Is. 61,1-2. 10-11; Sal. Lc. 1, 46-55;  Jn. 1,6-8.19-28.

 

Síntesis

Is. 61,1-2. 10-11. Sacerdotes a la manera de profetas. Todos los cristianos son «sacerdotes del Señor y ministros de Dios». Han recibido una consagración que los constituye profetas del evangelio, testigos de la alianza entre Dios y los hombres. Dejemos por lo tanto de preguntarnos «¿en qué cosa podemos ser útiles?» En nuestras manos está el germen de la justicia y la felicidad. Pero es en medio de las naciones donde descubrimos nuestra dignidad de «estirpe bendecida del Señor», participando en las penas y los trabajos de los hombres, iluminados por la fe en el compromiso del testimonio y la participación.

 

Sal. Lc. 1, 46-55.- Ver más abajo.

 

ITes.5,16-24.- Profetas en la propia tierra.- Don de profecía es todo lo que actualiza el evangelio; es la presencia en el hombre, del Espíritu siempre nuevo. No ocuparse de él, despreciarlo, significa apagar la luz que la iglesia puede llevar al mundo. Sin el carisma de la profecía, la iglesia no es más que un museo. Pero la iglesia no es tampoco una secta de iluminados: debe acogerlo todo, verificándolo en nombre del evangelio y del bien común. Es un equilibrio que ha de conservarse, en la iglesia y en cada cristiano: acoger y asimilar. Es el equilibrio mismo de la buena salud.

 

Jn. 1,6-8.19-28.- ¿Qué dices de ti mismo? Juan no quiere ser más que una «voz»: quiere orientar la atención del pueblo hacia un desconocido que es el Mesías. El Adviento, la iglesia hace, de nuevo, propia la espera del mundo que aspira la paz y la fraternidad. Y, como Juan, debe ser humilde y escondida. «Yo no soy la respuesta a todas las preguntas, no soy más que un eco de Cristo. No poseo a Dios como una concesión exclusiva. Cristo está ya en medio de ustedes, en vuestras esperanzas, en vuestras luchas, en vuestro amor».  El único orgullo de la iglesia consiste en conocer, identificar y anunciar a aquél que los hombres esperan y buscan a tientas.

 

El Adviento como vivencia litúrgica comienza a concretarse en una llamada a la reforma de vida y a la purificación de la conciencia, preparatorias para el Misterio de la Navidad.

 

No es que la liturgia renuncie a su perspectiva escatológica o que la Iglesia y los cristianos deban olvidar su responsabilidad de santidad y de integridad de vida de cara a la Parusía o “vuelta del Señor Jesús” (cf. segunda lectura).

 

Pero es tal la riqueza de la pedagogía litúrgica y tan eficaz su realismo santificador, que de la misma conmemoración anual de la primera venida del Redentor quisiera hacernos un “test evangélico”, suficiente y realista para adelantarnos ya desde ahora cuál será nuestra postura personal y colectiva ante su segunda venida al final de los tiempos.

 

La más elemental lógica no permite suponer que en la Parusía podamos improvisar una santidad cristiana que ahora rechazamos. O improvisar entonces una esperanza sobrenatural, que ahora marginamos en nuestro vivir de creyentes. O conseguir atropelladamente en aquel día definitivo la identidad vital con Cristo y su Evangelio, que ahora, a diario, tratamos de eludir frívola o cobardemente en nuestras vidas.

 

En este sentido, la Parusía del Señor es un misterio que se está verificando ya dispositivamente en nuestro vivir temporal como creyentes. El acontecimiento de la Navidad es un hito histórico que se cerrará coherentemente con el acontecimiento de la Parusía. Lo importante es nuestra apertura personal y colectiva a lo que uno y otro exigen de nuestra vida.

 

  1. a) ¡Buscad a Cristo…! (Evangelio).

El gran promotor del Adviento en las almas sigue siendo el Bautista. Su misión providencial consistió en abrir nuestros ojos a la Luz. El fue el “testigo de la Luz” en medio de unos hombres, que fácilmente se deslumbran con falsos mesianismos y con supuestos redencionismos humanos.

