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EL COMBATE EN EL HUERTO DE LOS OLIVOS.

1er Día. (Proyección del fragmento de del filme. Objetivo: acercarnos visualmente a la escena y apreciar los elementos que nos acercan al hecho. Desde luego, no se trata de cineforum).

Primera aparición de Jesús en la pantalla

La película inicia en el Jardín, (o Monte), de los Olivos, envuelto en la fosforescente luz de la luna llena. La escena fue filmada en los estudios de Cinecittá, Italia, (se trasplantaron temporalmente veinte árboles de olivos maduros, en el estudio); se trata de una representación del huerto de Getsemaní, lugar que usted puede todavía visitar hoy, en Israel. Exactamente al Este de las murallas que rodean la vieja Jerusalén; llegar ahí, viniendo desde el Canáculo, lugar donde Jesús y los suyos comieron la Última Cena, toma unos 20 minutos. Los evangelios narran que Jesús y sus apóstoles conocían Getsemaní muy bien, que con frecuencia pasaban allí sus noches en oración o durmiendo. Se trata de un lugar famoso, familiar para todo cristiano; fue el lugar donde comenzó la Pasión de Cristo. 

(Somos más que nunca el Homo videns. Ver cine es un vicio. ¿Pero sabemos saber “ver cine”? Ver cine no es sentarnos a ver monos, sino interactuar como cuando se lee una buena novela. Suponemos que hay buen cine). 

La primera escena desconcierta al espectador al presentar a Jesús (protagonizado por el actor Jim Caviezel) de espaldas, bañado por la luz de la luna llena (como se ve en la pantalla).  A nosotros nos cuesta mucho penetrar en la escena; pero imaginemos la actitud de alguien que jamás ha oído hablar de Jesús, que nada sabe de él, de su evangelio, de sus milagros, entonces nos haríamos muchas preguntas. Los rasgos de Jesús no se aprecian con claridad. Todos tenemos ya una imagen de Jesús. Inconscientemente, los espectadores se preguntan si ese Jesús estará a la altura de las circunstancias. ¡Tan débil y tambaleante se ve! La cámara no permite ver la cara de Jesús en un primer momento, sólo su espalda envuelta en la oscuridad, en una extraña niebla que no lo oculta del todo; todo es fantasmal, sin perfiles. Hay que detenerse ahí.  Las ideas habituales acerca de Jesús son suprimidas; una nueva experiencia está a punto de comenzar. Las tentaciones en el desierto son definidas y claras sin dejar de ser terribles. Toda tentación es terrible. Esta primera escena nos muestra a un Jesús tambaleante. (nos atendremos al relato de Mc.).

Una Batalla cósmica.

La película expone este combate, sugestivamente, mediante una doble secuencia de imágenes. (Icon creo es el nombre de la casa fílmica. Por aquí quiero comenzar; esto no deja de ser personal, subjetivo. Se tomó como motivo un icono bizantino; primero vemos solo el ojo en close up; luego se abra la toma y cambia la sensación. Veámoslo). 

La primera imagen es sutil, subliminal. Hay una extraña tensión que fusiona los elementos de la naturaleza en cuanto aparece el Jardín de los Olivos. El filme abre con un relámpago y el estallido del trueno. Es de Noche. Se oye el perturbador graznido de un ave nocturna, pero no se ve. Se ve la luna cubierta por las nubes; después brillar intensa, luego parcialmente oscurecida y, por último, oscurecida del todo; con toda intención, la coreografía está hecha para reflejar la batalla interior mientras hace oración; (Algo que nunca se dice a los cristianos es el impacto cósmico del pecado y, por lo tanto, de la redención. También la creación entra en la renovación redentora operada por Cristo. (Veamos Rom. 8,20-22; Ap. 21,4-5; Himno de Col.; Rom,8,20ss.); de pronto, una serpiente deslizándose silenciosa, seductora, artera va hacia Jesús, tratando de entrar en su espacio vital; en la tradición judeocristiana es el símbolo de Satanás, el Príncipe de las tinieblas. (La serpiente usada en la película, en realidad no trabajó mucho. Ella se alejaba serpenteando del actor Caviezel, saliéndose de cámara Después de muchas tomas, la serpiente toca finalmente la mano del autor).

