Is. 49, 3.4-5; Sal 39; 2 Cor. 1-3; Jn. 1, 29-34

 Bien podríamos comenzar nuestra homilía de hoy comentando la segunda lectura tomada de ICor. El saludo del Apóstol y su colaborador Sóstenes a la comunidad. Esa comunidad está formada por aquellos que “Dios consagró en Cristo Jesús”; constituyen un pueblo santo. El saludo desborda  a la comunidad de Corinto  y alcanza a “todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús”. A todos ellos “la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor”. Me parece que de esta manera queda marcado la línea que atraviesa el Año Litúrgico y que se irá desgranando domingo a domingo: el anuncio y acogida del evangelio de la paz; la vivencia de ser pueblo consagrado, llamado a invocar a Cristo Jesús a vivir la paz que ha venido a traernos.  El Año Litúrgico, decía Pío XII, “es Cristo que pasa de nuevo en medio de nosotros con la misma bondadosísima intención de hacer el bien a todos y curar a los oprimidos por el Diablo”.

Si pudiéramos hablar así, diríamos que en la liturgia de la palabra de este domingo, se intenta cimentar más profundamente el mensaje doctrinal de este ciclo. Se trata del II Domingo y la primera lectura, el salmo y el fragmento evangélico constituyen una unidad temática: el proyecto de Dios que se realiza en el misterio pascual de Cristo, en el misterio de la cruz donde tienen cumplimiento las imágenes del Siervo y del Cordero. Ese misterio revelado en Cristo, y del que Pablo se declara servidor, (II Lec), no es otra cosa más que el misterio de la redención humana: Cristo, con el misterio de su muerte y resurrección, ha tomado sobre sí los pecados del mundo, los ha pagado con su sangre y ha realizando así la reconciliación de la humanidad caída con Dios.

Is. 49, 3-6. Es conveniente leer desde el v. 1, y mejor aún,  leer todo el fragmento hasta el v. 13; se trata del llamado “Segundo Cántico del Siervo”. Mucho han discutido los estudiosos sobre la identidad del “Siervo del Señor”; nosotros sabemos que estos textos se aplican, en plenitud de sentido, a Jesús; (sensus plenior). Precisamente en el Bautismo, Jesús aparece como el Siervo del Señor. Recordamos el pasaje de Hech. 8,26-32; Felipe y el etíope que va leyendo uno de los “cánticos” del Siervo”. “¿De quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo o de otro?, pregunta; Felipe tomó la palabra y, a partir de aquel pasaje, le explicó la buena nueva de Jesús”. (vv. 34-35). Los exegetas hacen lo suyo, pero la “Escritura es la mejor intérprete de sí misma”, (Interpres sui, decía Lutero).

Lo que Isaías dice en este fragmento, se aplica a Jesús con sentido pleno. La vocación: “El Señor me ha dicho: Tú eres mi siervo, Israel, sobre quien he manifestado mi gloria”. Así pues, desde los mismos orígenes de la existencia, la vocación se hace personal; el Señor  ha plasmado desde el seno materno a su servidor, para reunir al pueblo disperso; pero la misión adquiere una dimensión universal: “es poco que seas mi servidor, para restaurar las tribus de Jacob,…., Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. Recordamos las palabras de Juan que interpretan la muerte de Jesús en esa clave: Jesús ha de morir, “no sólo por la nación, sino, también, para reunir a los hijos de Dios dispersos”

El Siervo habla en primera persona ofreciendo las credenciales que legitiman su misión, al estilo de los relatos de vocación profética. La suya es una llamada a la salvación y a la revelación de la «gloria» y de la «luz» de Dios, (la luz es un tema permanente en todo lo que llevamos de este ciclo y aparecerá en el próximo domingo como programa literario del Evangelio de Mateo), no sólo en lo que se refiere a Israel, sino a todas las naciones: Te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos confines de la tierra (Is. 49, 6).

Salmo. La actitud de Cristo en su Encarnación es abordada en la carta a los hebreos, cuando comenta el Salmo 39: En efecto, Hb. Pone en boca de Cristo hecho hombre los versos 7 y 9 de éste salmo. Cristo, aceptando plenamente el plan del Padre, realiza el gran sacrificio, aboliendo y dando sentido a todos los precedentes. Cristo paciente suplica al Padre y es escuchado, Hb. 6,7. Pasando a través de la muerte entra a la nueva vida, se hace modelo y compañero de todos los que dan gracias a Dios por la liberación. Contemplando a Cristo, aprende el hombre el sentido de su propio sacrificio, que es la entrega total al Padre.

