Creo que el viejo Platón solía decir a los alumnos de su Academia que la República es como una familia grande, o bien, la familia es una república en pequeño. De la misma manera que se ha de administrar con cuidado la economía familiar, ha de buscarse por todos los medios manejar de igual forma la economía de la República.  República en el sentido platónico de la palabra, no la entidad fragmentada por la ambición y la partidocracia.

A nivel pequeño, familiar, se entiende fácilmente el planteamiento. Si el jefe de familia comienza a gastar más de lo que gana y, peor aún, a gastar descontroladamente y a dilapidar los bienes, pronto vendrán la escasez y el hambre; la familia comenzará a pasar necesidad, a “apretarse el cinturón”. Puede que el jefe de familia, ante esta situación, comience a conseguir créditos, es decir, a endeudarse. En un caso concreto comience a financiarse cargando los gastos a la tarjeta de crédito.  Un par de meses puede sortear la situación y vivir bien; se trata de una alivio aparente. Cuando tenga que pagar los cargos a la tarjeta, con una tasa de interés que puede llegar hasta el 70%, entonces las cosas serán desastrosas.Fue peor el remedio que la enfermedad. Entonces, cuando los sesudos economistas nos dicen que financiar la pobreza es extremadamente caro, no están más que aludiendo a esta norma básica. Debemos ahorrar cuando tenemos, no cuando no tenemos, frase que pareciera haber sido pronunciada por mi abuelo Domingo pero que en realidad pertenece a Keynes. En efecto, “El auge económico, y no la crisis, es el momento adecuado para la austeridad”. Eso afirmaba John Maynard Keynes hace 75 años, y tenía razón”. Exactamente lo que México no ha hecho nunca. El ahorro no se nos da a los mexicanos, más bien somos manirrotos, como que nos gusta vivir al día. ¡Ay Dios dirá!

Si el jefe de la familia nacional, el que tiene que velar por la seguridad de todos, no ha sabido administrar, por el contrario, ha hecho un verdadero despilfarro de la hacienda pública, ha malgastado el patrimonio de la familia, entonces se genera un problema de gran inconformidad y descontento. Es entonces cuando se suelen cometer errores: uno sería dictar una severa política de austeridad, (España o USA) llegando a suprimir servicios básicos, y, otro, recurrir al endeudamiento público y aumentar los impuestos. “Aun cuando se tenga un problema de déficit a largo plazo —¿y quién no lo tiene?—, recortar drásticamente el gasto mientras la economía está profundamente deprimida es una estrategia contraproducente porque no hace más que agravar la depresión”. (Krugman).

Krugman califica de mala metáfora la metáfora de Platón. Mala metáfora que equipara los problemas de deuda de una economía nacional con los problemas de deuda de una familia individual. Una familia que ha asumido una deuda excesiva, cuenta la historia, debe apretarse el cinturón. De modo que si el Reino Unido en su conjunto ha asumido una deuda excesiva;¿no debería hacer lo mismo? ¿Qué tiene de malo esta comparación? Keynes advertía que el auge  era el momento para la austeridad. Yo añadiría, con todo respeto al Sr. Krugman, que ha de tenerse en cuenta la distinción entre austeridad y otra pobreza. Puede Ud. asegurar que los alemanes son más austeros que nosotros.

La respuesta es que una economía no es como una familia endeudada. Nuestra deuda es en su mayoría dinero que nos debemos unos a otros; y lo que es aún más importante, nuestros ingresos provienen principalmente de lo que nos vendemos unos a otros. Sus gastos son mis ingresos y mis gastos son sus ingresos.

¿Y qué pasa si todo el mundo simultáneamente reduce drásticamente el gasto en un intento de pagar lo que debe? La respuesta es que los ingresos de todo el mundo se reducen; mis ingresos disminuyen porque ustedes están gastando menos, y sus ingresos disminuyen porque yo estoy gastando menos. Y, a medida que nuestros ingresos se hunden, nuestro problema de deuda se agrava, no mejora.

Esto no es nada nuevo, concluye el diantre de Krugman. El gran economista estadounidense Irving Fisher ya lo explicó allá por 1933, y resumió lo que él llamaba “deflación de la deuda” con el conciso y expresivo eslogan: “Cuanto más pagan los deudores, más deben”. Mi abuelo decía: hacer un hoyo para tapar otro. Los acontecimientos recientes, sobre todo la mortal espiral de la austeridad en Europa, han ilustrado de manera trágica la verdad de las ideas de Fisher. El pecado, mortal de toda necesidad, de México, es que no ha ahorrado nunca, sino que ha despilfarrado lo inimaginable vía la trágica corrupción y la pésima administración.  Repito mi tesis: el problema de México es que tiene demasiado dinero. (3,500 millones solo para Guerrero). Es tan rico que, a pesar de que ha sido expoliado desde tiempos de la Colonia, no se lo han podido acabar sus dirigentes. No debemos olvidar la heroica defensa que sobre este punto realizó Jolopo: “Ya nos saquearon una vez, no volverán a saquearnos”. Se refería a los banqueros, ahora, extranjeros, vivitos y coleando.   Si no hay una disciplina estricta y un control férreo y disciplinado del gasto público  no es justo subir los impuestos y  tampoco remedia la situación. Y. peor aún, dice “el hombre de la calle”, (G. Verdi), solo aumentará la corrupción.