La batalla se convierte en una encarnación, en miniatura, de la inmensa batalla entre el bien y el mal, la obediencia y la desobediencia; se recurre a un pequeño truco para lograrlo. ¿Cómo podría representarse esta descomunal batalla en el pequeño espacio cinematográfico, y hacerla creíble? Una posibilidad era poner una rápida sucesión de las horribles imágenes de nuestro mundo; la aniquilación atómica de Hiroshima, el terrorismo, los campos de concentración, 400 mil fetos humanos congelados; los asesinatos y secuestros en Juárez, en fin, todas las atrocidades cometidas a consecuencia del pecado humano. Tal acercamiento documental hubiera quebrado la tensión dramática haciendo que e perdiera la emoción. En cierto sentido, hubiera sido tanto como empobrecer la escena, haciéndola perder emoción. 

Esta escena dramática, tenía que comunicar la trascendencia del conflicto, e introducir la más grande batalla sin romper la intimidad personal del momento en el espectador. Cuando Cristo llama desesperadamente a Dios, su Padre, su grito se convierte en parte de una misteriosa conversación con los fenómenos naturales que están sucediendo a su alrededor; todo entra en el combate interno de Jesús: la luna, las nubes, la tierra bajo él, el viento, el temblor de las hojas de los olivos. Es una vasta e insondable batalla en la que Jesús está atrapado, sudando gotas de sangre sobre la tierra. 

Los elementos cósmicos manifiestan la violencia terrible del momento, como si la creación toda estuviera implicada en el conflicto. Teólogos y escritores espirituales, generalmente están de acuerdo en que, en esta batalla, existieron tres dimensiones esenciales, tres causas principales del sufrimiento de Jesús en Getsemaní que a la postre se resumen en uno el pecado.

Getsemaní: el microcosmos de la Pasión.

En cierto sentido, el resto de la pasión de Cristo simplemente desarrolla lo que ya había sucedido en Getsemaní. Las diferentes formas de sufrimiento externo que acompañan el resto de su pasión ilustran la profunda agonía de Jesús en el Huerto. El los enfrenta, dominando completamente la resistencia instintiva de su naturaleza humana (“haz que este cáliz pase de mí sin que yo lo beba”), sus acciones, reiteran, una y otra vez, las palabras con las que había orado en el Huerto, “yo pongo mi confianza en ti,…Padre que se haga tu voluntad, no la mía”. (Leamos el salmo 34.)

+La Agonía de Jesús.

La oración de Cristo en Getsemaní, al inicio de su Pasión, es uno de los acontecimientos más misteriosos transmitidos por los evangelios. Los cristianos han meditado y reflexionado en ello por siglos, pero su riqueza espiritual es inagotable. 

La palabra Getsemaní literalmente significa “prensa de aceitunas”, el lugar donde las aceitunas cosechadas eran trituradas para extraer su aceite, uno de los artículos básicos más usados e importantes en el mundo antiguo.  En el jardín de Getsemaní, Cristo va a ser triturado por una profunda crisis espiritual y emocional. Los evangelios describen este estrujante momento como el momento de “una tristeza mortal…como una agonía”, (Mt. 26,38; Mc. 14,34; Lc. 22,43), no debemos entender “agonía” en el sentido habitual; significa, más bien, en el sentido griego, la tensión y esfuerzo extremo, con sudor, con el que el atleta cubre su ruta. Fue tan horrendo su mortal sufrimiento, que su sudor se convirtió en lágrimas de sangre que rodaban hasta el suelo (Lc. 22,44). La medicina moderna confirma esta descripción como ejemplo de un estrés severo, que abre los vasos capilares de la epidermis mezclando la sangre con el sudor de la ansiedad. En ninguna parte en los evangelios, Jesús se ve en un estado tal de debilidad y confrontación; en ningún otro momento pidió a sus apóstoles velar y orar con él, como si estuviera pidiendo apoyo. 

