Sirácida 35,12-14. 16-18, Sal. 33, Tim. 4,6-8.16-18. Lc. 18, 9-14

 

La oración del pobre

Atraviesa las nubes.

(1ª Lec).

 

El fragmento evangélico de hace ocho días, (18,1-8),- si bien interrumpido por la liturgia del Domund -, subraya dos características de la oración cristiana: la confianza y la perseverancia, (Para inculcarles que es necesario orar siempre y orar sin desfallecer, les propuso esta parábola. 8,1). Si un juez inicuo es capaz de oír las súplicas de una vida y hacer justicia, aun de mala gana, “Dios, ¿no hará justicias a sus elegidos que gritan a él día y noche? Solo que hay un problema: «Cuando llegue el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra?». (18,9).

 Pareciera, entonces, que el tema de este domingo es continuación del tema del domingo pasado, o sea, el tema de la oración que evoluciona. ¿Podríamos decir  entonces que hoy se trata de otra característica de la oración cristiana; de la humildad, en concreto? Ciertamente la oración cristiana no puede partir de una imagen demasiado buena de nosotros mismos. Jamás la oración cristiana puede apoyarse en la autocomplacencia y en el desprecio a los demás. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes, dice S. Pedro. La reclamación del pobre atraviesa las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansa; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia. (Sir. 35,21).  

 La primera lectura dice: “El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias. No menosprecia a nadie por ser pobre, y escucha las suplicas del oprimido. No desoye los gritos angustiosos del huérfano, ni las quejas insistentes de la viuda”. Contamos pues, con un primer punto de la oración, como un primer polo: la certeza de que Dios Padre escucha siempre nuestra plegaria, que nos socorre siempre de nuestras necesidades. Y el otro polo de la oración es nuestra indigencia reconocida y asumida, somos nosotros siempre incapaces e impotentes por nosotros mismos en todo lo que mira a nuestra salvación. San Francisco de Asís, que sabía mucho de la oración, glosaba así la oración del publicano: “¿Quién eres tú, Dios mío, y quien soy yo, gusano miserable de la tierra?”, tal vez estas palabras de San Francisco repugnen a nuestra actual sensibilidad,  pero eso no les quita nada de su certeza. “La oración del humilde atraviesa las nubes”. “En ese pongo mis ojos, dice el profeta Isaías, en el pobre, en el humilde, en el abatido, en el que se estremece ante mi palabra”, (cf. 66,1-2).

 Por eso nuestra oración no es el resultado de ejercicios de respiración, de yoga, de meditación trascendental u otro tipo de disciplinas de corte oriental, la oración cristiana es un don de Dios que brota del amor, de la fe, de la esperanza. A este respecto podemos leer la carta de S. Agustín a Proba, maravilloso tratado sobre la oración, reportada en el oficio de lectura (XXVIII). La oración no se puede apoyar en la descalificación de nuestro prójimo, tal actitud simplemente no permite oración. “El que dice: yo no cometería tal pecado, ese no es cristiano”, dice San Agustín, por el simple hecho de que si no hemos cometido tales y cuales pecados es sólo por la gracia de Dios. La primera lectura y el salmo dejan bien sentado que Dios escucha la oración del humilde.

 Los versículos tomados del salmo 33 que forman el salmo responsorial de la liturgia destacan, de igual manera, el acto de confianza que hace posible la oración: cuando uno grita al Señor lo escucha y lo libra de todas sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor. El cuida de todos sus huesos y ni uno solo se quebrara.  Este último versito lo aplicará San Juan a Cristo en la cruz. La atmósfera entonces, de la oración es siempre la confianza, la certeza de que Alguien está frente a nosotros y nos escucha y le interesan nuestras cosas. Perseverancia, confianza, humildad; sin estas actitudes, la oración es imposible o se convierte en un autoengaño.

 La parábola de hoy va claramente dirigida a los fariseos. Y debemos contar con que el fariseísmo nunca ha sido superado del todo. Lucas nos revela aquí, no solamente dos formas de oración, sino dos actitudes del hombre ante Dios. Estas actitudes definen  la oración. El contraste entre los dos orantes, es el contraste de dos actitudes fundamentales en religión. Una actitud queda en el plano del orgullo, la otra en la humildad. El orgullo o la humildad modelan las almas.

El fariseo toma posiciones contra Dios; está “de pie” ante el altar para presumirle a Dios sus virtudes; el publicano se mantiene a la entrada del templo, lejos, con la cabeza agachada, “no se atrevía a levantar los ojos”, y golpeándose el pecho, solo sabe decir: “Dios mío, apiádate de mi, por que soy un pecador”.  Esta parábola está encaminada a hablarnos de la oración, o mejor, de la actitud que hace posible la oración. En Lc. 18,1-8 nos habla  de las cualidades de la oración, ahora nos habla de otra: la humildad, (18, 9-14); Lucas nos habla aquí de la actitud fundamental desde la cual es posible la oración. Y es que la oración, es en sí misma, un don de Dios. “Tu no lo buscarías a él, si él no te hubiera encontrado ya”, decía San Agustín. Y la es  oración la búsqueda de Dios; busco tu rostro, Señor, dice el salmo.

