EL AMOR BASTA.

Noche Vieja. Estamos, aquí, reunidos en esta noche última del año; somos un año más viejos ahora, y nos acercamos más y más al desenlace de la trama de nuestra vida. Estamos, sin embargo, en nuestra Iglesia, en este pequeño y acogedor templecito, – que, tal vez, hacía mucho  no  visitábamos -, y hemos venido a dar gracias a Dios.  Otros han decidido despedir y recibir Año en un salón de fiesta. Éste, es también  un momento de esperanza porque estamos a punto de iniciar un Año Nuevo más.

En esta noche y en este lugar, importa más, lo que cada uno piense y sienta en su corazón, que aquello que yo pudiera decir. Tal vez no sepamos formular nuestros pensamientos, pero nuestro sentimiento religioso nos mueve a descubrir las huellas de la presencia de Dios en los acontecimientos, pequeños y grandes, que van tejiendo eso que llamamos vida nuestra. Y la pregunta, sencilla e inquietante, emerge en silencio de esta noche, ¿qué es el hombre?

Puede que el mundo con su ruido y su prisa nos arrolle como una ola gigante, puede que con su estridencia y agresividad, la vida moderna no nos deje tiempo para nosotros mismos y nos impida igualmente dar el tiempo necesario a los que nos debemos, a los nuestros. Vivimos tan aprisa, la vida moderna es tan exigente; la velocidad es  la virtud más  apreciada de nuestro tiempo y la competitividad es la norma. Eficacia, eficiencia, competitividad, agresividad, – “el precio del éxito” – son la ley formativa de la generación actual. No hay tiempo ni lugar para la contemplación, para la lectura, para la poesía, para la música, para el arte. Para la oración. ¿Cómo zafarnos de una corriente tan poderosa que nos obliga a vivir en la periferia de nosotros mismos?

Nos asusta, sobre todo a determinada edad, acercarnos al fin de año pues es presagio del fin; nos recuerda que el telón  caerá  también para nosotros un día, igual que para este año que termina. Podemos echar una mirada imparcial hacia atrás, no sobre la historia, sobre aquello de lo que los medios nos ha saturado a lo largo del año y que ahora  nos presentarán en resumen,  sino sobre mi historia, mi camino, mi vida; una mirada a los muchos años que hemos vivido y cuya fugacidad  y significado nos hace ver el  acercarnos al fin de un año más. O, ¿un año menos?

En tal estado de ánimo, uno se inclina a dejar que pasado y presente queden iluminados por el brillo apacible de un ideal, por la satisfacción de una misión cumplida. Pero no podemos estar muy seguros de ello. ¿Qué hemos hecho del bien supremo que es la vida,  de este tramo de tiempo, tan breve después de todo, que recorremos y en el cual se desarrolla eso que llamamos vida? Una vez pasada la cima de la vida, el hombre no se pregunta sobre sus ideales, sino sobre los resultados conseguidos, no sobre lo que querría hacer, sino sobre lo que ha hecho. Y, llegados que somos a cierta edad, ya no se nos concede la oportunidad de poder llegar a ser lo que todavía no somos. Muy al final de su vida, Vasconcelos, (Letanías del Atardecer), pedía perdón a Dios por el tiempo y los dones desperdiciados,  él, cuya vida fue un volcán siempre en actividad. El tiempo perdido, oía decir a mi padre, los santos lo lloran. Y, por muy convencional que sea, acercándonos al final de un año, no podemos menos de preguntarnos, ¿qué hemos hecho de ese don fundamental y principio de realización, que es nuestra vida? En realidad, ¿hacia dónde camina mi vida? ¿Cuál es su sentido, su dirección? ¿Qué ha quedado entre mis manos? ¿Solo vacío, cansancio, luchas estériles, soledad, una simple materialidad que, al fin de cuentas, ahí se queda?