La película capta la paradoja en un hiriente contraste. La fuerza y la viril presencia física de Jesús, en su agonía, casi en un estado emocional de indefensión, se hace evidente en la intensidad vibrante que caracteriza su oración. No es el Jesús que arrastra multitudes, que se enfrenta a los poderosos, (ver Lc.13,32). El contraste nos introduce rápido en ese estado anímico, cuando la película recurre a un motivo visual. Viendo la robusta y dominante figura de Jesús reducida a la importancia por el hombre, (o fuerzas), que, obviamente son más débiles, moral y psicológicamente, intensifica la tragedia de sus sufrimientos. Sin embargo, el contraste también contiene cierta lógica. Sorprendentemente, también desde el principio, el espectador sabe que Jesús permite que esto suceda. Tiene que haber una razón para ello.

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Romanos 8,18-21. Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada. Porque el anhelo profundo de la creación (ktisis) es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza.

[La nueva creación. Desarrollar el tema. Ap. 21,4-5; Himno de Col.; Rom,8,20ss.

2 Corintios 5,17: Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.

Isaías 65,17: Miren, yo voy a crear un cielo nuevo

y una tierra nueva;

de lo pasado no quedará recuerdo

ni se lo traerá a la memoria.

Isaías 66,22. 

Como el cielo nuevo

y la tierra nueva,

que voy a hacer, durarán ante mí

oráculo del Señor,

así durará su descendencia

y el nombre de ustedes.

Apocalipsis 21,4. Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado.

Isaías 11,1-9. Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvé. Y se inspirará en el temor de Yahvé. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos. Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahvé, como cubren las aguas el mar.

Isaías 41,18-20. Haré brotar ríos en las dunas;

en medio de las valles,

manantiales;

transformaré el desierto en estanque

y el arenal en fuentes de agua; pondré en el desierto cedros,

y acacias, y mirtos, y olivos;

plantaré en la estepa cipreses,

junto con olmos y alerces. Para que vean y conozcan,

reflexionen y aprendan de una vez

que la mano del Señor lo ha hecho,

que el Santo de Israel lo ha creado.

Isaías 65,17-25. Miren, yo voy a crear un cielo nuevo

y una tierra nueva;

de lo pasado no quedará recuerdo

ni se lo traerá a la memoria, más bien gócense

y alégrense siempre

por lo que voy a crear;

miren, voy a transformar

a Jerusalén en alegría

y a su población en gozo; me alegraré de Jerusalén

y me gozaré de mi pueblo,

y ya no se oirán en ella

gemidos ni llantos; ya no habrá allí niños

que mueran al nacer

ni adultos que no completen sus años,

pues será joven

el que muera a los cien años,

y el que no los alcance

se tendrá por maldito. Construirán casas y las habitarán,

plantarán viñas y comerán sus frutos, no construirán

para que otro habite,

ni plantarán para que otro coma;

porque los años de mi pueblo

serán los de un árbol

y mis elegidos podrán gastar

lo que sus manos fabriquen. No se fatigarán en vano,

no engendrarán hijos

para la catástrofe;

porque serán la descendencia

de los benditos del Señor,

y como ellos, sus retoños. Antes de que me llamen

yo les responderé,

aún estarán hablando

y los habré escuchado. El lobo y el cordero pastarán juntos,

el león como el buey comerá paja.

No harán daño ni estrago

por todo mi Monte Santo

dice el Señor.

Isaías 66,22-23. Como el cielo nuevo

y la tierra nueva,

que voy a hacer, durarán ante mí

oráculo del Señor,

así durará su descendencia

y el nombre de ustedes. Cada luna nueva y cada sábado

vendrá todo mortal a postrarse

ante mí dice el Señor.

