Miqueas 5,1-4; Sal. 79; Heb 10,5-10; Lc. 1,39-45

Oración opcional.-

Oh! Dios, que has elegido a la humilde hija de Israel para hacerla tu morada, concede a tu iglesia una total adhesión a tu voluntad, a fin de que, imitando la obediencia del Verbo, venido al mundo para servir, exulte con María por tu salvación y se ofrezca a ti en perenne cántico. Por N.S.J.

 

Miqueas 5,1-4.- Renacer.- El rey de Judá, donde se encuentra Belén, no reina ya; ha capitulado  ante la invasión a Siria. Sin embargo, este país aniquilado,  no está abandonado; algunos hombres que no han renunciado a la esperanza, un día lo levantarán; surgirá una mujer….y un rey, esperado como un Pastor, atento, que hará posible la vida. Entonces, con medios diferentes a los poderes y a la fuerza de este mundo, la paz se establecerá. El evangelio se dibuja en el horizonte.

 

Sal. 79.- Este salmo es una lamentación pública ante una grave desgracia: invasión militar. El estribillo señala el tono, «oh! Dios, restáuranos / que brille tu rostro y nos salve», ensanchando cada vez más el nombre divino.

Dos imágenes dominan el tema: el pastor, y la vid. Temas que alcanzarán la plenitud de sentido en Cristo.

 

Con la situación presente de desgracia y colapso generalizado (v. 7), contrasta la historia en la que Dios fue protagonista: la función del recuerdo. Lo que Dios hizo por su pueblo está presente en la memoria y de ahí brota una nueva certeza. Dios no debe interrumpir la obra comenzada. La imagen de la viña es frecuente para representar al pueblo de Dios: salida de Egipto, ocupación de la tierra prometida, expansión de su soberanía bajo David.

 

La palabra de Dios conserva su función acusadora para el pueblo de la nueva alianza: la carta de los Hebreos nos urge escucharla (3,12), ahora adquiere la acusación una urgencia nueva, cuanto más alta es la nueva redención; pero también las invitaciones son más eficaces, porque al «corazón de piedra» ha sucedido «un corazón de carne», y porque las bendiciones prometidas son más íntimas y duraderas. Es el sentido cristiano de este salmo.

 

Heb 10,5-10.- El culto en las calles.- ¿No pertenecemos nosotros, tal vez al viejo sistema? De hecho, con frecuencia, creemos haber cumplido nuestros deberes religiosos solo porque hemos pasado en la iglesia un poco de nuestro tiempo. Le hemos dado a Dios un rato, tal vez distraídos, sin saber la importancia del momento. Cristo ha fundado otro «sistema»: el culto cristiano se cumple en la vida cotidiana. Dar gloria a Dios, significa exclamar, en las acciones cotidianas: «He aquí, que vengo a ser tu voluntad». Entonces, ¿vamos a cerrar las iglesias? No, porque solo la potente voluntad de Cristo puede impedir nuestra actitud mercantilista, a través del don total de sí mismo al Padre, signo y ley de nuestra propia entrega.

 

Lc. 1,39-45.- Pentecostés escondido.- Dos mujeres embarazadas esperan a su niño y están felices. Pero su felicidad va más allá del hecho natural: su espera es también la esperanza de todo un pueblo. Porque tienen fe, les ha sido dado experimentar, ya, los efectos de la presencia de Dios. Esta presencia se manifestará más tarde en Pentecostés, cuando los primeros cristianos saludarán en la alegría el nacimiento de la iglesia y cantarán en todas las lenguas las maravillas de Dios.  Las conversiones, la revolución y los renovamientos, comienzan siempre en lo secreto; antes de aparecer a la luz del día, la vida  – como la fe -, debe madurar en esa alegría escondida.  También Jesús, antes de manifestarse al pueblo, vivió su vida escondida en Nazaret, misterio que inspiró la vida y la espiritualidad de Foucauld.  

 

Un Minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik. sj.

 

Los Padres de la Iglesia vieron en este encuentro entre Isabel y María el reencuentro de los dos Testamentos, un encuentro de cumplimiento. Todo el Antiguo Testamento es una preparación para la acogida de la venida del Hijo de Dios, Salvador de los hombres. Isabel, que lleva en su seno al último de los profetas, expresa en su saludo esa acogida total, esa espera tan fuertemente concentrada en el Mesías. De hecho, Juan el Bautista consumará toda su identidad en una orientación radical hacia Cristo, será el gesto que lo señale. Por otro lado, María que en la noticia del embarazo de Isabel que en la anunciación recibe del ángel ve una especie de signo, en el encuentro con ella acepta con toda humildad la Gracia de la que ha sido revestida. Al contemplar la actitud de estas dos santas mujeres también nosotros entramos en el clima apropiado para la vigilia de Navidad.

