SOLEMNIDAD DE CRISTO REY. B

Dan. 7,13-14; Sal.92; Ap.1,5-8; Jn.18,33-37.

 

 

Oración opcional.

Oh! Dios, fuente de toda paternidad que nos has enviado a tu Hijo para hacernos partícipes de su Sacerdocio real, ilumina nuestro espíritu, para que comprendamos que servir es reinar, y que dando la vida por los hermanos confesamos nuestra fidelidad al Cristo, Primogénito de entre los muertos y Señor de todos los poderosos de la tierra. Por N.S.J.

 

Dan. 7,13-14.- ¿Qué dicen del Hijo del Hombre? – «Hijo del hombre»- Es un término polivalente. Puede ser el pueblo de Israel, pero también uno que está por encima de la condición humana. Jesús se aplicará a sí mismo este nombre, precisamente porque es tan rico. Rechazará dejarse encerrar en una definición demasiado rígida (política), por ejemplo de su misión. Además, esta profecía ha sido proclamada en un tiempo de persecución (bajo Antíoco Epífanes). Daniel atestigua que el pueblo humillado tiene en los cielos un aliado glorioso, Jesucristo, hombre en plenitud, presente en todas partes, siempre al alcance de la mano; pero aun así, sobre humano, jamás aferrable siempre más allá de nuestra capacidad de percepción.

 

Sal.92.- Himno al Señor, Rey cósmico y Dios de Israel. El misal nos presenta los vv. 1c-2.5, o sea, una expresión mínima, de por sí el salmo es corto.

Se abre con la aclamación al rey: “El Señor reina”, se trata de una profesión de fe, pero también de confianza; las turbulencias de la historia y las tribulaciones de la vida no deben oscurecer tal certeza. “El Señor vestido y ceñido de poder” es un alargamiento de la confesión primera. Por ello, “el orbe está firme y no vacila”. El reinado de Dios es lo que da seguridad al cosmos y a la historia; algo así cantaremos en el hermoso prefacio de esta misa.

Los vv. 3-4 revisten imágenes poéticas de ascendencia mítica. El océano primordial es la fuerza cósmica que se opone al orden establecido por Dios. En la versión israelita no hay lucha ni esfuerzo: Dios domina con calma, sencillamente.

En el v. 5, vemos el orden celeste, establecido por Dios, que responde al nuevo orden histórico: la alianza con sus mandatos que ordenan la vida humana con una fuerza divina. Al trono Celeste responde en la tierra el templo que Dios ha escogido para habitar:

 

 

Tus mandatos son fieles y seguros,

La santidad es el adorno de tu casa,

Señor, por días sin término.

 

(Me pregunto: ¿por qué el texto reportado por el misal no asume el texto que leemos en la liturgia de las horas, mejor elaborado, en perfecto castellano, más inteligible?)

 

Ap.1,5-8.- El primogénito de la hueva humanidad.- En el Apocalipsis, Juan quiere revelar a los cristianos perseguidos y oprimidos el sentido de su existencia dramática. Un hombre, Jesús, que representa a todos los hombres, ha pasado por las pruebas que la actualidad cotidiana nos hace vivir con tanta frecuencia. Él es el primogénito de una humanidad que renacerá más allá de la muerte. Él actúa desde ahora en nuestra vida, indicando a todos los hombres su verdadero destino: llegar a ser sacerdotes del mundo como él y amigos de Dios.

 

Jn.18,33-37.- Inauguración del Reino.- En el relato de la pasión, Juan pone continuamente la pregunta que encontramos en todo su evangelio: ¿quién es Jesús? Aquí la respuesta es la siguiente: Jesús es el Rey del universo. Preocupado por revelar todos los indicios de la divinidad de Cristo, Juan elige este título como símbolo del poder de Cristo sobre todo y sobre todos. Con su muerte ha llegado la hora de la verdad que es como el trono de su reino: la humanidad puede acceder a la comunión con Dios. La muerte de Jesús no es un final; al contrario, inaugura un reino que no tendrá fin.

 

Meditación.

«Mi reino no es de este mundo». No os dejéis atrapar por el absurdo temor de Herodes que, ante la noticia del nacimiento de Cristo, para golpearlo a él, asesinó a muchos niños, cruel más por el miedo que por el coraje. «Mi reino – dice el Señor -, no es de este mundo». ¿Qué más queréis? Venid al reino que no es de este mundo; venid por medio de la fe, y no queráis ser crueles por el miedo…¿cuál es pues su reino, sino aquellos que creen en él, a propósito de los cuales dice: ellos no son del mundo como yo no soy del mundo? Sin embargo, él quería que permaneciesen en el mundo. Por eso pide al Padre: «No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del maligno». He aquí por qué él no dice: mi reino no está «en este mundo», sino que dice: mi reino no es «de este mundo». (S. Agustín. Com. In Joh.) (ver la homilía de Orígenes que presenta la Liturgia de las Horas).