Oseas 2,18-19. Aquel día haré en su favor

una alianza

con los animales salvajes,

con las aves del cielo

y los reptiles de la tierra.

Arco y espada y armas

romperé en el país,

y los haré dormir tranquilos. Me casaré contigo para siempre,

me casaré contigo

en justicia y en derecho,

en afecto y en cariño;

Mateo 19,28. Jesús les dijo:

Les aseguro que en el mundo nuevo, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Hechos 3,21. Él tiene que permanecer en el cielo hasta el tiempo de la restauración universal que anunció Dios desde antiguo por medio de sus santos profetas.

Romanos 8,18-21. Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada. Porque el anhelo profundo de la creación (ktisis) es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza.

2 Pedro 3,7-13. El cielo y la tierra actuales por la misma palabra están conservados para el fuego, reservados para el día del juicio y condena de los hombres perversos. Que esto, queridos hermanos no les quede oculto: que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con estruendo, los elementos serán destruidos en llamas, la tierra con sus obras quedará consumida. Y si todo se ha de destruir de ese modo, ¡con cuánta santidad y devoción deben vivir [ustedes]!, esperando y apresurando la venida del día de Dios, cuando el cielo se consumirá en el fuego y los elementos se derretirán abrasados. De acuerdo con su promesa, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en los que habitará la justicia.

Apocalipsis 21,1-8. Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el mar ya no existe. Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres: habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado. El que estaba sentado en el trono dijo: Mira, yo hago nuevas todas las cosas. Y añadió: Escribe, que estas palabras mías son verdaderas y dignas de fe. Y me dijo: Se terminó. Yo [soy] el alfa y la omega, el principio y el fin. Al sediento le daré a beber gratuitamente del manantial de la vida. El vencedor heredará todo esto. Yo seré su Dios y él será mi hijo. En cambio, los cobardes y desconfiados, los depravados y asesinos, los lujuriosos y hechiceros, los idólatras y embusteros de toda clase tendrán su lote en el foso de fuego y azufre ardiente que es la muerte segunda.

2º. Día.

Cristo murió por nuestros pecados.

(I cor.15,3. 1-3)

El relato de los dos jardines.

«Pero ¿cuál es esta razón? ¿Cuál es la causa para que Jesús soporte esos sufrimientos, y para que él lo permita? Esta pregunta resuena en la mente de los espectadores, como un silencio contenido, a lo largo de toda la película. Aflora a la superficie solamente una vez, durante la flagelación. María aparta la mirada de su Hijo sufriente, levanta los ojos al cielo y se pregunta, con un lamento que parece un suspiro: “Hijo mío…¿cuándo, dónde, y cómo escogiste entregarte a esto? En este momento, María (y el espectador), cuestionan en voz alta la razón por la cual, este extremo sufrimiento físico de Jesús ha de tener lugar. El sufrimiento que comienza en Getsemaní es diferente, es devastador. Jesús ha comenzado a ser triturado por un sufrimiento moral y espiritual, – la tortura física no ha comenzado aún. Pero la pregunta permanece: ¿Por qué?

Los evangelios mismos, no dan explicaciones detalladas. Describen los hechos: Jesús sufre; sufre más de lo que un hombre normal puede imaginarse; sufre interiormente y también sufre física y violentamente, más violentamente de lo que la película presenta. La doctrina cristiana explica que Jesús sufrió por los pecadores, por cada pecador. Esto es cierto. El por qué el sufrimiento ha de ser tan intenso, es menos claro. 