 

Los judíos de su época también cayeron en el confusionismo de personificar en él sus mejores esperanzas de salvación. ¡Los “mitos” humanos, que tan fácilmente se forja la superficialidad religiosa de los hombres! Por ello Juan precisó de mucha humildad y de mucha negación personal para mantener en autenticidad su responsabilidad de profeta: Llevar las conciencias a Cristo. La humilde integridad del verdadero heraldo de Cristo no es, por desgracia, demasiado frecuente entre quienes tienen la misión y la responsabilidad de dar testimonio de Cristo ante las almas. El Bautista no es, primeramente, un modelo de austeridad o de moral, es un anunciador del Cristo.

 

En todo caso, el Bautista aquel día y la Iglesia en su liturgia adviental, hoy, mantienen un grito de alerta, de perenne actualidad para toda conciencia seriamente abierta a la fe y a la verdad: “! Buscad a Cristo Jesús…! Que en medio de vosotros está Aquél a quien vosotros no conocéis” (Jo. 1,26). Es necesaria una actitud de sincera apertura, de acogida serena y decidida; el Adviento es, también, el tiempo oportuno, el tiempo de gracia, invitación a superar la distracción. Oportunidad para ayudar y ayudarnos a resistir el consumismo en que se quiere resolver la Navidad. En medio de nosotros sigue estado uno a quien no hemos descubierto.

 

La gran tragedia para el cristianismo de hoy está, tal vez, en que Jesucristo sigue siendo “el Gran Desconocido”. La tragedia de la Iglesia puede estar en “velar, más que revelar” el verdadero rostro de Cristo. Por ello precisa tanto de una auténtica espiritualidad adviental en sí misma y en todos sus miembros.

 

  1. b) ¡Buscadle en su autenticidad…! (Isaías).

Sin ser el Adviento un tiempo fuerte de penitencia, exige una revisión personal y colectiva de conciencia como tensión de autenticidad para el encuentro con la Presencia salvífica de Dios (el Enmanuel de la Navidad y el Señor Jesús de la Parusía). La autenticidad o inautenticidad de nuestra vida condiciona inevitablemente nuestro encuentro con Dios y nuestra salvación en el tiempo y en la eternidad. En todo caso el ambiente es un factor fuertemente condicionante en la búsqueda sincera de Cristo y su Evangelio.

 

Providencialmente el más caracterizado profeta del Mesías fue también el más audaz denunciante de la frivolidad, de la injusticia y del materialismo paganizante de Israel. Los once últimos capítulos de Isaías (56-66) son un alegato impresionante contra las lacaras morales y religiosas del Israel del exilio, Una denuncia insobornable de las inmoralidades, del fariseísmo religioso, de los pesimismos enervantes o injusticias sociales, que sabotean el plan salvífico de Dios sobre su Pueblo.

 

La salvación es tipificada en las profecías mesiánicas como el gran año jubilar (Is. 61,2;cf. Lev. 25,10; Deut. 15,12; Jer. 34,9,15-17; Ez.46,17): año de liberación de toda esclavitud, de renovación comunitaria en la justicia, en la santidad, en el bien.

 

Personalmente Isaías siente el gozo incontenible de ser portavoz de Dios en la proclamación de este año jubilar para los redimidos del exilio babilónico. Para esto tiene conciencia de su unción profética y de la presencia operante del Espíritu de Yahavé en él (Is. 61,1 ss.). Pero esta conciencia profética de salvación llegará a su pleno sentido mesiánico – perspectiva mesiánica del oráculo de Isaías- en la persona misma de Cristo Jesús (cf. Lc. 4,18-19).

 

Así el Mesías es típicamente anunciado como el Ungido del Señor, cuya misión es santificar realmente las almas, redimiéndolas de todas sus lacras personales y sociales. La misma obra de la Redención se anuncia como un jubileo de santidad personal y colectiva – “año de gracia del Señor”-, proclamado para formar una nueva comunidad creyente, totalmente fiel a Dios, con conciencia de su vocación a la santidad.

