Un Juárez desconocido.

O bien, el Juárez ignorado, o el Juárez soterrado; aquel que, ni siquiera, nosotros sabíamos de él. El Juárez estigmatizado, símbolo y asiento de la miseria humana, emerge de lo profundo del silencio y muestra sus posibilidades. Pero tenemos que comprender muy bien que la ciudad son los ciudadanos, que los tiempos no son malos, que si cambiamos nosotros, los habitantes de la ciudad, cambia la ciudad y cambian los tiempos. La visita papal nos ha hecho ver las posibilidades nuestras.
Los medios preguntaban con inquietud: ¿La ciudad es segura? ¿Van a estar terminadas las estructuras para recibir al papa? No vemos nada y estamos a unas semanas del evento. Las preguntas eran inquietantes y hube de responder a un medio internacional que acentuaba el dato: “todo va a estar listo, si usted quiere, al estilo mexicano, pero todo va a estar listo”, mientras yo mismo miraba con inquietud el panorama.
Amén de los mensajes papales contundentes, están los símbolos de ese día. Imposible no concluir que Dios no ha abandonado a su pueblo, que le marca el camino, que va junto con él en este éxodo gigantesco y doloroso, que lo invita al esfuerzo y a la fidelidad. No fue una marcha triunfal, no se trata de la gira de un divo(a), sino la presencia de un peregrino, de alguien que avanza al lado nuestro lidiando, como Moisés, con un pueblo de dura cerviz. «Cuando me presentaban, a lo largo del recorrido, a los niños pequeños para que los abrazara, sentí ganas de llorar. Ellos son el futuro de Juárez. Cuiden ese futuro», dijo fuera de texto. Ese futuro no puede ir a parar a las cárceles, tenemos que luchar para que no sea así.
A las cuatro de la mañana ya estaba yo, en el aeropuerto. Fría mañana, acurrucado bajo las frías estructuras metálicas de un set televisivo. Todo lucía fantasmal; con las luces artificiales se iluminaban las enormes estructuras metálicas en forma de gradería, grises, frías, vacías. Los técnicos, con precisión de autómatas, preparaban todo para la transmisión. Pero todo estaba vacío, no se veía movimiento alguno. Aquella oquedad me inquietaba: ¿cuándo y quiénes van a llenar estos vastos espacios?
Lentamente, el sol comenzó a perfilar y colorear los escenarios. Aparte de policías y trabajadores, todo estaba en parálisis. Con la luz aparecían más grandes aquellas estructuras mágicamente levantadas. Poco a poco comenzó el arribo. Aparecían los primeros jóvenes y niños con sus instrumentos musicales; iban a ser el alma de aquel encuentro. Comenzaron a aparecer los primeros monaguillos, desvelados y friolentos, con sus sotanas rojas y el sobrepelliz blanco; simulaban avecillas despertadas antes de tiempo, hermosas en sus colores como celosías del amanecer. Más niños continuaban llegando, las orquestas infantiles y juveniles ya comenzaban a afinar. Como un milagro multicolor y ruidoso, de pronto, todas aquellas estructuras vacías estaban llenas de color, de vida y esperanza. Una de las graderías estaba repleta de monaguillos alegres, inquietos, juguetones. Todo estaba lleno, todo estaba listo. Y dirigidos por las orquestas, comenzaron a ensayar los cantos. Oír “el corrido de Chihuahua” entonado por miles de niños, acompañados por las orquestas, es uno de los espectáculos más hermosos que he visto. Un milagro patente. Era el comienzo. ¿Cómo, cuándo, dónde, alguien podía aglutinar estas voluntades, de suyo dispersas? El señor López Dóriga me preguntó admirado: ¿De dónde sacaron tantos monaguillos? Y no son todos, le respondí. En los demás frentes se trabajaba con el mismo ímpetu. Miles de jóvenes se alistaban como servidores en el Punto. La valla humana estaba ya en su puesto. Fue una movilización general. Un Juárez que no conocíamos.
La visita papal, pues, nos conducía a un redescubrimiento de nosotros mismos. La coordinación y la unidad en torno a un propósito, nos llevó al milagro de ese día. En todos los escenarios se dejó ver la organización. Las autoridades de los distintos niveles, los sacerdotes, el pueblo, todo se movió alrededor de este propósito. No es fácilmente explicable la presencia de una valla humana de cerca de cien mil personas. ¿Dónde estaba y dónde está ahora, esa fuerza? Todos estamos sorprendidos y cada quien ha de ver las cosas desde su propio campo, pero preguntándose con sinceridad, sobre lo que sigue. Estoy seguro que ni la misma iglesia sabía de esa reserva. O bien, no se había tenido la oportunidad de sacarla a la calle.
Ese día, tal como lo había platicado con los medios, el mundo contempló nuestra ciudad, vio un Juárez desconocido, ignorado, un Juárez del que nadie les había hablado antes, que no experimentó desabasto alguno, donde se vieron familias sacando mesas a las calles para dar de comer y beber a los peregrinos, orden y disciplina, (hasta donde los mexicanos somos ontológicamente capaces de ello), ‘sin novedad’, diría un parte militar, o ‘saldo blanco’, la policía. Seguridad, la gran pregunta internacional estaba respondida. El Juárez que no sabíamos que existía, ni nosotros.
Pero la visita papal no fue una marcha triunfal, no hay triunfalismos, y lo que ha quedado claro, aquello que brota, incluso, del hecho mismo, es la necesidad del compromiso. Ahora surge una pregunta todavía más inquietante: ¿qué sigue? ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Todo habrá de quedar en la simple emotividad fugaz del momento? ¿Todo va a terminar en un anecdotario? ¿Qué tan cercas estuve? ¿Desde dónde lo vi? ¿Simple turismo religioso, curiosidad?, y cosas de ese jaez. En realidad, se trata de algo más profundo, luego de los hechos altamente simbólicos, están los mensajes que el papa ha pronunciado en nuestra ciudad y que son como las variaciones de un mismo tema. Sobre esos hechos, esa vivencia, sobre esos mensajes, habremos de ocuparnos permanentemente y trazar desde ahí nuestras opciones operativas. Se trata de la memoria. Lo que hemos vivido tiene que convertirse en memoria, en constante interpelación, en norma de acción. Si olvidamos y nos hundimos de nuevo en la indiferencia, en los egoísmos, en los fundamentalismos; si olvidamos, pues, estaremos perdidos. El mandato divino es: recuerda; no olvides.
Y lo primero que tenemos que evitar, como una tentación diabólica, es el gusto de colgarnos medallas. Todo ha sido gracia y regalo de Dios. No nos queda más que el agradecimiento a su misericordia y la decidida intención de retomar la brega de cada día bajo un nuevo espìritu.
Las palabras finales del papa iluminan la larga y penosa noche de nuestro Juárez, de nuestro México. Helas aquí:
«Amigos todos:
Es el momento de dar gracias a Nuestro Señor por haberme permitido esta visita a México, que siempre sorprende, ¡México es una sorpresa!
No quisiera irme sin agradecer el esfuerzo de quienes han hecho posible esta peregrinación. Agradezco a todas las autoridades federales y locales, el interés y la solícita ayuda con la que han contribuido al buen desarrollo de este propósito. A su vez, quisiera agradecer de corazón a los que han colaborado de distintos modos en esta visita pastoral. A tantos servidores anónimos que desde el silencio han dado lo mejor de sí para que estos días fueran una fiesta de familia, gracias. Me he sentido acogido, recibido por el cariño, la fiesta, la esperanza de esta gran familia mexicana, gracias por haberme abierto las puertas de sus vidas, de su Nación.