La película funde las ricas corrientes de la reflexión cristiana sobre el sufrimiento de Cristo en Getsemaní en dos evocativas imágenes, ambas comparten un denominador común: la lucha, el combate. El Huerto o Jardín de Getsemaní, es el nuevo jardín del Edén, el lugar bíblico de la prueba y la tentación, el lugar de la batalla espiritual descrita en el Génesis. En el Jardín del Edén, Adán (el padre bíblico de la raza humana) falló en la prueba; ante el Tentador, y desconcertado ante la amenazante voz del Maligno, permitió que la confianza en su Creador muriera en su corazón. Arrogante, abusó de su libertad; Adán desobedeció a Dios. Fue una crisis de fe, de confianza lo que llevó a la familia humana a la rebelión contra Dios; esto es lo que la tradición judeocristiana suele llamar “pecado original”, “la caída”. Este pecado, como falta de fe, de esperanza y amor, introduce el mal y el sufrimiento en la historia humana; de una manera misteriosa el pecado sometió a la familia humana al poder del orgullo y del pecado, la sometió al poder del maligno. 

Después de la rebelión, Dios prometió enviar un Redentor, un salvador que liberara a la caída humanidad de la opresión del mal.  Para hacer esto, el salvador tendría que revertir la desobediencia de Adán. Ante la tentación, en presencia del Tentador, ante su atrevida y amenazante propuesta, Jesús, conservó su confianza plena en Dios. Él obedeció amorosamente a su Padre, sin importar lo que pidiera.

Jesús, según los cristianos, es el Redentor. Su Pasión ese el clímax de este misterioso combate contra el antiguo enemigo que derrotó a Adán y esclavizó a la raza humana en el pecado. La Pasión de Jesús es el momento definitivo en la dramática e histórica batalla entre el bien y el mal. O mejor, entre la obediencia y la desobediencia a Dios que quiere nuestra plenitud. 

Naturaleza de este combate.

A lo largo de la Pasión, el combate toma la forma de una disyuntiva entre sufrimiento y obediencia. El “poder de las tinieblas” lanza un primer asalto a la interioridad de Jesús, – aquí en el Monte de los Olivos -, y después, en su vida física y relacional: tortura física, burlas, incomprensión, y abandono en las manos de aquellos que él ha venido a salvar. Estos sufrimientos intentan quebrar la confianza de Cristo, lograr que él dé la espalda a su Padre, como Adán lo hizo en el Edén. Sus verdugos, crueles aumentan progresivamente, la intensidad de los tormentos: el poder del mal hizo todo lo posible para lograr que Cristo dijera: “¡Padre, tu voluntad no puede realizarse, es demasiado dura; deja que se haga mejor mi voluntad!” La Biblia nos recuerda que todos los descendientes de Adán hemos tomado la palabra en esa rebelión, siguiendo los pasos de nuestro primer padre. Si Jesús pudo enfrentar la peor tentación y el sufrimiento, mejor que la humanidad, y permanecer fiel a la voluntad de su Padre, confiar en Dios, demostraba, entonces, ser más fuerte que el Príncipe de las Tinieblas. Él inicia la nueva creación, una nueva era de reconciliación con Dios. 

Esto es precisamente lo que ha de quedar claro. Así, el Nuevo Testamento, y Cristo mismo  hablan    de la pasión como la hora de los enemigos de Dios: «pero ésta es la hora del Mal y del poder de las tinieblas (cf. Lc. 22,53) En el evangelio de Juan, Jesús es más explícito, al hablar, directamente de Satanás, como aquél que, desde el desastre en el Edén, mantiene bajo el sufrimiento y el pecado a la raza humana: “Ya no les diré muchas cosas”, dice a sus Apóstoles hacia el final de la última cena, “el Príncipe de este mundo ha llegado, pero él no tiene poder sobre mí”. (Jn. 14,30).

El amargo sabor del pecado. (ver Icor.15,3).