Ahora, es el Bautista quien, por revelación divina descubre en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; el que es anterior, preexistente, el que existía desde el principio, al que Juan no conocía, pero, “el que lo envió a bautizar” le revela la identidad de Jesús. «Aquél sobre el que veas que baja y permanece el Espíritu Santo ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.  Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (en una de las infinitas “traiciones” que el texto de la Buena Prensa hace al Texto de la Escritura la encontramos este domingo cuando traduce el verbo griego menein por «posar»; menein  significa permanecer: Jesús es el hombre poseído por el Espíritu, aquél en quien se posa y «permanece» el Espíritu, por ello, es él, quien puede dar el espíritu y bautizar en  Espíritu. Esta es una línea teológica esencial en el IV evangelio.

También Cristo es presentado por el bautista como el cordero: «he ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El horizonte de la misión de Cristo es igualmente universal: «el Cordero» (en arameo, el término para Cordero y Siervo, es idéntico), es el Siervo sufriente e inocente que toma sobre sí el pecado, no sólo de Israel sino de toda la humanidad. De hecho, en el IV Canto del Siervo leemos: Maltratado, aguantaba, no abría la boca; como Cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca (53,7). Esta alusión nos remite, también, al Cordero Pascual (Ex. 12, 1-28) que el evangelista Juan identifica explícitamente con el Cristo levantado en la Cruz, al que no se le quebró ningún hueso (Jn. 19,36) como en la celebración nocturna de la liberación del pueblo hebreo. (No olvidemos que nosotros, en la santa Eucaristía, celebramos este misterio; ahí volvemos a escuchar, al momento que el sacerdote presenta la Hostia Santa: éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y añadimos, – porque la Eucaristía es también banquete y porque el Cordero era comido en la celebración -: dichosos los invitados a la cena del Señor).

He aquí el que quita el pecado del mundo. La definición del bautista nos presenta a Jesús como el que libera al hombre del mal. El drama del pecado radical del mundo no pierde su peso específico, pero ahora se coloca en un plano diverso. Para todo cristiano el problema central debería ser aquel, que un año antes de su muerte, en el campo de concentración, planteaba  D. Bonhoeffer: El problema que jamás me deja tranquilo es el de saber qué cosa sea realmente para nosotros, hoy, el cristianismo, y también qué sea Cristo. El problema es: Cristo y el mundo que se hace adulto. Es el problema radical que podemos plantearnos también nosotros hoy: ¿Qué es Cristo realmente para mí?

Comparto contigo el comentario de J. Blank al texto de Jn.1,29-34. Partiendo del hecho que Jesús fue ejecutado la víspera de la fiesta de pascua y que la comunidad primitiva, de la mano sin duda de las palabras de pronunciadas sobre el cáliz, entendía la muerte de Jesús como una muerte propiciatoria y vicaria, se impone admitir que una interferencia del cordero pascual con el siervo sufriente de Yahveh en Is. 53. Es una superposición que ya aparece en Justino: «La pascua, en efecto, era Cristo, que más tarde fue sacrificado, según lo dijo también Isaías: Como un cordero fue conducido al matadero» (Is. 53,7). Justino reproduce aquí, a no dudarlo, una tradición más antigua. Por lo que con razón propenden recientemente muchos exegetas a no establecer ninguna alternativa tajante entre el siervo de Dios y el cordero pascual, sino que ven ambas realidades en el símbolo del cordero. Incluso resulta secundaria la cuestión del valor expiatorio del cordero pascual; la idea de la propiciación se ha tomado de Is. 53.

Así pues, cuando a Jesús se le designa «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», en tal palabra simbólica late la confesión y reconocimiento de Jesús como el salvador escatológico, que con su muerte en cruz obró la salvación del mundo entero mediante un acto de expiación sustitutoria. De ese modo proyecta ya su luz el final victorioso de la pasión y muerte desde el comienzo mismo del cuarto Evangelio.

El giro «que quita el pecado del mundo» recuerda la afirmación  «llevó el pecado de muchos» (Is. 53,12), aunque hay dos diferencias dignas de mención, a saber: en el v. 29b no habla de «pecados» en plural, sino del «pecado» en singular y con artículo. En lo cual hemos de ver la concentración joánica del pecado en la incredulidad. La incredulidad, la cerrazón fatídica contra Dios, es el pecado que ha arrinconado el «Cordero de Dios». Según la concepción hebrea, «los muchos» equivalen a «todos», lo que a su vez permite en la visión de Juan transformarlo en el «mundo», en el cosmos. La salvación, operada por la muerte de Jesús, tiene por principio carácter universal, como lo tiene la desgracia fatídica arrinconada que es «el pecado». En esta perspectiva la muerte de Jesús ha cambiado la situación universal, la situación del hombre y de la humanidad entera así como de la historia universal delante de Dios.

