• XVIII Domingo Ordinario B.

    Domingo XVIII de Tiempo Ordinario B.

    Éx 16,2-4. 12-15; Sal 77; Ef 4,17. 20-24; Jn 6,24-35

     

    Oración opcional. Oh Dios, que confías al hombre las inmensas riquezas de la creación, haz que no falte jamás el pan en la mesa de tus hijos, y despierta en nosotros el deseo de tu Palabra, a fin de que podamos saciar el hambre de verdad que has puesto en nuestro corazón. Por NSJ…

     

    Éx. 16,2-4. 12-15 – No volver atrás – La mujer de Lot lanzó una mirada ansiosa a la casa que abandonaba, Pedro lanza una mirada celosa sobre el discípulo amado, el campesino pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, y los hebreos lloran las cebollas de Egipto. Tomada una decisión, es necesario permanecer fieles; cuando se ofrece un don no se debe rechazar. Solamente así podrá gustarse la presencia providente de Dios. Dios está con aquellos que construyen el porvenir; no está con aquellos que encuentran siempre “mejor el tiempo pasado” que nuestro hoy. “Pensamos que el tiempo pasado fue mejor simplemente porque no es el nuestro”. (San Agustín).

     

    Sal. 77, 3-4.23-24.25.54 – Exposición sapiencial sobre la historia de Israel – A los beneficios de Dios responde el olvido y el pecado del pueblo (vv. 32-39). Hasta desembocar en la elección de David y Jerusalén.

     

    El pueblo de Dios de la nueva alianza puede meditar este salmo como parte de su historia. Primero, porque es realmente su historia antigua, dada la continuidad histórica del pueblo escogido. Segundo, por su valor ejemplar. Tercero, por la interpretación genérica de los versos 32-39. La elección de un pueblo, una ciudad, un templo, un reino, prefiguran y preparan la gran elección que el Padre cumple en Jesucristo. Él es el nuevo templo, el nuevo David; la iglesia es la nueva Jerusalén y nosotros somos su pueblo. Nosotros también corremos el serio peligro de responder al don supremo de Dios con nuestro olvido y nuestro pecado.

     

    Ef 4,17. 20-24 – Darse a la dolce vita, dejarse guiar por los caprichos, agarrar los placeres inmediatos, al alcance de la mano, son tentaciones comunes. Se requiere mucha experiencia, carácter o fe para pensar con San Pablo: «El hombre se corrompe yendo tras las pasiones engañosas» (el texto de este domingo puede ser comentado ampliamente teniendo como trasfondo nuestra cultura degenerada y viciosa que nutre sentencias como la que acaba de dictar la SCJN, a propósito de la familia, sólo en una sociedad pervertida e indiferente puede pasar esto, según san Pablo). Seguir la inclinación de los deseos desordenados y correr detrás de los espejismos. La fuente de la felicidad está fuera de nosotros, pero en nosotros mismos: «cambiad vuestro modo de vivir» tal es la consigna de Pablo. Hay dentro de nosotros una perla escondida, un porvenir inesperado, una paz profunda, una alegría que no se devalúa, y que nos libera de todo aquello que carece de importancia.

     

    Jn. 6,24-35 – El pan en las manos – En la multiplicación de los panes, la cosa importante no es el milagro, sino el misterio de Jesús. Así como para el maná: lo esencial no era que cayese del Cielo sino que manifestase una presencia más confortante que el alimento, más segura que nuestras seguridades. Y el misterio de Jesús se manifiesta a los insatisfechos, a los hambrientos y a los sedientos (de ser justos). Él es el verdadero pan que viene del cielo, la verdadera agua que da la vida, el vino que da la alegría: nos invita a su banquete y nos ofrece la alegría de un pan compartido en la comunión del Padre.

     

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    La liturgia no es muy afecta a los razonamientos demasiado articulados, a un estilo sistemático. Es más, está más cercana a las artes figurativas, que a la filosofía o a las ciencias exactas. Por lo demás, sucede lo mismo con la Biblia. Ordinariamente no existen Misas con un tema único, me refiero claro, a la Liturgia de la Palabra. La segunda lectura a lo largo de los domingos del Año Litúrgico, siempre baila sola. Por lo general, la primera lectura y el salmo constituyen una pista de lectura del fragmento evangélico.

     

    El hombre nuevo.

