de guardar esta casa en la que él viene a habitar entre nosotros. El pequeño niño tiene necesidad de un hogar judío en la línea de David: para introducir a José en sus aposentos él se coloca en la situación de aquél que necesita de la ayuda del hijo de David; necesidad de ser acogido en la línea que él ha trazado en sus promesas para realizarlas sobre abundantemente.

Así pues, porque José, llamado a la inefable misión de ser padre del Hijo del Padre, entra en este designio bienaventurado, él permite al Emmanuel estar “con nosotros”: con él y su esposa, con el pueblo que lo aguardaba, con todos los hombres que aceptaron estar con él, comenzando por el lector que entran en éste «nosotros» y que llama a vivir la Alianza. (NRT. 135, 2013. 529-548. Agnes de Lamarzelle)

Meditación

Un Minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

La semana de Navidad se abre con el evangelio de la virginidad de la Madre de Dios: misterio éste convertido luego en dogma de la Iglesia y uno de los puntos más originales de nuestra fe. La unión entre el hombre y Dios es posible y es real. La unión con Dios no puede pertenecer a un mundo inferior al hombre. Por eso ocurre de un modo radicalmente nuevo, superior, total, elevando al hombre a la vida divina. La unión con Dios lleva al hombre a ser fecundo en el amor de Dios, a la manera de Dios. Por eso, sobre el fundamento de la maternidad divina de María, cada cristiano está llamado a convertirse en Madre de Dios, es decir, hacer visible a Dios a través de él mismo. En la vida espiritual, este dogma nos protege también del moralismo, porque el paso de la palabra de Dios a la práctica vivida tiene lugar en colaboración con el Espíritu Santo. Él es el artífice principal de cada obra de la encarnación.


[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Maqueronte