“Yo, te acepto a ti como mi esposa, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”. Son palabras que escuchamos en cada boda que celebramos. Muchas parejas que celebran sus nupcias no se detienen a considerar la trascendencia de esas pequeñas frases que se dicen uno frente al otro, quizá más preocupadas por los invitados, los vestidos, la música y todo lo que relumbra socialmente en la celebración del matrimonio.

Cuando una persona consiente en casarse con otra, se está entregando a su esposo o esposa para conformar con ella una nueva realidad afectiva y jurídica. Serán un hogar con deberes y derechos. Esas palabras del consentimiento son grandiosas porque expresan la voluntad de los esposos, no tanto de aportar dinero para los gastos o llevar a los niños a la escuela o hacer de comer, sino de “darse” a la otra persona como cónyuge para fundar una familia. Se trata de una entrega radical que afecta la personalidad completa. Por eso atreverse a pronunciarlas ante el cónyuge y frente al altar, es un enorme signo de madurez personal con el que la persona se juega su vida.

Decir “Yo te acepto” frente al altar debe hacer temblar a cualquiera. Ahí está implicada la donación total de la persona a lo largo del tiempo. Proclamar el consentimiento con toda libertad y sin presiones, exige que la persona no ponga condiciones. Si uno de los dos llegara al altar exigiendo requisitos –“me caso contigo mientras lleves tanto ingreso a la casa”, “soy tu esposo mientras me planches bien la ropa”– sería condicionar la entrega y no sería un verdadero matrimonio.

Decir “me entrego totalmente a ti” significa entregarse en el presente y en el futuro, por lo que esa donación terminará solamente cuando una de las dos personas unidas en el matrimonio deje de existir. La entrega no sólo los afecta en su manera de actuar, en su conducta, sino en su misma forma de ser. Todo el ser está implicado. Las personas se dan o no se dan. Si se dan, este hecho marca –para bien o para mal– toda la personalidad en el porvenir.

Esta es la naturaleza del consentimiento matrimonial. ¿Pero qué tenemos ahora? La banalización del consentimiento. Pocos lo toman en serio, por la sencilla razón de que el divorcio es parte de la mentalidad de la sociedad. Cuando entraron las leyes del divorcio, los legisladores cometieron un gravísimo error de funestas consecuencias. Se violentó, con ello, la naturaleza misma del matrimonio. La ley dejó de respetar la base natural del matrimonio y abrió las posibilidades de que todo ocurriera.

Muchos hoy afirman que es prácticamente imposible permanecer en el matrimonio para toda la vida. De hecho estamos viendo que un gran número de parejas que se casan terminan separándose y divorciándose civilmente. El divorcio se ve en nuestra sociedad como una conquista. Sin embargo si investigamos el grado de bienestar y felicidad social que gozan las sociedades que lo han admitido, nos damos cuenta de que una vez aceptado el divorcio, esté aumenta constantemente. La conclusión es obvia: a mayor índice de divorcios hay más heridas emocionales en las personas y, por tanto, una mayor infelicidad y falta de bienestar social. La sociología y la pastoral del matrimonio demuestran que el divorcio es la peor solución para un matrimonio en conflicto.

Una vez admitido el divorcio, el matrimonio deja de ser una institución natural para convertirse en un bien de consumo. Si la relación no satisface a uno de los cónyuges, éstos se pueden divorciar porque ya no satisface más las expectativas que tenían los esposos cuando se casaron. “Se nos acabó el amor”, suelen decir muchas parejas que se separan. Pero además, una vez despojado el matrimonio de su naturaleza, se convierte en un contenedor que se puede llenar con cualquier concepto de matrimonio que se quiera. La permisión del divorcio fue el inicio de una cadena cuyo último eslabón son los matrimonios gay. El matrimonio dejó de visto como lo que ‘es’ para convertirse en ‘lo que queremos que sea’, un simple artículo a la venta en el mercado, al gusto del consumidor. De esa manera decir en ámbito civil “Yo te acepto como mi esposa” es, en la actualidad, sólo un juego de palabras que carecen de sentido.

Mientras el mundo ha optado por el divorcio y por dar al matrimonio significados arbitrarios, los católicos, no podemos pactar con esta mentalidad que Jesús rechazó. Hemos de preservar el matrimonio natural, no sólo para permanecer fieles a Dios sino para ofrecer al mundo mayor felicidad personal y colectiva.