 

Contemplando a María en el escenario estupendo de la Anunciación, en el momento del cruce de los testamentos no podemos menos de pensar en la situación de la mujer, en su vocación, en su misión; ser mujer, hoy por hoy, es ya una misión. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que en María, Dios llama a las mujeres, todas,  para conformar un mundo más humano.

 

Este domingo, IV de adviento, mirando a María, me atrevo a formular dos deseos de felicidad:

 

  1. Es para cada mujer que lleva en el seno, el fruto de la vida.

En la imagen de la Virgen encinta – tema tratado por los artistas casi siempre con admirable delicadeza y piedad – nos parece que nos llega hasta nosotros la exhortación de considerar con sumo respeto a cada mujer encinta; a ver en cada parto de mujer un reflejo del parto de María, por medio del cual Él Hombre-Dios ha entrado en la historia, y de la raíz de Jesé ha brotado un retoño mesiánico (Is.11-1); a favorecer cualquier iniciativa destinada a tutelar la vida incipiente, a estar cercano con compasión y misericordia a las mujeres que por distintas circunstancias – injusticia de la sociedad, violencia sufrida, falta de fe, cultura – se sienten tentadas a adoptar soluciones de muerte frente al fruto que llevan en su seno.

 

  1. El segundo deseo es para la iglesia entera, seno de Dios.

Con el salmista quisiéramos decir, pero en versión cristiana: “El señor dará la dicha, y nuestra tierra dará el fruto” (Salmo 85-13). Sí, con la encarnación “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres” (Tito. 2-11) nuestra tierra, a través del seno de María, se ha convertido en el seno de Dios, del Emmanuel – Dios con nosotros – (Mt.1-23; 28-20). “Y si Dios esta con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros? (Romanos 8-31). Con esta serena confianza, preparémonos a vivir el milenio que hemos iniciado. ¡Que tu iglesia Señor, lejos de ser tu tumba, pueda brillar cada día más como tu seno fecundo de bendición para todas las familias!

 

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Este domingo debemos pensar seriamente en el dato fundamental de nuestra fe: el cristianismo es la única religión de un Dios encarnado. Esta sola enunciación ha de despertar en nosotros múltiples ecos. Simplemente, bajo este dato leamos la 2ª lectura de este domingo: tú no quisiste sacrificios ni ofrendas / en cambio, me has dado un cuerpo…. Pues bien, este cuerpo que se ofrecerá en la cruz por nuestros pecados, tiene su origen en el misterio inefable de la encarnación. La encarnación es el perno de toda nuestra fe. El cuerpo que Jesús ofrecerá en cruz, lo ha tomado de María, tierra virgen.

La Liturgia, nos ofrece, esta magnífica oportunidad de catequesis, de oración, de celebración. J.P. II afirmaba lo siguiente: En la liturgia, en efecto, la iglesia saluda a María de Nazareth como su exordio ya que en la concepción Inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente unidos a Cristo y a María: al que es su Señor y Cabeza y a la que pronunciando el primer Fiat de la nueva alianza, prefigura su condición de esposa y madre. (R.M.1)

 

Tal es la densidad del misterio que contemplamos en la Liturgia de este domingo. Se trata del misterio inefable de la Encarnación. El cristianismo es la única religión de un Dios encarnado. Celebramos ese pleroma del tiempo del que habla Pablo en Gálatas 4,4ss.: “Al llegar la plenitud del tiempo envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley…para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre! María, pues, está en el momento que se caracteriza por estas tres cosas: el amor del Padre, la misión del Hijo, el Don del Espíritu, la Mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación divina en el misterio de la «plenitud del tiempo». María está en el cruce de los Testamentos.

 

María, tierra virgen.

María es tierra húmeda, fértil, preparada, dispuesta para recibir la semilla. Una de las imágenes literarias más antiguas, que se remontan a las mismas primitivas comunidades de Jerusalén, habla de María como la tierra virgen.

 

En una célebre homilía, el entonces Cardenal Ratzinger, comentaba el pasaje de Is. 55,10-11: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que de semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. María es esa tierra que recibe la humedad bienhechora del cielo en donde la Palabra de Dios habrá de tomar forma y tornarse en principio vital para el hombre.