El escritor mexicano Octavio Paz dice en su poema Hermandad:
«Soy hombre: duro poco y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben.
Sin entender comprendo: también soy escritura
y en este mismo instante alguien me deletrea».

Tomando estas bellas palabras, me atrevo a sugerir que aquello que nos deletrea y nos marca el camino es la presencia misteriosa pero real de Dios en la carne concreta de todas las personas, especialmente de las más pobres y necesitadas de México. La noche nos puede parecer enorme y muy oscura, pero en estos días he podido constatar que en este pueblo existen muchas luces que anuncian esperanza; he podido ver en muchos de sus testimonios, en sus rostros, la presencia de Dios que sigue caminando en esta tierra, guiándolos y sosteniendo la esperanza; muchos hombres y mujeres, con su esfuerzo de cada día, hacen posible que esta sociedad mexicana no se quede a oscuras. Muchos hombres y mujeres a lo largo de las calles, cuando pasaba, levantaban a sus hijos, me los mostraban: son el futuro de México, cuidémoslos, amémoslos. Esos chicos son profetas del mañana, son signo de un nuevo amanecer. Y les aseguro que por ahí, en algún momento, sentía como ganas de llorar al ver tanta esperanza en un pueblo tan sufrido.
Que María, la Madre de Guadalupe, siga visitándolos, siga caminando por estas tierras –México no se entiende sin Ella–, siga ayudándolos a ser misioneros y testigos de misericordia y reconciliación.
Nuevamente, muchas gracias por ésta, tan cálida, hospitalidad mexicana»
La magia de la tecnología nos permitía vivir las celebraciones de los distintos escenarios simultáneamente. En el aeropuerto, en enormes pantallas, vimos y vivimos el acercamiento del papa a la línea limítrofe y la misa en el Punto. De nuevo, el escenario estaba lleno. Ambiente festivo. Llegó el momento final. La pareja presidencial y el Gabinete dieron el adiós último al papa. ¡México es, en verdad, una sorpresa!
Ahora, la tarea comienza.