• III DOMINGO ORDINARIO. B.

    III DOMINGO ORDINARIO. B.

    Jon 3, 1-5.10; Sal 24; 1 Cor 7, 29-31; Mc 1, 14-20

     

     

    Oración colecta opcional.

    Oh Padre! que en tu Hijo nos has dado la plenitud tu Palabra y de tu Don, haz que sintamos a urgencia de convertirnos a ti y adherirnos con toda el alma a tu evangelio, para que nuestra vida anuncie a los que dudan y a lo alejados, al único Salvador, Jesucristo, tu Hijo……

     

    Síntesis.

    Jon 3, 1-5.10. Una lección de los paganos- Nínive, la grande ciudad pagana, se ha convertido. Mientras que el pueblo elegido rechazado tantos profetas pidiendo signos y prodigios, para Nínive bastaron pocas palabras de un profeta “menor”, como Jonás. Así, cuando la comunidad de los creyentes se repliega sobre sí misma, en un mórbido fariseísmo, Jesús le advierte: “No se les dará otro signo que el de Jonás”. “El día del juicio será menos riguroso para los ninivitas pues ellos se convirtieron por la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás”. El signo de Jonás es la apertura de las puertas de la iglesia: los lejanos y extranjeros dan una lección a los que están “dentro”. El verdadero creyente no es el visitante habitual del edificio religioso sino aquel que acepta de parte de Dios el cambio de planes inesperado en su vida cotidiana.

     

    Sal 24. Amor y Ternura de Dios. (Ver más abajo1)

     

    1 Cor 7, 29-31, Provisoriedad de la vida terrena.- Pablo cree en el retorno inminente del Señor en gloria: «Hermanos, el tiempo apremia». Esta página podrá aparecer poco iluminadora para nosotros, hombre del s. XXI. Nosotros nos apasionamos por el evolución del mundo y sus cosas, y está bien dado que este mundo, en Cristo, ha sido salvado y nuestras opciones y acciones preparan uno nuevo; pero Pablo nos recuera que la vida presente, esa alternancia de alegrías y penas, de gozos y dolores, de confusiones y preocupaciones, no es todavía la verdadera vida.

     

    Mc 1, 14-20- la iglesia no es una sala de cultura- Tampoco un grupo de autoauyda ni un club de beneficencia. La enseñanza de Jesús trastorna la vida, invierte los planes, es imprevista; golpea las conciencias, prohíbe cualquier fideísmo, cualquier oportunismo. El Reino de Dios es inminente y viene por medio de Jesús. No se trata de escuchar un doctrina, una filosofía, sino de convertirse y de dar una total adhesión a la persona de Jesús. La tibieza está condenada. La indecisión no tiene razón de ser. Dios llega. Algunos lo comprenden: los más decididos dejan todo y los siguen par consagrase totalmente al evangelio. Mediante el ejemplo y el testimonio de los cristianos, Jesús anima a todo hombre a poner todo en discusión.

     

    El libro de Jonás es una hermosa “novela didáctica”, una pequeña obra maestra, con la que se intenta subrayar la misericordia de Dios ya desde el A.T. Pone de relieve la misericordia universal de Dios que solo exige el arrepentimiento, que quiere “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Solamente así se explica, que dentro del judaísmo estricto, nazca esta pequeña novela en la que Dios envía un profeta a un pueblo pagano, tradicionalmente enemigo de Israel, para que se convierta y, así, Dios tenga misericordia de él.

     

    El libro no carece de tensión narrativa. El mismo Jonás se resiste a cumplir la misión y al final se enfada porque Dios ha tenido misericordia y se ha arrepentido de las amenazas con las que había conminado al pueblo extranjero. “Jonás sintió un disgusto enorme. Irritado, rezó al Señor en estos términos: ¡Ah Señor, ya me lo decía yo cuando estaba en mi tierra!… porque se que eres «un Dios compasivo y clemente, misericordioso», que te arrepientes de las amenazas” (Jon 4, 1-3). Y Jonás quiere morir porque no entiende la misericordia de Dios; se sienta en las afueras de la ciudad para ver su destrucción. Los detalles psicológicos son estupendos. Nos cuesta trabajo creer y aceptar que Dios perdone a los pecadores; no es nueva la tentación de querer ponerle límites a la misericordia de Dios. Es la actitud del hombre que no entiende el amor, que no entiende a Dios, que no entiende que hay más alegría en el Cielo y que los ángeles se alegran más por un solo pecador que se arrepiente. El pequeño relato de Jonás pone de manifiesto el amor de Dios y la incomprensión del hombre.

