A raíz del evento de hace ocho días se han multiplicado los escritos al respecto. Han surgido muchos teólogos improvisados y gente repentinamente interesada en los asuntos eclesiales. No cabe duda que la iglesia es noticia. Escritores hubo que acusaron al nuevo Santo, a Juan Pablo II, hasta de ser un defensor de la dictadura de Pinochet. Lo que sucede realmente es que se usan para medir estos eventos, – pues no se tienen otros -, parámetros de índole política. Lo que inunda la prensa mundial es el tema político y los especialistas en estos temas se deciden a “pontificar” sobre temas de índole religiosa. Desde este parámetro se miden acontecimientos como el de hace ocho días y, así, alguien puede decir que la unión de las canonizaciones de J. XXIII y JP. II responde al intento del papa Francisco de equilibrar las “corrientes políticas” existentes dentro del Vaticano, a saber, progresistas y conservadores.

 

Y está bien que los escritores en páginas de opinión se ocupen del tema. Todas las voces son bienvenidas. Un editorialista de Milenio escribía lo siguiente: “La iglesia católica incluyó el domingo a dos personas más en su santoral. La ceremonia fue espléndida y con enorme impacto en los medios. San Juan XXIII y san Juan Pablo II ya son parte del listado de los que son dignos oficialmente de estar en los altares. Muy bien, pero inevitablemente surgen algunas preguntas: ¿de qué sirven dos santos más? ¿Cuáles fueron sus méritos? ¿Qué es la santidad? ¿En qué enriquecen a la iglesia, a los cristianos o al mundo? ¿Cuál será su impacto social y eventualmente político? ¿Por qué algunas causas no progresan?”. Y todas estas preguntas y otras más caben. Pero cada una de ellas requiere un tratado al respecto. Por ejemplo, yo pienso que en esa canonización debieron ser incluidos Pío XII y Pablo VI.

 

La canonización de estos papas me lleva a pensar en los papas del terrible y sangriento siglo XX. ¿Cómo hubieran sido las cosas sin estos testigos del amor y la esperanza, sin sus condenas y advertencias en unos tiempos tan terribles? Las videntes de Fátima vieron al papa caminando sobre cadáveres, referencia a las guerras mundiales. El s. XX abre con el papa Pío X, Santo. Le sucede  Benedicto XV (1914-1922) cuyo pontificado coincide con la Primera Guerra; Pío XI, (1922-1939), es el tiempo de la entreguerra, cuando se afianzan las más crueles ideologías que conoce la historia, el nazismo y el comunismo real; en una memorable encíclica, Mit Brennender Sorge (14.03.1937), condena sin ambages al nazismo “por anticristiano y opresivo” y manda que su carta sea leída en todas las iglesias. Habrá de manejar la guerra civil española y la persecución religiosa en México. “¡A mí qué me importan los pujidos del papa!”. (P.E. Calles). Pío XII (1939-1958), le tocó lidiar la segunda guerra europea que costó 50 millones de víctimas, sólo militares, y acompañar a la Europa y al mundo que emergían del abismo. “Tenemos que convertir a este mundo, primero en humano, después en cristiano”, afirmó al contemplar el abismo de la miseria humana que implicó la guerra. «El mundo ha perdido el sentido del pecado», concluía. ¿Quién podría suceder en la sede de Pedro a un Pío XII? Los Cardenales creyeron encontrar la solución eligiendo a un papa de “transición”, un hombre mayor que no durara mucho y permitiera preparar una sucesión más trabajada. Y eligieron a Juan XXIII, quien puso a la iglesia en el tiempo, obligándola a “derribar los bastiones”, a salir de su encierro, a buscar su esencia y dialogar con el mundo. «Después de mí cualquiera puede ser papa», decía con su sentido del humor. Cuando el Arzobispo de Milán, Mons. Juan Bautista Montini se arrodilló ante el nuevo papa, Juan XXIII, como es la costumbre hacerlo ante el nuevo papa, éste lo levantó diciéndole: “Levántese excelencia; si yo estoy aquí es porque usted no era Cardenal”. En el primer consistorio nombró Cardenal a Mons. Montini, el futuro Pablo VI.

 

Juan XXIII abrió las ventanas para que entrara aire nuevo a la iglesia; y más que un aire fresco y tonificante, lo que entró fue un vendaval que parecía iba a destruirlo todo. Y cuando esto sucedió, él ya no estaba ahí; el nuevo timonel en aquel mar embravecido era Pablo VI. «Bendita y dramática Sede de Pedro», así calificaba la Santa Sede. Fue el primer papa en salir de Europa y recorrer el mundo. Tras los días de Juan Pablo I, llegó Juan Pablo II al que todos conocemos. El siglo XX había abierto con Pío X, Santo, y cierra con Juan Pablo II, también Santo. Benedicto XVI enfrenta: el relativismo, la gran mentira, la grave enfermedad de la cultura que “convence a sus ciudadanos que pueden vivir como si Dios no existiese”.  Hombres providenciales que nos aseguran que Dios no ha abandonado al mundo y ojalá que antes de escribir leyéramos sus mensajes, sus encíclicas, sus catequesis. Pero, ¿qué es la santidad?

