“No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud”. En efecto, en aquel tiempo el Señor ejerció todo su poder para que en su persona se cumplieran todos los misterios que la ley anunciaba refiriéndose a Él. Porque en su Pasión llevó a término todas las profecías. Cuando, según la profecía del bienaventurado David, se le ofreció una esponja empapada en vinagre para calmar su sed, la aceptó diciendo: “Todo se ha cumplido”. Después, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Jesús no sólo realizó personalmente lo que había dicho, sino que llegó a confiarnos sus mandatos para que los practicáramos. Aunque los antiguos no habían podido observar los mandamientos más elementales de la ley, a nosotros nos prescribió guardar los más difíciles en virtud de la gracia y del poder que viene de la Cruz.

 

EPIFANIO DE BÉNÉVENT (MAGNÍFICAT, Marzo de 2011)

Obispo (siglos V-VI)