     

    Y por qué tiene Dios misericordia de los pecadores. Oigamos lo que le dice a Jonás: Tú te apiadas por un arbusto que no te ha costado cultivar, que ha muerto de sed, que una noche brota y otra perece. ¿yo no voy a apiadarme de Nínive, la gran metrópoli, que habitan más de 120 mil hombres, que no distingue la derecha de la izquierda, y muchísimo ganado? (Jon 4, 10-11). Este es el clímax narrativo: esa misericordia de Dios por todos nosotros que no sabemos distinguir la derecha de la izquierda, que somos pecadores.

     

    1Tal es la idea del Salmo responsorial (24) que canta el amor y la ternura de Dios, que, en tono sapiencial, ora al Señor para que según ese amor y esa ternura se acuerde siempre de nosotros. Y el Señor descubre sus caminos a una cierta categoría de personas: a los pecadores, a los humildes, y a los pobres.

     

    Pero no podemos olvidar que este perdón de Dios, que la manifestación de su misericordia y compasión presuponen la conversión, el arrepentimiento y la penitencia y el ayuno, todos, hasta los animales.

     

    En el fragmento evangélico que leemos hoy, en su primera parte vv. 14-15, se nos habla del inicio de la predicación de Jesús. Una vez que Juan es encarcelado, sacado de la escena, Jesús comienza su trabajo. Juan ha sido encarcelado y Jesús regresa a Galilea y comienza a proclamar (kerissein) el evangelio de Dios ante lo cual solo cabe, como actitud coherente, la conversión y la fe. Hace algunos años escribí un ensayo sobre la conversión, (ojalá pudiera ofrecerlo para el próximo tiempo de Cuaresma) comenzaba dicho ensayo de la manera siguiente:

     

     

    LA CONVERSION,

    ALEGRE RETORNO A LA CASA

    DEL PADRE.

     

    Introducción:

     

    1. La presencia de Jesús y la instauración de su Reino están inmediatamente precedidas por una urgente llamada a la conversión.

    En cumplimiento de la promesa se presentó Juan el Bautista en el desierto “proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc.l,lss). Mateo, por su parte presenta al Bautista en el desierto diciendo: “conviértanse por que el Reino de los cielos está cerca” (3,1-2).

     

    De la misma manera inicia Jesús su ministerio según estos evangelistas. Leamos la versión de Mt.:

     

    Desde entonces comenzó Jesús a proclamar

    y a decir :conviértanse porque el Reino de los Cielos

    está cerca. (Mt. 4,17).

     

    La proximidad del Reino exige esta actitud como condición esencial para recibirlo. La versión de Marcos comporta elementos todavía más importantes:

     

    Luego que entregaron a Juan, Jesús se fue a Galilea proclamando el evangelio de Dios y diciendo: el tiempo se ha cumplido y está cerca del Reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. (Mc.l,14-15).

     

    Mc. afirma que Jesús comienza a proclamar el Evangelio, es decir, la Buena Nueva que tiene su origen en Dios y llega a nosotros, amorosa y transformante, diciendo: El plazo se ha vencido, la “plenitud de los tiempos ha llegado” y Dios nos ha enviado como hermano a su Hijo único para hacernos sus hijos adoptivos dándonos su Espíritu (cf. Gal.4, 4ss). Ante este hecho la invitación es doble: a convertirse y a creer:

     

    A convertirse, es decir, a efectuar una revisión profunda de vida, de nuestra escala de valores, de los motivos que nos impulsan a vivir, de los objetivos de vida, invitación a revalorización de la existencia y a una nueva orientación de la vida.

     

    A creer, es decir, a aceptar, a abrir nuestro corazón, nuestra libertad, nuestra interioridad a la iniciativa amorosa de Dios, a acoger en lo limitado de nuestra existencia la Palabra de amor, última y definitiva, que Dios ha pronunciado sobre nuestra historia, palabra irreversible de perdón y de misericordia. Ante el evento definitivo y último del Reino que llega, tal es la única actitud coherente.

     

    De tal manera que podemos decir, que el tema de la conversión y el arrepentimiento, dones también de Dios, constituyen el tema de este domingo al igual que el tema del discipulado. Dios llama a Jonás para que lleve el mensaje de la necesidad de conversión y arrepentimiento a los ninivitas; Jesús llama a los discípulos, como irá después Marcos para que vivan con él y enviarlos después a predicar, a anunciar el Reino que llega, expulsar demonios y curar enfermos. Y también en nuestros días Jesús sigue llamando, sigue buscando hombres y mujeres que quieran consagrar su vida para llevar este mismo anuncio, siempre actual, a sus hermanos.