 

El Oficio de Lectura de este tiempo, igual que la liturgia de la Palabra en la eucaristía, nos pone ante el carácter escatológico de la historia. Es decisivo leerlos atentamente y meditarlos. Debemos leer atentamente la homilía de Orígenes, reportada en el Oficio de Lectura para esta solemnidad. Sit orator antequam dictor. (S. Aug. De doc.chris).

 

+++++

1.- “Yo soy el Alfa la Omega, … el que es, el que era y el que ha de venir, el Pantokrátor”.

 

Tal es el fin y sentido de la historia, tal su carácter escatológico. Con estas palabras, el Ap., expresa el sentido final de historia, sentido que se realiza en el Cristo Glorioso y Todopoderoso. Esto queda patente en la configuración del Año Litúrgico. El camino inmenso que nos hacer recorrer el Año Litúrgico va del proyecto eterno de amor de Dios y de la Encarnación de Cristo hasta su venida gloriosa con la multitud innumerable de los elegidos. Sobre ese horizonte se proyecta nuestra vida y nuestra acción. El valor salvífico y pedagógico de la Liturgia, es inmenso.

 

El ciclo o año litúrgico está rimado por tiempos de “preparación-espera” y epifanías del Señor. El ciclo abierto por la efusión del Espíritu sobre la comunidad apostólica propiamente no se cierra, permanece abierto hacia el futuro. El año litúrgico termina en la espera de la gran epifanía del Señor cuando vuelva con gloria al fin de los tiempos (Mt.24,15-30 par.). «Entonces se habrá consumado el misterio (=proyecto) de Dios » (Ap. 10,7). Esta última parte de año litúrgico tiende hacia la epifanía de glorificación.

 

Esta suprema epifanía del Señor se prepara desde ahora en la Iglesia. S. Pablo nos muestra el cuerpo de Cristo «realizando el crecimiento del cuerpo por su edificación en el amor» (Ef. 4,16). S Juan, a su vez, en el Ap., habla del vestido de la esposa tejido con vistas a las bodas del cordero: «la esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura». Y precisa Juan: «el lino son la buenas acciones de los santos» (Ap. 19,7-9). Crecimiento del cuerpo en la caridad en vistas al «hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef. 4,13), preparación del vestido de las bodas, tal es el contenido del tiempo de la Iglesia. Oportunidad y gracia. A través de los siglos, ella avanza y trabaja, fija la mirada en su Señor, del que, sea cual sea el tiempo de su historia, sabe que «pronto vendrá» (Ap. 22,20).

 

3.- «el Testigo fidedigno»

Oigamos Ugo Vanni, inolvidable maestro. Es bueno leer desde el v. 4. Gracia y Paz a vosotros. Se trata de la benevolencia de Dios, que, fuente de todo bien, nos da el bien supremo; el mismo Cristo que, comprendido, aceptado y amado, se convierte en nuestra paz.

 

v.5.- Jesús es el «testigo fidedigno», aquel que en su vida y en sus palabras expresa perfectamente todo lo que Dios nos quiere revelar y dar de sí mismo:

– Jesús es el «primero en nacer de la muerte»: se asoció a nuestra muerte, participando de todo su carácter dramático, para comunicarnos su vida de Hijo, haciéndose así el primogénito de muchos hermanos:

-Jesús es también el «soberano de los reyes de la tierra»: la frase «reyes de la tierra» indica en el lenguaje típico del Apocalipsis aquellos centros de poder moralmente negativos y corrompidos que de hecho condicionan y son un peso para nuestra historia; Jesús es capaz de vencer también ese tipo de mal, el mal social y político, y lo hace con nosotros y unido a nosotros.

 

  1. 6.- La asamblea litúrgica profundiza en estos puntos que el lector le ha indicado. Tras una pausa de silencio reflexivo, reacciona con un sentimiento de gratitud: «Al que nos ama y con su sangre nos rescató de nuestros pecados, al que hizo de nosotros linaje real y sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos, amén».

 

Es una celebración impregnada de muestras de agradecimiento por las maravillas que ha hecho Cristo y que sigue todavía haciendo a favor de su iglesia: él «nos ama», en un presente continuado, sin fallar nunca aunque fallemos nosotros; «nos rescató de nuestros pecados»: lo hizo con el bautismo y lo sigue haciendo en la liturgia de la iglesia. Y los pecados – de todo tipo – se ven aquí como ataduras, como trabas que nos impiden realizar nuestra misión.