En primer lugar, el sufrimiento de Cristo en Getsemaní fue una única e interna experiencia del pecado humano. Jesús estaba libre de pecado. Él jamás cayó en la tentación, en el orgullo de la autosuficiencia; él permaneció fiel a la ley natural y a la voluntad de Dios a lo largo de toda su vida. Esta ausencia de pecado es una característica especial del Salvador, prefigurado por el requisito de los sacrificios ofrecidos en el Antiguo Testamento en reparación por los pecados, según el cual, los animales a sacrificar “serían animales sin defecto” (Ex. 29,1) En Getsemaní, sin embargo, el mal del pecado se ha derramado en el alma de Jesús. Él se ha convertido en “el chivo expiatorio”, (en el sentido estricto que esta imagen tiene en el Antiguo Testamento), de todos los pecados cometidos por el hombre y la mujer, y de todos los pecados que habrían de cometer en el futuro. Isaías habla de un personaje misterioso, al que llama mi siervo; de él dice: «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los pecados de ellos, [….] Porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; el tomó sobre sí los pecados de la muchedumbre e intercedió por los pecadores». (53,11b-12) En efecto, Él tomó sobre sí la responsabilidad de cada traición e infidelidad, de cada injusticia, de desobediencia de cada hombre y de toda la raza humana, a la voluntad de Dios. Incluso la gente que está acostumbrada a la vida de pecado, siente el remordimiento de la agonía cuando se enfrenta con la verdadera naturaleza y consecuencias de sus acciones pecaminosas. El asumir el peso de la culpa, del dolor, se intensificó más allá de lo imaginable, en el alma pura del Salvador, primero por su perfecto amor a Dios, despreciado por el pecado y, segundo, sencillamente, por la multitud y atrocidad de los pecados que él asumía como propios. El N. T. intenta describir ésta verdad, en sí misma indescriptible, mediante una paradoja: “El, Cristo, no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros: para que nosotros seamos justicia de Dios en él”. (II Cor. 5,21)

Más tarde, San Pablo explica esta paradoja con mayor amplitud, uniendo lo que sucedió en Getsemaní con la totalidad de la pasión de Cristo. «Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa, os vivificó juntamente con él y nos perdonó todos nuestros delitos. Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la quitó de en medio clavándola en la cruz». (Col. 2,13-14) En su pasión, que comienza en Getsemaní, Cristo tomó sobre sí la responsabilidad y consecuencias del pecado humano. 

Para nosotros, pobre raza caída, el pecado es un hecho común y un compañero familiar, pero, para Cristo, el pecado es “la esencia y la ponzoña de la muerte”. (Card. J. H. Newman) La sola idea de pecado era absolutamente rechazada por Jesús. Pero no se trata de una simple idea; se trata, más bien, de una solidaridad, o de una identificación espiritual con la responsabilidad, de los culpables, de todos estos pecados. Consecuentemente, para Jesús, esto significó un cruel y profundo tormento. Se trata del horror al pecado del que nos hablan los santos.

A través de los siglos, otras representaciones artísticas de esta escena bíblica, han pintado el insondable peso del pecado más explícitamente. Algunos muestran demonios y diablos burlándose de Jesús, como un desfile grotesco del pecado ante sus ojos. Algunos pintan llamativamente imágenes del significado teológico de ese momento, pero crean la aureola de un mundo irreal en torno a esta batalla de Cristo. (Véase, por ejemplo, la pintura clásica renacentista. Y no es que ello esté mal, sino que Gibson ha preferido otra manera representar) Esto puede convertir la lucha de Jesús, debido a unas imágenes irreales, en un cuento. Para mantener la batalla como una visión real hasta donde es posible, y tal vez más de lo posible, la película opta por acentuar los elementos cósmicos. La luna, las nubes, la luz, la oscuridad, la noche, la tierra, los árboles mecidos por el viento, todo atrapado en una tensión sobrenatural. 

Esta elección artística nos recuerda a los escritores del N. T.  Ellos no describen los detalles del por qué Cristo sufrió así, en el Monte de los Olivos, pero hacen alusión a los símbolos cósmicos. Uno de ellos, San Juan, por ejemplo, subraya la gravedad del momento, al comienzo de la Pasión, con tres simples, pero densas palabras: “era de noche”. (Jn. 13,30)

3er Día. 