     

    En un segundo momento nuestro texto nos habla de la llamada de los primeros discípulos según Marcos. No son profetas rejegos como Jonás, sino hombres de respuesta inmediata e incondicional. La escena tiene un valor ejemplar más que histórico: «abandonar redes y padre» es una expresión polar, es decir, de extremos: sociedad y familia, para indicar el desprendimiento total de cuanto se tiene de más precioso por el Reino y su aventura misteriosa. A los hombres que buscan con corazón sincero, el anuncio debe resonar como una llamada urgente y decisiva. Es el sentido continuo de la así llamada «urgencia» de la predicación de Jesús y de su radicalidad. «Los habitantes de Nínive se levantarán el día del juicio junto con esta generación y la condenarán porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás; y aquí hay uno que es más que Jonás» (Mt 11, 41).

     

    El texto desconcertante de san Pablo nos habla de esa «urgencia», es decir, de la necesidad de revalorizar todo ante el Reino. El Reino impone una verdadera inversión de todos los valores.

     

     

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    Meditación. Muchas personas se preguntan por su papel en la vida y, cuando no se acierta en la respuesta adecuada, se enfrentan a una existencia angustiosa llena de insatisfacciones. Meditando sobre las lecturas de este domingo, encontramos algunas orientaciones que pueden ser muy iluminadoras y prácticas.

     

    Dios no deja de darnos a conocer su voluntad. Puede hacerlo de muchas maneras. Ya Casiano se había fijado en que unas veces lo hace llamando directamente (como le ocurre a Samuel); otras, a través de terceras personas (como les sucede a Juan y Andrés por el testimonio del Bautista); y en algunas ocasiones, da a conocer su voluntad por medio de la necesidad. Todo cristiano está llamado por Dios de una forma singular. Aunque no todas las vocaciones tengan, a los ojos del mundo, igual relevancia, todas, sin embargo, se refieren a Jesucristo y son participación de la suya. Jesucristo es quien cumple, de manera perfecta, la voluntad del Padre.

     

    En el salmo rezamos: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas (…) entonces yo digo: “Aquí estoy – como está escrito en mi libro – para hacer tu voluntad”. Estas palabras en la carta a los Hebreos son aplicadas a Jesucristo. Vemos que la vocación no consiste en hacer cosas, aunque sean excelsas (como pueden ser las ofrendas o sacrificios), sino en cumplir la voluntad de Dios. De hecho, al llamarnos de una manera singular a cada uno y respondiendo nosotros como hicieron Samuel o los primeros apóstoles, lo que alcanzamos es la plena realización de nuestra vida: la felicidad.

     

    Como Dios nos ama a cada uno, también espera que le respondamos con un amor singular. Dice san Bernardo: “Cosa grande es el amor. De todos los movimientos del alma, de los sentimientos, de los afectos, el amor es el único con el que la criatura puede responder a su Creador, si no de igual a igual, al menos de semejante a semejante”. Y añade: “Aunque la criatura ame menos porque es más pequeña, sin embargo puede amar con todo su ser y donde existe el todo no falta nada”.

     

    Por la vocación, Dios nos hace ver el lugar, la misión, desde donde vamos a poder amarle del todo. Por eso, la vocación nunca es contraria al deseo del corazón. Al contrario, saber por dónde hemos de orientar nuestra vida nos conduce a alcanzar la felicidad que anhelamos.

     

    Al seguir las lecturas de hoy descubrimos que tenemos que estar atentos. La vocación viene de una llamada y no de un acto de introspección que puede engañarnos. Más que pensar qué quiero hacer, debo indagar qué quiere Dios de mí. Eso implica apertura en la oración y también a la realidad de la Iglesia y del mundo. Muchos santos reformadores han descubierto su vocación en su amor sincero e intenso a la Iglesia; y muchos santos de la caridad o la educación lo han descubierto mirando las necesidades del mundo desde el corazón de Dios.

     

    Pero lo sustancial es que la vocación consiste en estar con Jesús. Lo vemos en Juan y Andrés que, a la pregunta del Señor: ¿Qué buscáis?, responden: Rabí, ¿dónde vives? Porque a veces juzgamos la alegría de otros cristianos por lo que hacen y olvidamos que la raíz de todo es permanecer con Jesús donde El quiere que estemos. Por eso hay tantos cristianos felices con vocaciones tan diferentes. El secreto es estar con el Señor, que cumple a la perfección la voluntad del Padre, voluntad que junto a El también nosotros somos capaces de cumplir.

     

    Todo comenzó una mañana igual a las otras mañanas, que de improviso se abre al futuro. Los pescadores están en la barca y se aprestan a pescar y los compradores observan su trabajo. Es un día de trabajo y no de fiesta; ninguno tiene tiempo para pensar que existe también un cielo en alguna parte. (Pero ninguno se toma un día de fiesta; ésta sola idea los llena de melancolía).

     

    El orden de las cosas se basa en la definición de lo útil, y dudar de ello significa perder el propio lugar. Nada puede suceder que no sea aquello que es necesario para desempeñar los propios quehaceres.

     

    Y siempre, una mañana como esta, es cuando Jesús decide partir. Y nos invita a ir con él.

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