Tenemos mucho que aprender de la historia. El Estado y la familia eran, para los antiguos romanos, algo sagrado. El Estado era concebido como una cooperativa de familias, y no podía violar la santidad de la familia sin poner las bases de su propia destrucción. La noción de que un estado podía inmiscuirse en el hogar, y quitar a los padres la autoridad sobre sus hijos, les habría parecido a los romanos algo bárbaro y blasfemo. Hoy el Estado se ha metido hasta el lecho conyugal sugiriéndoles a las parejas que deben tener el mínimo de hijos. En cuestiones de política, durante los siglos I y II a.C., los romanos despreciaban la ostentación, los suntuosos banquetes y la indecorosa necesidad de satisfacer su lujuria. Consideraban que todo eso era afeminado y fuera de lugar. En lugar de esto, sus vidas adquirían sentido gracias a los deberes y el patriotismo. Roma llegó a ser imperio fuerte porque se fomentaba la virtud entre los jóvenes, la determinación de hacer lo correcto, el amor por la patria y el rechazo a la rendición. Hoy la sociedad adora la ostentación, el buen vivir y el placer sexual. Los tiempos en que éramos cultura fuerte y sociedad virtuosa quedaron muy atrás.