El tormento de un amor no correspondido.

La segunda fuente del sufrimiento de Cristo en Getsemaní fue su viva y delicada conciencia. El evangelista Juan lo hace notar al inicio del relato de la última cena, cuando dice que “Jesús sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre…y sabiendo que el Padre  había puesto en sus manos todas las cosas”,  habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. (cf. Jn. 1,3). Jesús sabía cuan inútil habría de ser su sacrificio para muchas personas que conscientemente rechazarían su ofrecimiento de salvación. Pero él lo hizo sólo por amor, un amor a su Padre, que veía con inmenso amor al género humano caído. Un amor por cada persona atrapada en el círculo vicioso del egoísmo. Jesús sabía que el pecado encerraba al hombre en una profunda frustración existencial. Lo que cada corazón humano necesita, por sobre todas las cosas, – una íntima relación con Dios -, resultaba imposible.

El ser humano fue creado para encontrar sentido y plenitud en esa relación, pero el pecado original deshizo esta posibilidad. Si Dios no renovaba su ofrecimiento de amistad y extendía la mano  para curar los corazones mortalmente heridos por su complacencia en el mal, no habría esperanza. Cristo encarnó esta renovada oferta de amistad divina con la humanidad. Su mano podía curar porque ella no tuvo ningún contacto con el mal. Él hizo esto de forma intensa, consiente y movido por un amor personal a cada uno. Incluso, durante aquellas horas de agonía en el Huerto, muchos escritores espirituales están de acuerdo, Dios mostró a Jesús la multitud de gente que a través de los siglos rechazarían su ofrecimiento y persistirían en su ilusoria autosuficiencia. Esta verdad, añadía el inconsolable dolor de un amor no correspondido, a la tortura de un cruel sufrimiento. 

La descripción visual que la película hace de esta agonía es cautivadora, pero, en realidad, es solamente una señal de los sufrimientos que realmente tuvieron lugar. La Biblia desribe el sufrimiento de Cristo como “una tristeza mortal”. ¿Qué significa esto? ¿Cuál es ese sentimiento? ¿Con qué compararlo? Los artistas, incluidos los directores cinematográficos, suelen tener una sensibilidad muy desarrollada que potencia su propio sufrimiento y hace crecer su capacidad de empatía; sin embargo, sus peores sufrimientos palidecen en comparación con lo que Cristo debió experimentar.

Para finalizar, una última idea. ¿La redención es el resultado la voluntad vengadora, cruel de un Dios que exige la sangre de su Hijo como condición para el perdón? Leeré un tomado de la obra de  B. Häring, La no Violencia.

Nietzsche nos dejó, no obstante su sombrío ateísmo, una página memorable, si bien no ortodoxa: “Este mensajero de la Buena Nueva murió como había vivido, según había «enseñado», no para rescatar a los hombres, sino para mostrar cómo hay que vivir. Es la «práctica» lo que deja en herencia a la humanidad: su comportamiento ante los jueces, ante los esbirros, ante los acusadores y ante todo tipo de calumnias y escarnios, y su comportamiento en la «cruz». No se resiste, no defiende su derecho, no da paso alguno para rechazar el mal gravísimo que le amenaza; más aún, lo «provoca». Y suplica, y sufre, y ama por quienes le hacen mal. Las palabras al ladrón en la cruz compendian todo el evangelio. ¡Este ha sido realmente un hombre divino, un hijo de Dios!, dice el ladrón. Y el Redentor le responde: Si así lo sientes, «estás ya en el paraíso»; eres tú también un hijo de Dios. No defenderse, no irritarse, no buscar responsables… Y ni siquiera resistir al malvado, sino amarle…”. Estas palabras de Nietzsche no surgirían jamás de nuestra mediocridad cristiana o atea. Y las escribe nada menos que en ¡El Anticristo!

Pero, sobre todo, leamos I Jn. 4,7-11

“Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.”