Los musulmanes viven sometidos a Alá, su dios, por imposición u obligación. Ellos no pueden hurgar en su corazón para ver si libremente deciden amar a Dios. Tienen que someterse y no tienen derecho a convertirse a otra religión, a menos que quieran ser perseguidos a muerte. De esa manera viven una religión de esclavos. El cristianismo, en cambio, es la religión de los hijos de Dios. San Pablo enseñará que el Señor quiere hijos y no esclavos. A nadie se le puede obligar a aceptar a Jesucristo, porque esa aceptación es un acto de la voluntad, un acto de fe, esperanza y amor. Los cristianos no pueden obligar a nadie a que se convierta, del mismo modo que no pueden obligar a nadie a amar.