 

Precisamente por ello, a la Iglesia y al cristiano se les exige mayor autenticidad en la búsqueda personal y colectiva de Cristo. En ambientes socialmente tarados, frívolamente religiosos y amorales es prácticamente imposible encontrar a Jesucristo y aceptar auténticamente su Evangelio.

 

  1. C) ¡Buscadle con alegría…! (San Pablo).

Este domingo III de Adviento encierra, además, un profundo mensaje de alegría.

 

Teológicamente tiene su explicación exacta: Frente a tantas caricaturas de alegrías humanas, únicamente la autenticidad del creyente en Cristo encuentra, en el gozo filial de la oración, en la fidelidad a la gracia del Espíritu y en la pureza dignificante de vida, las garantías más profundas y seguras para la genuina alegría interior y exterior en el tiempo y de cara a la eternidad. Gaudete in Domino, es una joya de magisterio de Pablo VI; en ella habla el Papa de la verdadera alegría y de sus condiciones. (09.05.1975). Breve documento que debemos leer

 

La auténtica alegría cristiana – que San Pablo evoca como un destello adelantado de la salvación eterna en la Parusía del Señor Jesús – posee unos rasgos esenciales que la distinguen de la frivolidad pseudo religiosa y de la falaz alegría del mundo increyente o irreligioso.

 

Está garantizada por la paz interior del alma, que no vive sino bajo la confianza filial en la Providencia del Padre y en continua y sosegada oración (1 Tes. 5,16-17).

 

Centra al creyente en la Voluntad de Dios, por la búsqueda sincera de lo que más le agrade, manteniéndole así irreprochable hasta alcanzar la plenitud de la alegría en la “manifestación” del Señor (1 Tes. 5,21-23).

 

Se fundamenta en la firme y eficaz convicción de que la antítesis de la auténtica alegría existencial cristiana es siempre el pecado en cualquiera de sus formas. Por ello la verdadera alegría evangélica es fruto de una fuerte vivencia de la vocación a la santidad (1 Tes. 5,23-24).

 

¡La auténtica alegría es siempre la alegría misteriosa de quien busca con sinceridad insobornable a Jesucristo en la autenticidad de su fe cotidiana!

 

El salmo responsorial es el Magníficat.

“Mi alma magnifica al Señor, (lo hace grande) y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador.” Estas palabras de la Virgen, portadora ya en su seno del evangelio viviente, presenta una temática recurrente en los himnos de alabanza del A.T. En nuestro caso nos fijamos solamente en la primer lectura de hoy (Is.61,10).

 

En las palabras iniciales de María que forman un paralelismo se contiene y expresa el modelo de toda autentica fe, que se echa de ver en sus dos movimientos: exultación de Dios por su adorable transcendencia, por ser Él quien es, por ser la base de toda existencia, segundo exultación en Dios que manifiesta su salvación de nuestra historia, es decir que no permanece en su adorable transcendencia sino que irrumpe con afán salvífico en nuestra historia con las características que María desgrana en su Cántico. Este cántico nos dice que solo Dios puede “cambiar nuestra suerte, como la lluvia cambia la suerte del desierto”. Es una pieza de incalculable hondura teológica. Diariamente, como parte de la oración vespertina, rezamos el Magníficat.

 

 

Un minuto con el evangelio

Marko I. Rupnik.

En este tiempo, tan fuertemente concentrado en el hombre, en la autoconciencia del sujeto, con la exaltación de la identidad de uno mismo, Juan el Bautista golpea con su triple respuesta a la pregunta «quién eres». Juan responde tres veces con un «no lo soy»: «Yo no soy el Mesías, no soy Elías, no soy el Profeta». Con estas respuestas desmonta el imaginario que la espera ha fijado a lo largo de los tiempos. Más aún, revelando su identidad de voz que clama, hace ver que la identidad del hombre proviene de su vocación. La vocación explicita una correcta jerarquía relacional. El Señor llama, por eso él es la fuente, y el hombre, acogiendo la vocación, vive su propia verdad. A los que, por el contrario, creen en los estereotipos establecidos, aplicándolos a Dios, a los Profetas y a la religión como tal, Juan les dice que precisamente eliminando estos obstáculos reales se prepara el camino para el Señor.