• ABURRIMIENTO Y ESTUPIDEZ

    ABURRIMIENTO Y ESTUPIDEZ

    (divertimento)

     

    Comenzaba a escribir y, precisamente, en ese momento, pasó por la calle de mi casa, físicamente ante la puerta, el “fierrero botellero”; tan intempestivo y furioso y alto, fue el reclamo exigiendo la entrega inmediata de tiliches de todo género, que me dejó en blanco el cerebro por unos minutos y un calosfrío recorrió mi espalda. Hube de “resetear” mi de por sí lento y cansado cerebro. Solo recordaba que Charlie Hebdo, ya refinanciado y recapitalizado, estaría más tranquilo no obstante el follón que armó; recordaba cómo alguien me hacía notar que Francia invadió México, – mucho antes que la Cassez -, por la sencilla razón que unos soldados mexicanos, con gesto gallardo y orgulloso y altivo, decidieron no pagar, – bien fuera porque no había llegado la soldada, o que ya se la hubiesen gastado o simplemente, nomás por …. Molestar, lo más seguro -, unos pastelillos que tuvieron a bien engullir tomados de una pastelería cuyo dueño resultó ser un francés. Esto indignó sobremanera a Napoleón III que determinó la invasión. Hay, pues, guerras de pasteles como las hay de papel o de petróleo.

     

    Creo fue el señor Dostoievski quien dijera que “lo que separa a los hombres, no son las ideas, son los intereses”. Y las ideas seguían revotando en mi cerebro, sin precisión. Que nunca han sido muy precisas. Como una onda perdida me llegaban las palabras de Lolo Kiko, – nombre cariñoso que los filipinos dieron a papa Francisco -, abuelo Kiko -, que invitan a los católicos a no reproducirse como conejos, consejo útil, consejo sano, consejo bueno, que ha de valer también para los no católicos igual que para los ateos. Atemperado, pues, el sobresalto provocado por el fierrero botellero, enfilé hacia un tema más fijo.

     

    Savater es un filósofo que ha hecho fortuna, – y espero que también en lo económico – pues, hoy por hoy, no basta con pensar y escribir; también hay que saber vender. Y como buen español, Savater lo hace muy bien, (vender); hace “especiales” de filosofía para que esta ciencia adusta pueda ser digerida por el gran público. Esto no significa, de ninguna manera, superficialidad, sino, más bien, ingenio. Y Savater lo tiene, tal como se echa de ver en su Diccionario Filosófico (México, 1997).

     

    Hombre de inmensa e intensa lectura, de memoria, y memoria prodigiosa, pone su libro bajo un texto de Goethe: “Todo es más sencillo de lo que se puede pensar y, a la vez, más enrevesado de lo que se puede comprender”. O sea, peor es menearle. Esta cita define bien el pensamiento de Savater que, por una parte, parece hacer accesibles las cosas y, por otro lado, nos deja siempre con la sensación de que las cosas no son tan claras, simples y sencillas como quisiéramos. Me parece más claro el citado Goethe cuando dice “¿Quién puede pensar alguna cosa tonta o sensata que no haya sido pensada antes?” Esto sí suena más claro; y más si la aplicamos al “hacer” que al pensar. Pase revista, si no, a los programas oficiales de los últimos 50 años ideados para acabar con el hambre y la pobreza.

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    De su Diccionario me llamó la atención el apartado dedicado a la estupidez y al aburrimiento, del que hago aquí una paráfrasis. Paráfrasis, en el campo de la filología, es el comentario de un texto; es una ampliación explicativa. Esta aclaración me ahorra las comillas y, al mismo tiempo, la fuente queda consignada. Su sensibilidad literaria le permitirá descubrir qué es de Savater y qué es mío.

     

    El aburrimiento

    Durante mucho tiempo he creído que la principal explicación de por qué la historia está tan llena de atrocidad y barbarie habría que buscarla en el aburrimiento. En efecto, cuando las cosas marchan discretamente bien, los humanos nos aburrimos: entonces empezamos a meternos con los vecinos. Los moneros de Charlie Hebdo decidieron que la sociedad francesa se aburría y vea usted la que armaron. Uno de estos sábados, tras el trabajo de la semana y del día, y preparándome para el trabajo del domingo, un vecino, que seguramente estaba muy aburrido, tuvo la feliz ocurrencia de organizar una fiestecita, para superar el aburrimiento que se prolongó hasta las cuatro de la mañana. Al día siguiente, tenía yo que presentarme en la televisión a las 9:00 a.m. Los miles de espectadores pudieron contemplar mis abultadas ojeras y mi actuación bastante errática. Y todo por el aburrimiento de un vecino.

