El infierno.

1.- El arco del dolor físico es vastísimo. Así, en superlativo. Pero es físico, es decir, afecta la sensibilidad de nuestro organismo conectada por una infinidad de terminales nerviosas que avisan al sistema central de la alteración de una parte del todo. Es la admirable unidad del cuerpo humano.
Esto es tan cierto que Pablo toma de ello la imagen literaria para designar una nota esencial de la comunidad cristiana, la comunión y la solidaridad. “Cuando un miembro sufre, los demás miembros sufren con él”, afirma. Y también dice: “¿quién peca sin que yo sufra?”, o también, “el ojo no le puede decir a la mano: no te necesito”. Esto vale igual en el ámbito social. Los romanos, para designar la misma verdad, acuñaron frase parecida, solo que la aplicaban al cuerpo social-político: “cuando la cabeza duele, duele todo el cuerpo”. Con ello afirmaban que, cuando los responsables, las cabezas del organismo social, duelen, enferman, todo el cuerpo se descompone, sufre, duele. Tal verdad de la filosofía política pragmática de los romanos encerrada en este aserto, brilla fulgurante y trágica ahora, en Guerrero.

2.- Un pequeño y doloroso accidente culinario, (relativo a la cocina), ha sido suficiente para obligarme al reposo, al cuidado escrupuloso, a pensar en serio en la gravedad de la glucosa en la sangre, en estos y parecidos casos. Y no puede uno sustraerse al pensamiento sobre aquellos que sufren estos accidentes en grado mayor. Pienso en aquellas personas que han sufrido tan terrible accidente. Es inimaginable; nos enteramos, a veces, de que alguien sufrió quemaduras de 2º y 3er grado en el 70% de su cuerpo. Creo que solo quienes han sufrido semejante desgracia pueden decir lo que tal cosa significa. El dolor, atroz; el cuidado, exhaustivo; los controles para evitar infecciones al máximo. Y, ¿qué pensar cuando resultan afectados órganos más delicados en el organismo o cuando la cara queda marcada por la furia del fuego?

Amplia es la gama del sufrimiento físico, y las causas múltiples. No pocas veces esta va asociada al dolor moral. ¡Cuál será el dolor de unos padres, cuyo vástago ha sufrido un accidente de este género! El dolor del paciente, la lenta recuperación y las consecuencias, incluso psicológicas. Recuerdo el caso de una niña, Mayté, que a sus muy cortos años, jugando se acercó a la chimenea encendida; su vestidito de tela sintética se encendió, ella quedó envuelta en llamas y el plástico de su vestidito se fundió a su piel. Tres o cuatro años tendría esta niña a la que he querido siempre con un cariño especial. Traslado a los hospitales de Chihuahua, tratamiento prolongado y operaciones subsiguientes. El dolor y el sufrimiento de los padres, todo eso significa un accidente de éste género. También recuerdo a Carlitos; en un accidente similar y su cara quedó marcada de por vida con el rictus cruel de la quemadura. Y también su alma. Esta tragedia da pie a la conocida obra El Fantasma de la Opera.

De tal experiencia brota la sabiduría elemental y popular que cuaja en el refrán. “Con la lumbre no se juega”, recuerdo que solía decirnos mi abuela cuando nos veía jugar “con lumbre”. ¡Y cómo nos gusta jugar con lumbre! “No hay loco que coma lumbre”, dice otro refrán. “El perro que se quemó con calabaza, después, hasta a las guías, les brinca”. O su variante, “el que se quemó con leche, hasta al jocoque le sopla”. Pues bien, hay que evitar el trauma y yo seguiré cocinando, es mi terapia ocupacional, y preparando deliciosos y variados espaguetis y otros platillos que han sido la delicia de los afortunados que los han saboreado. En realidad mi accidente fue leve, mínimo. Pero, las quemaduras duelen. Todas. Y en el obligado reposo he trazado estas líneas.

3.- El fuego eterno. Si una simple quemadura física nos hace sufrir, ¿qué y cómo será el fuego eterno al que estamos destinados los pecadores?, ¿qué y cómo será el infierno? En esto dependemos más del Dante que de la Biblia. En el arte humano ha cristalizado en las peores formas imaginables lo que se supone es el infierno. Aquellos predicadores de “Infierno en ristre” nos preocupaban y asustaban. Esto no estaba del todo mal. El fuego infernal, dañará con especial furia aquellos miembros de nuestro cuerpo con los que hayamos pecado más, nos decían en los ejercicios cuaresmales. Repito, esto no estaba mal; después de todo el miedo al castigo eterno es un buen principio de conversión. El texto sagrado dice: “Piensa en la corrupción del sepulcro y dejarás de pecar”. Y lo mismo se leía en los libros piadosos y en los devocionarios de la época. La conclusión más sabia era: si no quieres ir a parar a semejante lugar, lo mejor es dejar de pecar. Sobre todo, sabiendo que los miembros con los que más hemos pecado van a ser tratados de forma especial. En mi imaginación infantil, veía lenguas achicharradas, manos chamuscadas debido al robo, “y algo más también, difícil de decir”, como canta la tonadilla. Pero, ¿cómo quemar la soberbia, el orgullo, los malos sentimientos, las envidias y los celos, los pecados del espíritu?