    Sin embargo, en algunas ocasiones, como es el caso estos domingos, hay una profunda coherencia entre todas las lecturas, incluido el salmo. Pablo va más allá de la exigencia fundamental del bautismo: despojarse del hombre viejo (de la naturaleza corrompida), y revestirse del hombre nuevo. El hombre nuevo es Cristo. No existe novedad posible fuera de él. Tampoco es obra de un día. Jamás se es suficientemente cristiano; cada día debe uno ser “más cristiano” en la medida en que Cristo crece en uno hasta la estatura plena, es decir, hasta que Cristo penetra toda la existencia (II lectura). Hasta que él sea todo en todos.

     

    El alimento.

    Pero todo crecimiento exige la inmersión en una energía vital: exige un alimento. El cuerpo humano está sujeto al deterioro y tiene necesidad del alimento para subsistir. Esta es una ley que preside la vida natural: no sorprende, entonces, que esta ley rija también en el ámbito de la gracia. También el espíritu tiene su alimento: “el pan vivo que ha bajado del cielo”. Jesús habla en primera persona: “Yo soy el Pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Por lo tanto, no se trata de una cosa que el Padre nos da, sino de una Persona, el Hijo, para que el mundo tenga vida (Evangelio). Cristo no es pues sólo la “novedad” sobre el que debamos modelarnos; es el artífice, el alimento de esta misma novedad. No basta, por lo tanto, la fundamental regeneración bautismal, ésta es solo un inicio. Es necesario que él continúe viniendo a nuestra existencia, porque sin él no hay crecimiento. Nacidos en el bautismo, si no somos alimentados, morimos, de la misma manera que un niño recién nacido no puede ser dejado sin alimento; para continuar viviendo y para crecer necesitará siempre del alimento. Y entre más y mejor sea el alimento, tanto mejor será el crecimiento.

     

    Para venir un día a nosotros ha elegido la solución más impensable; se ha hecho uno de nosotros, tomando nuestra naturaleza para penetrar continuamente en la existencia de cada uno; para prolongar en la historia de una forma concreta el misterio de la encarnación, ha elegido un camino todavía más sorprendente: el camino del alimento. Se hace presente en los elementos más ordinarios, más sencillos y humildes, en lo más cotidiano y ordinario de nuestra vida, como es el alimento: pan y vino. Con este alimento viene a nutrir la “vida nueva” que recibimos en el bautismo. El maná dado en el desierto al pueblo hambriento (I lectura) era una realidad simbólica que prefiguraba la eucaristía.

     

    El signo del alimento es un lenguaje divino, accesible a todos, basta ponerse a la escucha y dejarlo hablar. Tristemente nuestra cultura ha perdido la capacidad de leer los signos. Y la Eucaristía es sobretodo eso, un signo, la Eucaristía ha sido hecha para nutrir. Cristo se nos da a sí mismo, y así nos hace vivir. Bossuet, conmovido comentaba: «¿Quién ha oído jamás hablar de un prodigio semejante, como es el que se pudiera comer la vida misma?, Él es la vida por naturaleza. Quien lo come, come la vida. Oh delicioso banquete de los hijos de Dios».

     

    Podemos recordar aquí las palabras del Ecclo.: «come con alegría tu pan» (9,7). Gracias a ello, aumentan todas las fuerzas vitales, son neutralizados todos los gérmenes de corrupción. Nuestro propio ser es transformado gradualmente en Cristo: «Transformados en miembros de Cristo, vosotros os convertís en aquello que recibís», decía San Agustín. No sucede lo mismo con el alimento natural: «cómeme – añade San Agustín – , no serás tú el que me cambiará en ti, como sucede con el alimento de tu cuerpo. Serás tú el que será cambiado en mí». La maravillosa transformación del pan que se convierte en Cristo, no es por lo tanto el objetivo último: está ordenada a la transformación del hombre.

     

    Primero la fe.

    Sin embargo, tenemos que respetar escrupulosamente el ritmo del “Discurso de Cafarnaún”. Anexaba en la semana pasada una división del texto, que debemos tener muy en cuenta. Un error en que caemos fácilmente, como lo vemos en mi reflexión de más arriba, es ir precipitadamente hacia una interpretación eucarística en el sentido de la comunión sacramental. Esta dimensión, si bien es donde culmina “la expresión de comunión con el Hijo de Dios”, es sólo un fragmento. Todo lo anterior está centrado en la fe en el Hijo de Dios.