El fariseo va presumirle a Dios sus “buenas obras” y sus virtudes con el agravante inaceptable de la descalificación del otro. Jesús ha condenado, hasta tal punto las críticas a nuestros hermanos, que  nosotros nos las deberíamos de prohibir de una vez para siempre. He aquí una buena regla práctica: no hablar de lo malo más que cuando ya no queda nada bueno que contar, afirma comentando esta parábola, L. Cerfeaux. La mezcla de la oración con la vanidad y la crítica es contra la naturaleza. La oración es la gloria de la unión con Dios; y no una máscara bajo la cual se sigue llevando una vida vulgar, insustancial, hueca.

Tal vez el fariseo no es ni ladrón, ni injusto, ni adultero. Pero omite algunas taras de la vida; San Pablo que había sido el del gremio, no se hacía muchas ilusiones. En todo caso, si el fariseo ha evitado esas faltas, se lo debe a Dios; y si Dios le abandonara, sería un pecador como el que él desprecia, y por este gesto lo es, y peor porque carga con el pecado de orgullo. Podemos convencernos de lo que valemos, cuando comprobamos nuestras cobardías y nuestras traiciones. Es una simple cuestión de experiencia y de honestidad. Cuando, con la gracia de Dios, podemos ver nuestros pecados, grandes e innumerables, no nos resulta difícil tomar la actitud del publicano. Según J. Jeremías, la oración del publicano es el espíritu del salmo 50.

A la estima, infantil o astuta, de sí mismo, corresponde el desprecio de los demás: ladrones, adúlteros, como ese publicano. ¿Qué sabemos, en realidad de nuestro prójimo? ¿No ha condenado Jesús con toda su energía nuestra tendencia a juzgar, a encasillar a nuestros hermanos? “No juzguen y no será juzgados; con la vara que midas serás medido”. Además toda regla tiene su excepción. Dios ha escogido de entre ellos, de entre fariseos y publicanos, a sus más grandes paladines: a Pablo, a Justino, a Agustín, a Ignacio de Loyola, o a Carlos de Foucauld. Y a tantos otros. Dios tenía un plan sobre ellos, y donde nosotros, fariseos, vemos cizaña, él ve trigo bueno. En realidad esto no tiene nada que ver con la oración. La mezcla de la oración con la vanidad y la crítica al hermano es contra la naturaleza. La oración es la gloria de la unión con Dios; y no una máscara bajo la cual se sigue llevando una vida muy poco o nada cristiana

Comentando esta parábola, L. Cerfeaux cita  una carta de S. Clemente Romano, el tercer Papa, (91-101), a la que califica de «hermosa y auténtica acción de gracias». Dice así: “Que el cuerpo que formamos en Cristo esté todo el en buen estado y que cada uno este sometido a su prójimo siguiendo la gracia que le ha sido dada. Que el fuerte proteja al débil, que el débil respete al fuerte; que el rico socorra al pobre; que el pobre de gracias a Dios, que le ha dado con que suplir su insuficiencia; que el sabio muestre su sabiduría, no en palabras, sino en buenas obras; que el humilde no se califique así mismo, sino que espere la aprobación de los otros. Que el que es casto en su carne no se gloríe, sabedor de que es «otro» el que le ha concedido la gracia de la continencia. Reflexionemos, pues, hermanos queridos, sobre la materia de que estamos hechos, lo que somos, y el estado en que llegamos al mundo. Pensemos de qué tumba y de qué tinieblas nos ha sacado el que nos ha creado para introducirnos en su mundo, después de habernos preparados sus beneficios antes de que naciéramos. Todas estas cosas las tenemos de él; por eso, debemos darle gracias por todo, a El la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

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Comporto  contigo parte del comentario de Joaquín Jeremías a esta parábola. Como sabes, este autor, alemán  y protestante, es  punto obligado  de referencia  sobre el  estudio de las parábolas:

 “…. Y luego la frase final: «Os digo que, cuando este regreso, Dios le había justificado, y al otro no». Esta es una conclusión que debió sorprender totalmente a los oyentes. Ninguno de ellos la esperaba ciertamente. ¿Qué ha hecho mal, pues, el fariseo? ¿Y qué había hecho el publicano para reparar su culpa? Jesús no responde a estas preguntas, si se ha de hacer abstracción del v, 14b. Dice sencillamente: ¡así juzga Dios! Sin embargo, de manera indirecta da una indicación de por qué Dios obra aparentemente de un modo tan injusto. La jaculatoria del publicano es una cita. Reza las primeras palabras del salmo 51, añade solamente (en un sentido adversativo) “a mí, pecador”: “Dios mío, ten compasión de mí, aunque soy tan pecador” (v.13). Pero en el mismo salmo 51 se dice: “El sacrificio que agrada a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito, oh Dios, no lo despreciarás” (v.19). Así es Dios, dice Jesús, como está escrito en el salmo 51. Dice “sí” al pecador desesperado y “no” al justo ante sí mismo. Él es el Dios de los desesperados, y su misericordia con aquellos cuyo corazón está quebrantado no tiene límites. Así es Dios. Y así obra por medio de mí como su representante.

 A mi juicio, el verdadero núcleo, la clave de la parábola, es la siguiente: no se puede mantener una relación con Dios, y la oración es la esencia de la tal relación, manteniendo, al mismo tiempo, una vana autocomplacencia y una actitud de desprecio del prójimo. Es una variación del tema: el que no ama a su hermano tampoco ama a Dios. Resulta asombrosa la facilidad con que muchas almas cristianas pasan sobre este dato elemental. Parecen decir: con Dios no tenemos problemas, con nuestros hermanos; ¡a éstos ni verlos! El binomio, amar a Dios y amar al prójimo, queda  roto.