 

Durante dos años, 2010-2011, de su breve pontificado, BXVI, dedicó las catequesis de los miércoles a hablar de la vida de los santos. Ya, desde los tiempos del arzobispado en Múnich, y desde antes, gustó tratar estos temas convencido de lo que los santos son y significan para nosotros. De estas catequesis resultó un libro, de cuyo prólogo comparto unos fragmentos.

 

En las Audiencias Generales de estos últimos dos años, nos han acompañado las figuras de muchos Santos y Santas: hemos aprendido a conocerles desde cerca y a entender que toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que con su fe, con su caridad, con su vida fueron los faros de muchas generaciones, y lo son también para nosotros. Los santos manifiestan de muchos modos la presencia potente y transformadora del Resucitado; dejaron que Cristo tomase tan plenamente sus vidas que podían afirmar como san Pablo “no vivo yo, es Cristo que vive en mí” (Ga 2,20).

 

¿Qué quiere decir ser santos? ¿Quién está llamado a ser santo? A menudo se piensa que la santidad es un objetivo reservado a unos pocos elegidos. Pablo dice que Dios nos ha llamado a ser santos. La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La medida de la santidad viene dada por la altura de la santidad que Cristo alcanza en nosotros, cuando, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida sobre la suya. San Agustín exclama: “Viva será mi vida llena de Ti”. Nadie está excluido: “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria”.

 

Pero permanece la pregunta: ¿Cómo podemos recorrer el camino de santidad, responder a esta llamada? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas? La respuesta está clara: una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, quien nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado y que nos transforma.

 

Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. La santidad tiene, por tanto, su raíz principal en la gracia bautismal, en el ser introducidos en el Misterio pascual de Cristo, con el que se nos comunica su Espíritu, su vida de Resucitado, san Pablo destaca la transformación que obra en el hombre la gracia bautismal y llega a acuñar una terminología nueva, forjada con la preposición “con”: con-muertos, con-sepultados, con-resucitados, con-vivificados con Cristo; nuestro destino está vinculado indisolublemente al suyo. “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva”. (Rm 6,4). Pero Dios respeta siempre nuestra libertad y pide que aceptemos este don y vivamos las exigencias que comportan, pide que nos dejemos transformar por la acción del Espíritu Santo, conformando nuestra voluntad a la voluntad de Dios.

 

¿Cómo puede suceder que nuestro modo de pensar y nuestras acciones se conviertan en el pensar y en el actuar con Cristo y de Cristo? ¿Cuál es el alma de la santidad? La santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida. “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1Jn 4,16). Ahora, Dios ha difundido ampliamente su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr Rm 5,5); por esto el primer don y el más necesario es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él.

 

¿Qué es, pues, lo más esencial? Esencial es no dejar nunca un domingo sin un encuentro con el Cristo Resucitado en la Eucaristía, esto no es una carga, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que es simplemente la definición de la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al principio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de la caridad. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

 

He aquí el porqué de que San Agustín, comentando el cuarto capítulo de la 1ª Carta de San Juan puede afirmar una cosa sorprendente: “Dilige et fac quod vis“, “Ama y haz lo que quieras”. Y continúa: “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor, si corriges, corrige por amor, si perdonas, perdona por amos, que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien”. Quien se deja conducir por el amor, quien vive la caridad plenamente es Dios quien lo guía, porque Dios es amor. Esto significa esta palabra grande: “Ama y haz lo que quieras”.

 

Quizás podríamos preguntarnos: ¿podemos nosotros, con nuestras limitaciones, con nuestra debilidad, llegar tan alto? La Iglesia, durante el Año Litúrgico, nos invita a recordar a una fila de santos, quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Ellos nos dicen que es posible para todos recorrer este camino. En todas las épocas de la historia de la Iglesia, en toda latitud de la geografía del mundo, los santos pertenecen a todas las edades y a todo estado de vida, son rostros concretos de todo pueblo, lengua y nación. Y son muy distintos entre sí. En realidad, debo decir que también según mi fe personal muchos santos, no todos, son verdaderas estrellas en el firmamento de la historia. Y quisiera añadir que para mí no sólo los grandes santos que amo y conozco bien son “señales en el camino”, sino que también los santos sencillos, es decir las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados. Son personas normales, por decirlo de alguna manera, sin un heroísmo visible, pero que en su bondad de todos los días, veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia es para mí la apología segura del cristianismo y la señal de dónde está la verdad.

 

En la comunión con los santos, canonizados y no canonizados, que la Iglesia vive gracias a Cristo en todos sus miembros, nosotros disfrutamos de su presencia y de su compañía y cultivamos la firme esperanza de poder imitar su camino y compartir un día la misma vida feliz, la vida eterna.

 

Queridos amigos, ¡qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista desde esta luz! Todos estamos llamados a la santidad: es la medida misma de la vida cristiana. A cada quien, Dios le dio una vocación con el don de la vida. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo” (Ef 4,7.11-13).

 

Quisiera invitaros a todos a abriros a la acción del Espíritu Santo, que transforma nuestra vida, para ser, también nosotros, como piezas del gran mosaico de santidad que Dios va creando en la historia, para que el Rostro de Cristo resplandezca en la plenitud de su fulgor. No tengamos miedo de mirar hacia lo alto, hacia la altura de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino que dejemos guiarnos en todas las acciones cotidianas por su Palabra, aunque si nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: será Él el que nos transforme según su amor.

Eso es la santidad.