La doctrina del Espíritu Santo y Jesús.  Lo más específico de este relato es la insistencia de la estrecha unidad entre  el Espíritu Santo y Jesús mediante las expresiones: el Espíritu Santo desciende y permanece en Jesús; y, Jesús bautiza en el Espíritu Santo.

+ He visto al Espíritu Santo descender como una paloma y posarse sobre Él. (1,32); el hombre sobre el que veas descender y permanecer el Espíritu, ese es. (v.33).  La venida del Espíritu sobre Jesús es un elemento central de este pasaje y de todo el NT. El Espíritu desciende del cielo y permanece en Jesús. El Espíritu viene de Dios y permanece en Jesús. No se trata de una presencia pasajera sino de la permanencia del Espíritu en Jesús.

El bautismo en el Espíritu Santo. La consecuencia de la venida y de la permanencia del Espíritu en Jesús, le capacita  para bautizar en el Espíritu Santo. Juan bautiza con agua, pero Jesús bautiza con Espíritu Santo.   Bautizar en Espíritu Santo define la actividad de Jesús tomada en todo su conjunto; “No había Espíritu porque Jesús no había sido glorificado”; no es una acción sacramental, un rito, sino toda su actividad.  El cumplimiento de su misión será esencialmente, para los hombres, un bautismo en Espíritu Santo. Los profetas antiguos, Isaías, Ezequiel, Joel, habían anunciado la efusión escatológica del Espíritu Santo de parte de Dios. Mediante la venida y la permanencia del Espíritu Santo en Jesús, se realiza esta profecía. La gran novedad propia del N.T., que encuentra su expresión típica en el IV evangelio, consiste en atribuir a Jesús la donación del Espíritu Santo, que era considerada exclusiva de Dios. Ahora es Jesús el que bautiza en Espíritu Santo. Es llamativo que, cuando Juan narra la muerte de Jesús, emplee la expresión intencionalmente ambigua: “E, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu”. La muerte de Jesús tiene como consecuencia inmediata la donación del Espíritu. Ahí se lleva a plenitud la obra de Jesús.

Actualización. También nosotros, en cuanto a bautizados, hemos sido consagrados sacerdotes para ofrecernos a nosotros mismos como víctimas vivas y consagradas con el testimonio de una vida santa. (cf. Rom. 12.1ss.; L.G. 10) Todos los cristianos, con el ejemplo de su vida y con el testimonio de su palabra deben manifestar el hombre nuevo de que se han revestido en el bautismo. (Es el sentido  del vestido blanco de los recién bautizados). En particular los discípulos de Jesús deben de dar testimonio del amor, estrechando relaciones de estima y de amor con las personas que encuentran y con las cuales viven. Para la constitución  G.S., el testimonio de la verdad, o sea, de Jesús revelador del Padre,  es dada por los cristianos amando a sus hermanos.

El Espíritu Santo en nosotros. Jesús es el único que puede bautizar con el Espíritu Santo, o sea, el único que puede dar el Espíritu Santo. Por lo tanto el Espíritu de Dios, que todo creyente posee, es don de Dios. Esto tiene consecuencias muy importantes: a) la santificación del discípulo de Jesús depende de la acción vivificante del Espíritu Santo. En efecto, según el IV evangelio nosotros debemos dejarnos vivificar por el Espíritu, o sea, debemos permitir al Espíritu de verdad que penetre en nosotros y nos haga comprender la revelación de Jesús que es Espíritu.

b) El discípulo de Cristo debe dejarse enseñar por el Espíritu de Jesús; el Espíritu de la verdad, debe ser su maestro interior.

c) En fin, el creyente debe dejarse guiar por el Espíritu Santo hacia la verdad plena, o sea, dentro de la revelación de Jesús.  El pueblo de Dios tiene acceso al Padre por medio del Hijo en la efusión del Espíritu Santo.  El Espíritu de Dios le revela el misterio de Cristo y le guía continuamente.  (G.S. 1). El Espíritu vivificador es el alma de la Iglesia, el que la guía a la verdad plena y la sostiene en las adversidades del mundo.

N.B. Conocemos la confección del leccionario per annum,  sabemos que está ligada a dos líneas que se entrecruzan en el ámbito de las lecturas bíblicas elegidas.  Una línea horizontal une sistemáticamente el evangelio  (este año es Mateo) a la primera lectura del A.T.; otra línea, vertical, invita a una lectura continua de las cartas Paulinas (este año se suceden perícopas de 1Cor, Rom, Filip., 1Tes) puede darse el caso de que en algún domingo coincidan temáticamente las tres lecturas, sin embargo, es más exacto mantener en el análisis una cierta línea de demarcación entre el epistolario paulino y las otras lecturas.

Por su parte el salmo podemos afirmar que siempre, o casi siempre, nos presenta, como la primera lectura, la pista para la lectura del fragmento evangélico del día.