4.- ¿Podrá haber una forma peor para castigarnos a nosotros, pobres pecadores? La pregunta no es tanto si existe el infierno, sino si existe tal como nos ha sido transmitida su imagen. ¿Cómo será el infierno? Peroles de aceite hirviendo, azufre a la misma temperatura, fuego inextinguible, eternidad, eternidad, eternidad. «El que entre aquí, deje afuera la esperanza», son las palabras que según el Dante, están escritas sobre la puerta de acceso al infierno.

Y uno acaba por preguntarse, ¿el buen Dios, habrá hecho algo semejante para sus hijos que, más que malos son débiles y pobres, desorientados? Sin duda, cuando uno ve ciertas cosas, como el haber desollado a un joven y vaciado las cuencas de sus ojos, tal es el caso Iguala; cuando uno piensa que desollar es quitar la piel, como se quita la piel a un cabrito, a un borrego, a una res, y muy probablemente antes de morir la víctima; después, solo el escarmiento social lo explicaría; cuando uno se entera de la existencia de la acción macabra de los descuartizadores, cuando sabemos de la industria del secuestro, con la crueldad que implica, del sicariato, de los abusos sexuales contra los niños, de la corrupción, del robo; cuando, en vez de ayudar destruimos, cuando la avaricia está por encima de todo, pensamos: si no hubiera infierno habría que inventarlo. Entonces, el castigo no está en duda; sin ese examen final que será el juicio de Dios, sin ese juicio que nivelará todas las cosas, que aniquilará todas las injusticias, que implantará definitivamente el reino de la justicia, de la paz, de la verdad y del amor, que colmará nuestra sed de ser, todo perdería seriedad. Sería como una escuela sin exámenes, regida solo por el pase automático, que en tal caso, simple y sencillamente, ni escuela sería.

5.- ¿De dónde surge la idea de ese fuego eterno? Algunos dicen que es simplemente fruto de la imaginación de crueldad oriental. Resulta curioso constatar cómo dentro del mundo bíblico esta idea fue evolucionando lentamente. Originalmente se refiere a un lugar físico: «el valle del hijo de Hinnom», en hebreo ge-hinnom. Que no es otra cosa que el nombre del valle que divide la antigua Jerusalén de las colinas al sur y al oeste. Ahí se realizaban cultos paganos, por eso fue satanizado por el judaísmo, sobre todo por Jeremías que maldice el lugar y profetiza que será destinado a la muerte y a la corrupción. De este lugar físico pasa a otro estadio en donde ya se habla de fuego, de fosa profunda, de lugar de los muertos, del olvido, de la aniquilación.

El Nuevo Testamento hereda esta idea y la traduce al griego por Gehena. La traducción latina, a su vez, usará la palabra infierno. Son los tres pasos de esta evolución terminológica y teológica. Jesús usará siempre, según los textos griegos que poseemos, la palabra Gehena para referirse a lo que nosotros llamamos infierno. Indiscutiblemente se trata del lugar de la frustración total, de la separación de Dios, «de la segunda muerte» de la que habla el Apocalipsis.

En los evangelios Jesus habla del infierno. Su predicación nos pone ante la disyuntiva de elegir entre el bien o el mal, entre el amor a Dios y al prójimo por una parte, y el rechazo egoísta y orgulloso, que encierra al hombre en sí mismo, por otra. Nos pone en guardia, diciendo que ambos caminos son posibles. Para ello Jesús no duda en retomar por su cuenta las imágenes de la Escritura y las representaciones judías más violentas de su tiempo: «el horno ardiendo», «el llanto y el crujir de dientes» (Mt. 13,42), «la gehena donde el gusano no muere y el fuego no se apaga» (Mc. 9,47-48). Es el Señor quien dice a las vírgenes insensatas: «No os conozco» (Mt. 25,12) y manda que se arroje al siervo perezoso y egoísta a «las tinieblas exteriores» (Mt. 25,30). El mismo Jesús será el Hijo del hombre que decida en el momento del juicio final: «!Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles! (Mt. 25,41). Quienes han optado contra el amor de Dios tendrán el destino común con el diablo y sus ángeles.
No se pueden suprimir estas páginas amenazadoras del evangelio. Pero la intención general de estos textos es evidentemente invitar a la vigilancia cristiana. Recuerdan el riesgo que se corre y lo que está en juego en el comportamiento del hombre. En su detalle, estos textos pertenecen al género de las parábolas, es decir, son representaciones ficticias que evocan unos acontecimientos a los que Jesús quiere que sus oyentes escapen. Estas parábolas no son «reportajes anticipados» (K. Rahner) de lo que un día ocurrirá, sino una interpelación al hombre vivo hoy y una advertencia de que se está jugando todo su ser en y por el compromiso de su libertad.