     

    Después de todo, no debemos olvidar que, lo que hace verdaderamente válida y significativa la comunión sacramental, es la fe que va mucho más allá de la comunión misma. Comulgar no significa propiamente comer, cuanto estar de acuerdo con. Así, por ejemplo, yo comulgo con las ideas de Platón. Lo cual no quiere decir que yo me coma a Platón, sino que comparto su visión filosófica. En nuestro caso, la comunión sacramental ha de ser la expresión máxima, visible en el sacramento, de mi comunión con Cristo, de que estoy de acuerdo con él, de que le doy mi adhesión existencial, que hago mía su propuesta a la que ajusto mi existencia entera.

     

    La obra que Dios quiere que hagamos.

    Fácil es, y temo que demasiado frecuente, el acercarnos a comulgar sin una fe verdadera, purificada, auténtica, como se revela en el fragmento que leemos hoy. En efecto, la sección Jn 6,24-35 podemos titularla “La obra que Dios quiere que hagamos”. Y la obra que Dios quiere que hagamos es la siguiente: “Esta es la obra de Dios: que crean en aquél que ha enviado”. Éste es el verdadero perno en el que gira el Discurso de Cafarnaún. Por lo tanto, no debemos precipitarnos hacia la dimensión sacramental de la eucaristía propiamente dicha, sino trabajar, conforme al ritmo del discurso, el tema de la fe.

     

    De tal manera, pues, que el centro de gravedad de todo el discurso de Jn 6, es la fe en Jesús, Hijo de Dios, enviado por el Padre para darnos la vida. Creer en el Hijo es tener la Vida. La fe en el Hijo de Dios es el acceso a la vida. En este sentido, no fue Moisés quien les dio pan del cielo, es mi Padre quien les ha dado el verdadero Pan del Cielo. “Los padres comieron el maná y murieron, el que come del pan que yo le voy a dar, vivirá para siempre”.

     

    Se trata de la fe. En nuestro fragmento, los judíos, antes de creer, pretenden que Jesús les de un signo parecido al prodigio en el maná en el desierto. Comenta R. Brown: “la multitud ha entendido que se trata de la fe. Y quiere creer. Pero quiere una garantía, quiere que la exigencia de fe puesta por Jesús para creer en el, sea creíble. La multitud cree saber qué cosa es el alimento del cielo. Porque “nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: les diste a comer pan del cielo” (6,31). Si Jesús no les da el maná, prometido para el fin de los tiempos, – dicen los que habían probado la prodigiosa distribución de los panes hacía un momento -, él no es digno de fe. Y así hacen de su precomprensión, que es una incomprensión, la medida de la revelación”. Por lo tanto, lo que está en juego a lo largo del discurso es la fe en el Hijo de Dios enviado para nuestra salvación. Yo he venido, les dirá, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió; y la voluntad del que me envió es que yo no pierda ninguno de los que él me ha dado sino que los resucite el último día.

     

    Les recomiendo tener a la vista el texto estructurado del capítulo 6 que anexé en mí entrega anterior. Buen domingo y no nos queda más que aguantar el calor.

     

    UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

    Marko Iván Rupnik.

     

    En la visión de san Juan, alimentar sólo la carne significa una grave ilusión porque esto no lleva a la supervivencia del hombre. La carne recibe la vida del Espíritu, es decir, de Dios; por eso el hombre, para sobrevivir, debe alimentar sobre todo lo que lo une a Dios, que es la vida verdadera. El pan es el signo del amor y sólo el amor consigue superar la muerte. Entonces, quien en el pan no encuentra el amor se nutre y se fatiga inútilmente. Detenerse sólo en la corteza del pan significa mirar solamente con los ojos de la carne, mientras que mirar con los ojos del Espíritu significa ver el pan, ver la tierra, el trigo, el trabajo del hombre, percibir la venida del Espíritu, encontrarse en la oración de la iglesia y tener en las manos no sólo un trozo de pan, sino a Cristo mismo. Cuánto tiene que hacer Cristo para abrir los ojos al hombre para que pueda contemplar en el don al donante y, en la acogida del don, encontrarse unido al donante.

     

    La auténtica mentalidad del cristiano es la eucaristía, es decir, unirse a Cristo partiendo el pan con los demás.

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