Hacer un balance; y, ¿quién será el interventor público de nuestro balance? ¿Nosotros mismos? No; somos muy complacientes con nosotros mismos, tenemos mecanismos de defensa perfectamente integrados, siempre encontraremos razones suficientes para justificar nuestra mediocridad. Un balance no es tarea menor. ¿Con qué parámetros podemos medir lo hecho y lo por hacer? ¿Qué ha faltado, realmente, en y a mi vida?  Somos caducidad pura, luego, ¿qué otro punto de referencia podemos tener?

Desde luego, un balance ante Dios. El interventor sería él. ¿Que Dios no existe? Entonces no hay necesidad de balance alguno, quedaría, sin embargo,  la pregunta que Martín Buber dirigía a un ateo: Y, ¿si lo que afirmamos resulta ser cierto? Por ello, para un posible balance, yo tomaría como punto de partida el texto de Pablo a los corintios: «Por tanto no nos acobardamos: mientras nuestro “yo” exterior se va desmoronando, nuestro “yo” interior se va renovando día a día». (“Cor.4,16). Desde el punto de vista biológico, somos un proceso ininterrumpido de descomposición; el tiempo nos va carcomiendo inexorablemente. Dios perdona, el tiempo no, dice el refrán. Pero no somos pura y sola materialidad; existe también el “yo” interior, el hombre interior que ha de renovarse sin cesar mientras el hombre exterior se va desmoronando. Pablo entiende la vida del cristiano como una metamorfosis, como una continua trasformación (Rom.12 1-2).

Compara, también, nuestro cuerpo mortal como una “habitación” en la que moramos hasta el presente y que se va destruyendo irremediablemente; pero, al mismo tiempo se va construyendo otra morada, ya no material, sino espiritual, en la que habitaremos por siempre. Se trata de la antítesis entre el presente y el futuro. El balance podría, muy bien, versar sobre la conciencia de esa tensión mantenida o silenciada entre presente y futuro. ¿Vivimos felices y cómodos en esta morada carcomida por el tiempo? En tal tensión, dice el Apóstol, «suspiramos con el deseo de revestirnos de la habitación celeste». Cuando habla  de habitación, Pablo se refiere al cuerpo. Nuestro cuerpo, ahora está revestido de mortalidad, pero habrá de revestirse inmortalidad, «cuando lo mortal quede absorbido por la vida». (2Cor.5.4).

El reto es mantener la tensión sin desaliento, es decir, mantener firme e inconmovible la esperanza. En resumen, nuestra experiencia es la fugacidad del tiempo que nos devora a su paso, así, ¿cuál es entonces el sentido de nuestra vida?  Pablo pone ante nuestros ojos la esperanza cristiana. Cuando todo esto termine, entonces también nosotros habitaremos en esa morada no hecha por mano de hombres, sino por el mismo Dios. Con palabras humanas, Pablo intenta expresar lo inefable, aquello de lo que no tenemos experiencia y nuestro lenguaje es incapaz de traducir pues se trata de la realidad inasible.  Es la virtud teologal de la esperanza. Nuestro balance, ¿no debería versar sobre esta virtud? Después de todo somos seres de esperanza; debemos preguntarnos sobre el combustible espiritual con el vamos haciendo el camino, dicho en el lenguaje de Marcel. El psicólogo moderno habla con gusto del cansancio existencial, de la desorientación, del malestar de la cultura, ¿podrá todavía el hombre actual, extraer de la fe cristiana el motivo más grande para dar sentido a su vida y a su lucha?

Se trata de preguntarnos si queremos creer, si  nos gustaría creer y por lo tanto, esperar contra toda esperanza. Se requiere coraje y se precisa decisión para que nuestra vida deje de ser la tarde gris y fría. «A nosotros, que tenemos la mira puesta en lo invisible, no en lo visible, la tribulación presente, liviana, nos produce una carga incalculable de gloria. Pues lo visible es transitorio, lo invisible es eterno».(2Cor. 4.17-18). Esa esperanza cierta, produce alegría, una alegría inmensa. «Así, estamos siempre animosos y sabemos que mientras sea este cuerpo corruptible nuestra morada, estamos desterrados del Señor. Pues procedemos por fe, no por visión». (5,6). Un auténtico salto en el vacío.