     

    Pero el aburrimiento puede ir más lejos y llevar a un hombre a descubrir un continente, con la sencilla intención de conseguir especias raras para condimentar los insípidos platillos de la nobleza. Un célebre rey de Portugal – que, si mal no recuerdo, se nombraba Enrique el Navegante -, aburrido de contemplar desde su palacio el imponente y hermoso mar, organizó una expedición punitiva al norte de África; propinó una pela muy regular a los saharauíes, se trajo cautivos a los más que pudo y los dedicó a decorar su palacio con arabescos, hasta entonces reducido a formas rectangulares y a colores aburridos. De igual manera, en un momento de aburrimiento, mientras paseaba por los jardines del Vaticano – lo confiesa él mismo -, Juan XXIII tuvo la ocurrencia de convocar un concilio ecuménico; qué le parece, le dijo a su teólogo de confianza, Ives Congar, si convocamos un concilio. Con lo que dejó a sus sucesores menudo lío y propinó a la Iglesia y al mundo tal sacudida, que todavía es hora que no nos la acabamos.

     

    El aburrimiento, igualmente, nos lanza a la calle; ahí vamos todos en tropel. Ahí tiene usted la fuga obsesivo-compulsiva a El Paso. Esperamos cualquier día libre y, ahí vamos, delirantes, sin importar fríos, calores, revisiones humillantes, de aquí pa’llá y de allá pa’ca. Siempre que veo esas líneas, me felicito de no tener mucho que hacer en El Paso. Decía Pascal que no nos imaginamos los problemas que nos ahorraríamos si supiésemos permanecer en casa. Yo sí creo, al lado de este genio precoz, que permanecer en casa nos ahorra disgustos, mentadas y combustible. Nuestras calles –todos lo sabemos- son de alto riesgo, y si no es por estricta necesidad, más vale quedarse en casita. La gente que se queda en su casa, entretenida en sus cosas, rara vez hace daño a nadie: lo trágico de la vida es que en casa la mayoría de la gente se aburre y, al tratar de sobreponerse al aburrimiento, es cuando sobreviene el conflicto. En ese afán de superar el aburrimiento, poetas y literatos han puesto su cuota. Así, Tolstoi advierte, al inicio de Ana Karenina, que “las familias felices no tienen historia”. Y, ¿cuál es el afán de tener historia?, digo yo.

     

    La gran batalla de este mundo se da entre quienes disfrutan quedándose en casa y los que en casa se aburren. Hay que luchar contra el aburrimiento del hogar, y si para ello hay que fundar una pandilla, capitanearla y lanzarla contra la del barrio vecino, pues a hacerlo; no queda más. Si para salir del aburrimiento que me produce el exceso de tiempo libre, de salud y de dinero, es necesario convertirme en líder para organizar el hambre y la pobreza y lanzarlas contra quien se ponga enfrente, pues, adelante. O jalarle los pelos al león haciendo monitos. De paso me libro del anonimato. Famosos líderes ha habido que se convirtieron en tales luego de que les aburrió el billar. No es otro el origen de las grandes revoluciones, de los golpes de estado, persecución de herejes y cosas de ese jaez. Nietzsche, siempre Nietzsche, escribía: “Más que ser felices, los humanos quieren estar ocupados. Todo el que les procura ocupación es, por lo tanto, un bienhechor”. Siempre me he preguntado de dónde saca España tanta gente y tanto tiempo para tantas marchas. ¿Será efecto no deseado del paro? ¡La huida del aburrimiento! ¿Y qué pensar de los que se dicen maestros en Oaxaca y en Guerrero? Esos no se han aburrido en los últimos 40 años. En oriente, la sabiduría se acomoda al aburrimiento, hazaña que a los europeos les resulta tan difícil que sospechan que la sabiduría es imposible. De tal forma, pues, que los bienhechores de la humanidad son los que nos mantienen ocupados, los que han aliviado el hastío de los pueblos, entre los cuales se cuentan los más célebres carniceros de la humanidad. Hitler, Stalin y Churchill mantuvieron ocupada a Europa por varios años; cuando se les unió Roosevelt, el jaleo adquirió proporciones mundiales. Hasta que, por fin, Truman, puso un contundente final al asunto mediante el lanzamiento del cohetón en Nagasaki. Qué sería de la industria del cine sin estos “bienhechores”. Por eso pienso que el aburrimiento es ingrediente fundamental de las desventuras históricas. Al igual que las siestas, según Fuentes Mares, durante las cuales se puede perder la mitad del territorio nacional o que el cónyuge te adorne el frontispicio. (Esto, según Fuentes Mares)