 

¿Qué misión? La asamblea sabe que Jesús ha hecho de todos «un linaje real», un reino en sentido activo; se tratará de combatir el mal con el bien, como Jesús y junto con él, para hacer que reine el bien. La «potestad real» va unida con el sacerdocio de todos: toda nuestra vida, comprometida en hacer que triunfe el bien sobre mal, en nosotros mismos y en los demás, se convierte en un culto dirigido a Dios, que se desarrolla sin solución de continuidad, en una mediación sacerdotal de salvación entre los hombres y Dios. Dios es Padre: ama a los hombres y les quiere ayudar.

 

La asamblea, después de reflexionar sobre sus características de linaje real y de pueblo sacerdotal, vuelve de nuevo a la alabanza de Cristo: todo se le debe a él, todo se hace con él, todo volverá a él; la fuerza que se irá manifestando a lo largo de toda la historia de la salvación revelará al final toda su gloria.

 

v.7.- La revelación final de la gloria de Jesús destruirá todo lo que haya habido de mal, se impondrá a todos los que a lo largo de la historia lo hayan ignorado, combatido, prolongando de este modo su crucifixión. El lector le dice a la asamblea: «Mirad, viene entre las nubes; todos lo verán con sus ojos, también aquellos que lo traspasaron, y plañirán por él todas las razas de la tierra».

 

La asamblea se siente impresionada por esta declaración solemne que tiene toda la forma de un oráculo del Antiguo Testamento. La medita y profundiza en su sentido; ¡cuánto mal hay en la tierra, cuántos ignoran a Cristo, cuántos blasfeman contra él, cuántos lo siguen crucificando en sus hermanos!

 

Este equilibrio perturbado tendrá que quedar establecido algún día; la asamblea da su total aprobación al oráculo profético y añade su súplica para que esto se realice plenamente. Responde, también aquí, después de unos momentos de reflexión: «Así es. Amén».

 

v.8.- En este punto, el diálogo litúrgico alcanza su cumbre y llega a su conclusión. El lector vuelve a tomar la palabra y habla directamente en nombre de Dios, que interviene así personalmente en el diálogo. Y su mensaje nos tranquiliza: Dios está al comienzo y al final de esa serie homogénea en su desarrollo que es la historia de la salvación, es como el alfa y la omega del alfabeto y nosotros somos sus letras intermedias: ¡Dios está metido en nuestros problemas! Lo está ahora, lo ha estado en el pasado y nos lo ha demostrado con todas las gracias que nos ha concedido en nuestra historia personal y que son uno de nosotros más hermosos secretos. Y seguirá estando con nosotros en el futuro, hasta el final: vendrá de verdad, sabrá mantener lo que ha prometido, incluso más allá y por encima de todos nuestros deseos, venciendo todo cuanto se le oponga ya que es omnipotente: «Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios, el que es y era y ha de venir, el soberano de todo»

 

4.- «El testigo de la Verdad». Jn. 18.33-38.

Por primera vez Jesús se encuentra frente al poder político; luego de un escarceo con los judíos, Pilato entra al Pretorio para el interrogatorio. Frente a frente, Jesús, el Rey de los judíos y Pilato el Procurador Romano. Sin perder tiempo, Pilato va al grano «eres tú el rey de los judíos?» en boca de Pilato, esta pregunta se hace evidentemente desde el punto de vista del poder, si bien ya le había sido sugerida por los judíos. Para el Procurador romano el interés es solamente político. Para el Sumo Sacerdote, el problema versaba sobre la doctrina y discípulos de Jesús. El acusado no responde directamente a la pregunta de Pilato, sino que le hace él, a su vez, otra pregunta: «dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí». En otras palabras, ¿para ti, funcionario romano, «rey de los judíos» significa la misma cosa que para los judíos? Tal sería lo que Jesús le pregunta a Pilato. De improviso, el que interroga es Jesús. En el contexto de esta escena el título «rey de los judíos» puede tener tres significados.

 

Para Pilato, representante del emperador romano, es obvio que este título tiene un contenido exclusivamente político, que ocasionalmente puede ser muy peligroso. De hecho es la última carta que jugarán los judíos en contra de Jesús. Cuando Pilato les dice: ¿he de crucificar al Rey de los judíos?, ellos le responden: «nosotros no tenemos más rey que el César» (19,15) Desde el punto de vista político, Pilato tiene que estar en guardia.

