La verdadera vida.

Este cuerpo mortal

habrá de revestirse

de la inmortalidad

divina. (S. Pablo).

 

Porque si la resurrección nos revela qué es la muerte, también nos revela qué es la vida. De igual modo que la muerte no era la vida que sigue a la muerte, así la vida no es la vida que precede a la muerte. Esta vida, la vida presente, es una vida muerta. La vida tampoco es la poderosa corriente de la vida biológica que circula por las especies animales y por la especie humana. Esta vida que disuelve al hombre en la corriente de la especie es más una tumba que una madre. Sus aguas rebosan de cadáveres, y sólo lleva hasta su extremo más avanzado a un frágil resto de vivos. El optimismo frente a la vida biológica nos parece una inmensa mixtificación, en el sentido etimológico de la palabra, por su falaz idealización del cruel realismo de la existencia biológica. Ese afán puede conduce al encarnizamiento médico.

La verdadera vida está en otra parte. La verdadera vida es la del hombre entero cuando es sustraído a la corruptibilidad de la existencia biológica y transformado por las energías divinas que le comunican la incorruptibilidad. Esta vida es lo que Pablo llama el espíritu, por oposición a la carne. El hombre es espíritu en su alma, cuando ésta queda sustraída a la vanidad de pensamientos y sentimientos puramente naturales y se reviste de hábitos divinos, que se llaman la fe, la esperanza y la caridad. El hombre es espíritu en su cuerpo, cuando el poder del Espíritu, tomando su carne frágil, la sustrae a la miseria y le comunica misteriosamente la incorruptibilidad.

Esta es la vida a la que el hombre está destinado desde su origen. Porque la Biblia nos enseña que Dios, después de haber formado al hombre del barro de la tierra, lo introdujo en el paraíso. Y esto significa que, desde su origen, el hombre ha sido llamado a participar en la vida incorruptible. El paraíso es el lugar divino, saturado de las energías vivificantes del Espíritu, que nos será restaurado en la Iglesia. En el paraíso se encuentra el árbol de vida que comunica al cuerpo la incorruptibilidad. En el plan de Dios no existe otra humanidad que esta humanidad llamada a la vida sobrenatural. Por eso, sin esa vida sobrenatural el hombre no es plenamente hombre. Sólo hay un humanismo: el cristiano. El hombre sin Dios se halla mutilado en la parte esencial de su ser, es el residuo miserable que subsiste en los bajos fondos cuando se retiran las aguas, el cartucho apagado del cohete, el fuelle reventado incapaz de producir el chorro de aire. Esta vida, que es la Vida, es nuestra vocación. Y aquí la resurrección nos revela nuestra grandeza, después de habernos revelado nuestra miseria. No estamos destinados a morir. Lo que ocurre es que esa vida no podemos alcanzarla por nosotros mismos. Por naturaleza somos hijos de ira. La situación de la humanidad dejada a sus propias fuerzas es una situación desesperada y sin salida. La humanidad está privada de la vida, cerrada en las prisiones de la muerte. Hay en ella, pero más allá de ella, más allá de ella, pero más acá de Dios, en un mundo mal determinado, aunque cierto, donde sólo avanzamos a tientas, una raíz venenosa, una fuente emponzoñada, un misterio del mal, el poder de Satán, el príncipe de la Muerte.

No bastan pues, para librar a la humanidad una predicación moral o una transformación económica. El mal es una cosa que no puede arreglarse con medios humanos. No se trata, tampoco, de algunos ajustes psicológicos. Se trata de un misterio, no de un problema. Un problema es algo que podemos resolver nosotros, algo que se arregla. Y ahí reside la mixtificación de los sistemas modernos, como lo fue marxismo o lo es el laicismo: en creer que el misterio del hombre puede resolverse con preceptos o revoluciones. Entre ellos, los marxistas fueron menos fariseos, aunque no menos mixtificadores. Y fueron incurablemente superficiales. El hombre no necesita simplemente ser aconsejado, necesita ser salvado.

Romano Guardini (1885-1968) nos dejó, en medio de un inmenso legado cultural invaluable y el ejemplo de  una vida consagrada a los demás, una bella oración digna de ser recitada en día; y siempre:

“En nuestra vida transitoria, oh! Señor, presentimos tu quieta eternidad.  Las cosas empiezan, tienen su tiempo y terminan. Al comienzo del día, notamos por adelantado cómo se hundirá en la tarde. En toda dicha ya se avisa el dolor que viene. Construimos nuestra casa, hacemos nuestra obra, y sabemos que debe hundirse.  Pero, tú, Señor, vives y no te alcanza ninguna transitoriedad.

Tú estás contento en tu sagrada existencia y no te oprime necesidad ni fin.  Eres nuevo por esencia y no conoces saciedad. De nada necesitas. De nada prescindes.  Todo lo eres tú. Tuyo es el conjunto de toda soberanía.

El centro de tu eternidad está ahí donde tú, Padre, y tú, Hijo, estáis cerca uno de otro, en la interioridad del Espíritu Santo. En esta quietud está tu amor y tu paz.  En ella está tu Patria, ¡oh Dios Eterno!

Desde ahí, tú, Señor Jesús, has venido a nosotros y nos has traído noticias de lo que «ningún ojo ha visto, ningún oído ha percibido, ni ha entrado en el corazón de hombre alguno».  Cuando el tiempo se complete, ahí ha de estar también mi patria.  Hazme consciente de ello.  No dejes nunca morir en mi corazón el anhelo, para que en el mudar de la vida siga yo en el interior de lo que da medida y sentido a toda vida.  Haz que mi alma sea tocada por el soplo de tu eternidad, para que yo haga bien la obra del tiempo y pueda un día llevarla a tu reino”.

Amén.