 

En cierta parte de su homilía afirma el entonces Cardenal Ratzinger: La maternidad de María significa que aporta su propia sustancia, su cuerpo y su alma, en la semilla para que pueda formarse nueva vida. La imagen de su espada que atraviesa su alma, (Lc.2,35) denuncia mucho más que cualquier martirio, un misterio más grande y profundo: María se entrega completamente como tierra en manos de Dios, se deja usar y consumir para convertirse en aquél que ha necesitado de nosotros para ser fruto de la tierra. En la actual oración de la iglesia se habla de que debemos ser deseo de Dios. Los Padres de la Iglesia opinan que orar no es otra cosa que convertirse en ansia de Dios. En María estas plegarias han sido escuchadas: en cierto modo ella es la corteza abierta del anhelo, en la cual la vida será oración, y la oración vida. San Juan insinúa este proceso maravillosamente, cuando en su evangelio nunca llama a María por su nombre. Solamente es llamada la Madre de Jesús. Igualmente, podría decirse, cedió lo personal para estar solamente disponible para él, y justamente por eso llego a ser persona.

 

Activismo y contemplación.

Este párrafo del Cardenal Ratzinger es genial: “Opino que esta conexión entre el misterio de Cristo y el de María que nos hacen entender las lecturas de Isaías y Mateo, es muy importante en nuestro tiempo de actividad, en el que la mentalidad occidental ha llegado al extremo. Porque en el actual mundo de la mente prevalece la norma masculina: el hacer, el vender, la actividad que pretende planificar y proteger el mundo, pero que sólo apuesta por el propio poder.

 

Creo que no es coincidencia el que nuestra mentalidad occidental haya separado cada vez más a Cristo de su Madre, sin comprender que María, como Madre, tiene un significado teológico y de fe. Nuestra relación con la Iglesia adolece también de esta mentalidad. Tratamos a la Iglesia como un producto técnico, que podemos planificar con una increíble perspicacia y que nos proporciona un derroche de energías; y nos extrañamos, si ocurre lo que san Luis María Grignon de Montfort ya indicó sobre unas palabras del profeta Ageo: «Sembrasteis mucho y cosechasteis poco». (1,7). Cuando el hacer  se convierte en algo fundamental, no pueden subsistir las cosas que no se pueden hacer, aunque estén verdaderamente vivas y quieran madurar.

 

Debemos librarnos de nuestra parcialidad occidental de perspectivas activistas, para no hacer degenerar a la Iglesia en el mero resultado de nuestro planear y hacer. La iglesia no es un producto fabricado, sino la semilla de Dios, que quiere crecer y madurar. Por eso necesita la iglesia el misterio mariano y por eso ella misma es misterio de María. Solamente puede ser fértil, si se pone bajo este signo, si se vuelve tierra santa para la palabra de Dios. Tenemos que aprender a acoger el signo de la tierra fecunda, debemos convertirnos en hombres que esperan, vuelto hacia lo interior, en la profundidad de la oración, el deseo y la fe, dejen en ellos un espacio para el crecimiento…..”

 

Quiero terminar con un bello ejemplo, una especie de metáfora prolongada; se trata de una carta pastoral de los Obispos de Suiza     ( 16.09. 1973): «La redención…es el don del Hijo al mundo, mediante la encarnación y la muerte de cruz. Pero no es suficiente, para que exista un verdadero don que alguien tenga la bondad de hacerlo; es necesario también que alguien tenga la confianza de aceptarlo. Sin duda el Padre que da al Hijo, el Hijo que obedece, el Espíritu que derrama este don, los tres son infinitos, y la pobre Virgen que lo recibe es una humilde criatura, como una nada ante la Divinidad. Pero sin esta pobre nada, sin la fe de María, el amor de Dios hacia los hombres no se habría convertido en el don que se manifestó en Cristo Jesús.  He ahí la razón de por qué la Virgen con su «sí» se desposa realmente con el amor que Dios quiere manifestar a los hombres y permite que este amor se manifieste. Así ella es, para nosotros, la  Madre  de todo humano consentimiento.  Su función en la historia de la salvación es única e indispensable».

 

Al año siguiente, el 2 de febrero, Pablo VI escribía en la M.C.21 que «el “sí” de María es para todos los creyentes lección y ejemplo para ser de la obediencia a la voluntad del Padre el camino y el medio de la propia santificación».

 

El Papa Juan Pablo II nos exhortaba de la siguiente manera: “Pidamos a la Virgen que haga siempre iluminado y generoso el fiat de nuestro bautismo, y que la renovemos en los compromisos cotidianos de nuestro testimonio de fe. Así viviremos dignamente nuestra alianza con el Señor en nuestra iglesia, corazón del mundo.