6.- El infierno, riesgo inherente a la libertad creada. Estamos aquí en el núcleo del problema: el conflicto no se sitúa entre la misericordia y la justicia de Dios, sino entre esta misma misericordia y la libertad del hombre. Si se quiere simplificar el problema, a riesgo por lo demás de caricaturizarlo, se podría establecer así el dilema: o el infierno existe y Dios no es verdaderamente el Amor; o bien, el infierno no existe y la libertad del hombre tampoco. Conviene sopesar adecuadamente ambos datos contrapuestos. El primero es relativamente evidente: por sí mismo, el Dios Amor no puede aceptar un infierno eterno. El segundo es más complejo: si se me dice que, haga lo que haga, seré de todos modos salvado por Dios aunque rechace con todo mí ser esta salvación y me rebele contra ella, ¿qué queda de mi libertad? ¿Cómo podría además encontrar mi felicidad en algo que me repele y que se me ha impuesto contra mi voluntad? ¿Todas nuestras vidas no serían entonces objeto de manipulación, y no seríamos, a fin de cuentas, sino marionetas en las manos de Dios?

La libertad del hombre es un «misterio». La filósofa y carmelita Edith Stein (muerta en Auschwitz en 1942) escribía: «Toca al alma decidir por sí misma. Ante el gran misterio que constituye la libertad de la persona, Dios mismo se detiene». Dios se detiene ante el narcotraficante, el sicario, el político cómplice y corrupto, ante el pecado del hombre. Terrible misterio. ¿Cómo no habrá responsabilidad ante él?

Nuestra libertad es «la facultad de lo definitivo» y «el acontecimiento de lo eterno» (K. Rahner), y el infierno, propiamente hablando, no es una creación de Dios, sino una creación del hombre. El rechazo eventual de un solo hombre crearía ya un infierno. Por desgracia, repetidos acontecimientos de nuestro tiempo han ilustrado trágicamente hasta qué punto es el hombre capaz de ello. El odio del hombre al hombre ha creado en los campos de concentración verdaderos infiernos, a menudo perpetuos, porque para muchas de sus víctimas eran impensable la posibilidad de la liberación. Ante tales horrores nos sentimos tentados a acusar en primer lugar a Dios. Pero, ¿no es cosa más bien de nosotros mismos y del género humano?

7.- ¿Quién es el culpable de la “crisis de las instituciones”? ¿Dónde residen la mentira y la corrupción? Lo de Iguala está esperando suceder en cualquier parte del país. Iguala es un microcosmos del país. ¿Dios es el culpable de ese infierno? Mis pacientes lectores conocen mi creo político: “Si se destruye la civilización y se da muerte a la mayor parte de la humanidad dentro de los próximos 40 ó 50 años, no ocurrirá por las plagas o la peste (ébola): nos matará la política. La política se ha convertido materialmente en una cuestión de vida o muerte”.

Los infierno que hacemos. a). África es el lugar donde tienen su asiento todas las miserias pensables; pero no es una fatalidad, es el resultado de la avaricia occidental que ha sumido en el miseria y el abandono a esos pueblos robándoles todas la materias primas y vendiéndoles armas para sus crueles guerras. El ébola, dentro de la seriedad, tiene mucho de pantalla. Ciertamente reviste gravedad; desde Misiones Salesianas denuncian que “cada día mueren alrededor de 10.000 personas por desnutrición en el mundo”. “En diez meses han muerto 4.000 personas por ébola, pero en esos mismos meses han muerto unos tres millones de personas por falta de recursos y de alimentos y nadie habla de la epidemia del hambre y de la pobreza”. Incluso, si esos pueblos tuvieran agua y lejía suficientes, no existiría el ébola. Es la proverbial hipocresía occidental. “La pobreza está en la raíz de esta epidemia, por ello, es tan importante concienciarnos de que luchar contra la pobreza es luchar por el desarrollo mundial”.

b). Iguala. “Para lograr la hegemonía local, los grupos del crimen organizado requieren de una sociedad desarticulada y aterrorizada, incapaz de cuestionar y desobedecer los dictados de las autoridades de facto. Por ello los criminales buscan establecerse en zonas con poca organización social. Pero cuando las zonas estratégicas para el trasiego y la producción de droga están en lugares donde operan fuertes movimientos sociales y comunitarios —como Iguala—, los grupos criminales intentan doblegar a los colectivos sociales mediante la compra de sus líderes o mediante la represión selectiva y ejecuciones ejemplares”. (G. Trejo. Ciencia Política en la Universidad de Notre Dame).

Todo a propósito de un accidente culinario!