     

    Estupidez

    Pero al lado del aburrimiento puede estar también la estupidez; cosa grave es la estupidez y mal muy extendido y que afecta solo a los humanos. Y no vamos a caer en la tentación escolástica de definir. Savater, citando la obra Allegro ma non Troppo, de Carlo Cipolla, dice que los evidentes y numerosos males que nos aquejan tienen por causa la actividad incesante del clan formado por los máximos conspiradores espontáneos contra la felicidad humana, a saber: los estúpidos. No hay que confundir a éstos con los tontos, porque puede haber intelectuales, profesionistas –incluso genios-, que padezcan este mal. La estupidez es una categoría moral, no una clasificación intelectual: se refiere, por tanto, a las condiciones de la acción humana. Según el citado Cipolla, pueden establecerse cuatro categorías morales: los buenos, cuyas acciones logran ventajas para sí mismos y también para los demás; segundo, los incautos, cuyas acciones sólo proporcionan ventajas a otros; luego, los malos, que obtienen ventajas para ellos a costa de otros; y, por fin, los estúpidos, cuyas acciones no obtienen ventajas ni para ellos ni para los otros. Peregrina clasificación. La opinión de Cipolla es que hay muchos más estúpidos que buenos, malos o incautos. O como señala mi querido amigo Inocencio Reyes Ruiz, “hay más burros que burros”. Así, vemos buenos escritores estudiosos, y talentosos, anclados firmemente en el s. XIX ignorantes de que ya llegamos al XXI. Lo terrible de esta categoría –según lo adivinaba Anatole France- es el hecho de que el estúpido es peor que el malo, porque el malo descansa de vez en cuando, pero el estúpido nunca. Su acción es continua y su intención es arreglar y enmendar los males de los demás y los males del mundo.

     

    La estupidez, que también está globalizada, la podemos descubrir contemplando el mundo: cientos de millones de seres humanos se mueren de hambre, y los recursos económicos se gastan en armamento, o en mármol para decorar las oficinas donde despachan los luchadores contra el hambre; el ozono del firmamento, el agua de los mares y las selvas de la tierra son sacrificados como si conociéramos el modo de reponer tan indispensables riquezas. Anualmente asesinamos 100 millones de tiburones; los rinocerontes se extinguen con la única finalidad de quitarles el cuerno que supuestamente es afrodisíaco. La estupidez la vemos en los fundamentalismos; Boko Haram es una vergüenza de la humanidad. La estupidez queda de manifiesto cuando en un país con más de un 50% de pobres, organiza elecciones de 18mmp y subvenciona partidos con más de 5mmp, y en momento de recesión y cuando otros países optimizan el gasto. Nunca imaginé un gobierno regalando televisores.

     

    Los intelectuales, los filósofos, los hombres de letras no escapan a esta enfermedad –advierte Savater-. La llevamos dentro, como los mineros la silicosis. Vea usted cómo Saramago, Gabo, entre otros, y el parlamento europeo en pleno, en su momento, se ocuparon de Marcos. El test para el autodiagnóstico de la estupidez me ha dejado seriamente preocupado. Los síntomas más frecuentes de la enfermedad son: espíritu de seriedad, sentirse poseído por una alta misión, miedo a los otros, acompañado del loco afán de gustar a todos; (cuyas deficiencias son vistas como ofensas personales o parte de una conspiración contra nosotros), impaciencia ante la realidad; mayor respeto a los títulos académicos que a la sensatez o fuerza racional de los argumentos expuestos, olvido de los límites (de la acción, de la razón, de la discusión) y tendencia al vértigo intoxicador.

     

    Termina Savater su reflexión llevando a los intelectuales a preguntarse: ¿Qué ha hecho usted frente a los males del mundo presente? Ojalá podamos contestar con la sencillez, la humildad y la luminosidad de Albert Camus: “Para empezar, no agravarlos.” Si eso nos parece poco, mal andamos…

     

    No sé si esto sea filosofía, pero es una estupenda página de Savater.

     

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