 

Para los judíos, el título, rey de los judíos, significa otra cosa muy distinta. Él es el Rey Mesías esperado desde el tiempo de David en el tiempo final de la salvación, revestido de una misión tanto religiosa como político-nacional. Rey tiene un significado terreno e histórico, pero con un gran contenido teológico. A lo largo de la historia de Israel este título abarca ambos significados.

 

En labios de Jesús, – y por lo tanto también en el evangelio de Juan, que otorga una importancia excepcional al tema de la realeza de Cristo -, el título «Rey de los judíos» adquiere un tercero y nuevo significado.

 

La pregunta de Pilato pone a Jesús ante la ambigüedad; Jesús tiene que rechazar decididamente la interpretación de Pilato e igualmente a la interpretación religiosa y nacionalista de los judíos. Es sabido que Jesús rechazó enérgicamente cualquier implicación de tipo político. En el milagro de la multiplicación de los panes, según el relato de Juan, sabiendo que iban a apoderarse de él para proclamarlo rey, se escapa de la multitud y huye a la soledad.

 

Pilato se molesta con la contrapregunta de Jesús; con un claro signo de impaciencia le dice: «¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí, ¿qué has hecho?», se respira impaciencia y mal humor. El Procurador exige respuestas claras. Pero la respuesta de Jesús es todavía más enigmática: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos; pero mi reino no viene de aquí, abajo». Esto no parece importarle al Procurador, e insiste: «¿Tú eres rey? De nuevo, la respuesta de Jesús se torna más misteriosa: «Tú dices que yo soy rey». Esta fórmula ha sido estudiada exhaustivamente a lo largo de los siglos. Jesús ni niega ni confirma, pero al mismo tiempo añade algo que será desesperante y rebasará ampliamente al Procurador: «Yo soy rey, en efecto, pero no como lo entiendes tú, Pilato». Jesús acepta el título pero lo interpreta de una manera completamente diversa. La frase que sigue da el vuelco total al significado del intercambio entre ellos y define lo que Jesús entiende cuando habla de que él es rey: «Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Quien es de la verdad escucha mi voz» Y Pilato responde: ¿Qué cosa es la verdad? El eje de interés ha cambiado absolutamente; ahora entra en juego una nueva realidad, el tema de la verdad. Ahora la discusión, el asunto vital, es en torno a la verdad.

 

Pilato ampliamente rebasado se sale por la vía falsa, el escepticismo, indiferencia, el desprecio, el cinismo; la filosofía no le interesa y la profundidad teológica de las palabras de Jesús se le escapa absolutamente.

 

Entonces Jesús es rey en cuanto es el testigo de la verdad. Pero, ¿de qué verdad se trata? ¿Qué relación hay entre la verdad y la realeza de Cristo? Digámoslo inmediatamente; aquí la palabra verdad nada tiene que ver con la verdad tal como la usamos en la filosofía o en el mundo de la ciencias empíricas. Aquí no encontramos nada relacionado con Platón o los platónicos. Juan tiene una visión diversa. La palabra verdad tiene que ser entendida en el sentido bíblico. Y en este sentido, verdad significa la manifestación de Dios, su revelación.

 

En el prólogo de Jn. dos veces se habla del Verbo encarnado como «lleno de gracia y de verdad» (1,14-17) Aquí se trata de una figura estilística, (endiade= cuando con dos palabras se dice una sola cosa) que bien podría ser traducida por: «lleno de la gracia de la verdad». En la óptica de Jn., no hay más que un único don otorgado a los hombres por el Verbo encarnado: la gracia de la verdad. Esta verdad es la revelación definitiva de Dios a los hombres por medio de su Hijo y en su Hijo. El hombre Jesús es la revelación total y manifiesta lo que él es en su propio ser, Hijo del Padre. En este orden de ideas, los últimos versitos del prólogo, (1,17-18) son de capital importancia y contienen la clave de todo el evangelio de Juan.: «La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia de la verdad nos ha venido en Jesús Cristo». Lo que significa: “la gracia de la verdad” se explica en el versito siguiente (18): «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito que es Dios y está al lado del Padre, es quien nos lo ha interpretado (exegezetai)». Así pues, el misterio de Dios nos ha sido revelado por el hombre Jesús.

 

El don de la verdad es el Hijo unigénito que, en cuanto hombre, ha revelado al Padre. «El que me ve a mí, ve al Padre» (14,19); es este el compendio de toda la revelación cristiana. En pocas palabras la revelación de la paternidad de Dios por medio de la filiación de Jesús, y de la posibilidad que los hombres lleguen a ser en el Hijo, hijos de Dios. Todo lo demás se deriva de aquí. En este sentido Jesús es Rey. Jesús es el testigo de la verdad.