Se nos ofrece, pues, la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?

La fe actuada se traduce en confianza y en perspectiva de futuro es la  esperanza.  Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), « esperanza » equivale a « fe ». El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones. Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo « ni esperanza ni Dios » (Ef 2,12). Naturalmente, él sabía que habían tenido dioses, que habían tenido una religión, pero sus dioses se habían demostrado inciertos y de sus mitos contradictorios no surgía esperanza alguna. A pesar de los dioses, estaban « sin Dios » y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. En un epitafio de aquella época, podemos leer «en la nada, de la nada, ¡qué pronto recaemos!», palabras en las que aparece sin medias tintas lo mismo a lo que Pablo se refería. En el mismo sentido les dice a los Tesalonicenses: « No se aflijan como los hombres sin esperanza » (1 Ts 4,13).

 En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una « buena noticia », una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo « informativo », sino « performativo »; no es información, es creación. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva. (cf. Spe Salvi. B.XVI).

Martín Buber, en su obra “¿Qué es el hombre?”, tras recorrer la historia del pensamiento filosófico occidental concluye lo siguiente: “Hemos visto como en la historia del espíritu humano, el hombre vuelve de continuo a verse en soledad, es decir, que se encuentra solo frente a un mundo que se ha hecho extraño e inquietante, y no puede salirle al paso, no puede enfrentarse realmente con las figuras mundanas del ser presente”. Este hombre, tal como se nos presenta en Agustín, Pascal y Kierkegaard, busca una figura del ser no incardinada en el mundo, una figura divina del ser, con la que él, en su soledad, pueda entrar en relación; extiende sus brazos a través del mundo, en pos de esa figura. Pero también hemos visto que, de una época de soledad a otra, hay una trayectoria, es decir, que cada vez la soledad es más gélida, más rigurosa, y salvarse de ella, es más difícil cada vez. Por fin, el hombre llega a una situación donde ya no le es posible extender, en su soledad, los brazos en busca de una figura divina. Esta experiencia se haya en el fondo de la frase de Nietzsche: “Dios ha muerto”. A lo que parece no le queda al solitario más remedio que buscar el trato íntimo consigo mismo.

Tal situación de soledad, de abandono, sin puntos fijos, sin referentes, de soledad glacial, de sin sentido, la escuchaba de una adolescente que llegó a mí cierto día, en busca de ayuda. Me decía: “he abierto puertas que no puedo cerrar; practico el satanismo. Abandoné el curso de confirmaciones porque no soportaba estar en la Misa; algo muy horrible me ahogaba y enfurecía. Tengo miedo. He escrito sobre mi pecho con una navaja la palabra «“odio», me decía, mientras se desabotonaba la camisa. “Y, horrorizado, sin yo saber cómo, de pronto me encuentro en un rincón de mi cuarto con la navaja en la muñeca o en el pecho, al lado del corazón. Me siento muy solo”. En términos reales, esa es la soledad del ser en el mundo. Es la fría noche en que parece se ha convertido nuestro mundo. Solo en un mundo así, dirá Frankl, pueden prender fácilmente todas esas formas de degradación, drogas, violencia, desprecio de la vida, banalización de la vida y de la muerte. No hay hacia donde levantar las manos.

Un balance de fin de año sería preguntarnos, en el silencio de nuestro corazón, con sinceridad y valentía, sobre nuestra actitud ante eses verdades sin las cuales iríamos sin brújula en la vida, es decir, sobre la fe, la esperanza y el Amor. Ante todo, sobre el amor, pues «quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento total del amor. Así pues, no tengan con nadie otra deuda que no sea la del amor. Pues el que ama a su prójimo tiene cumplida la ley». (Rom. 13,8.10). Si rescatamos el amor, el balance final será a nuestro favor. Feliz Año!