Nuestra memoria es corta; los mexicanos tenemos muy mala memoria. Las generaciones de mexicanos posteriores al gobierno de Díaz Ordaz, son generaciones que han vivido siempre en el círculo apretado de las crisis. Crisis es la palabra más usada y recurrente en las últimas décadas para definir la situación económica de México. Cualquier analista especializado podría recordarnos mucho sobre la política económica de los gobiernos de Echeverría y López Portillo. Deberían hablarnos de aquello que dio en llamarse «la década perdida». Fue el resultado final del populismo y una de las peores administraciones de la República posrevolucionaria. Echevarría expresó con todas sus palabras que las empresas del Estado no eran “para ganar dinero”. El actual  Presidente de la República y su gabinete, Videgaray y  asesores, deberían conocer a la perfección esta historia. Este martes, EPN reconocía que “México no ha crecido lo suficiente en los últimos diez años”.

Sarmiento en sus columnas diarias pone al alcance de nosotros los neófitos, lo que significa la actual política hacendaria del gobierno. Sin compartirlo todo, nos da sin embargo, datos duros y maduros. Ya lo decía yo la semana pasada. Lo que a México le sobra es dinero, tan es así, que podemos verlo en  doloroso contraste, hiriente y ofensivo, en los suelos y costes de la política nacional y su falta de resultados; solo por bono de retiro de unas personas del IFE se han erogado siete millones de pesos. La prensa publica, y no hay día que no lo haga, y es muchisísimo más lo que no sabemos, sobre el gasto de nuestros Senadores, nomás en botanas y bufetes. Simplemente suman millones y millones. El coste de los pluris, por ejemplo. Se antoja entonces sugerir que antes de pensar en subir impuestos, debería  pensarse, como en cualquier empresa privada, en optimizar los recursos y el gasto. Adelgazar el estado. Mientras se tenga ese dispendio estratosférico y sobre todo el abominable mal de la corrupción, no habrá subida de impuesto que alcance. El mal no está en que no haya dinero en la familia grande,  sino que la forma de invertirlo, de administrarlo, es escalofriantemente irresponsable. Si nos tomamos el trabajo de leer los informes de la ASF nos quedaríamos helados. La pobreza entre nosotros es inmensa y galopante, el desempleo va en aumento y hasta donde podemos ver, siguiendo a los especialistas, la solución no es subsidiar la pobreza, sino generar empleos.

Sarmiento suele poner su columna bajo alguna cita; una, tomada de Will Rogers, es ingeniosa, “la única diferencia entre la muerte y los impuestos es que la muerte no empeora cada vez que se reúne el Congreso”. Otra de Robert A. Heilein dice: “cuídate del alcohol: puede ser que le dispares al cobrador de impuestos…. y no le atines”. (Me parece mejor esta traducción). Y en otra de J. Davison dice: “cuando subsidias la pobreza y el fracaso, obtienes más pobreza y más fracaso”. Y yo añadiría la siguiente: “un país endeudado, entre más paga, más debe”. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y, ojala que no se dé  la profecía de nuestro Fuentes Mares: “cuando Dios quiere perder a alguien, primero lo antonteja y, después,  nomás lo suelta”.

El caso de España es típico. Y todo fue consecuencia de la lucha por el poder, cuestión de bloques de poder. Zapatero vio claramente la crisis que se avecinaba, a la manera de los nubarrones que suelen anunciar la tormenta en la costa gallega, y no solamente no hizo nada para prevenirla, sino que gastó más en la forma más populista que encontró, para reelegirse. Y la bomba le estalló en las manos. Llega el gobierno de Rajoy y en medio de la recesión y la crisis más severa que ha vivido España durante la democracia, hubo de aplicar la dolorosísima medicina de dictar normas extremas de austeridad en medio de la crisis. O sea, cuando se tenía mucho dinero no se ahorró para enfrentar la crisis que se avecinaba, sino todo lo contrario, se gastó en aras del poder, y cuando la crisis llegó se intentó recortar el gasto en todas las formas posibles incluyendo los servicios públicos básicos, educación y salud, los más sensibles, con el consiguiente descontento generalizado de la población. Y entonces a España se le pudo aplicar lo que del Bosque, entrenador de la selección de futbol, dijo cuando lo criticaron porque, aún ganando, la selección, había jugado mal: “lo que pasa es que en  España pasamos de pobres a ricos muy rápido”. Él, posiblemente lo dijo por el futbol, pero en realidad la frase da para mucho más. España cayó en la recesión y ahora mismo, Cáritas, el brazo de la acción social de la Iglesia, está dando de comer en sus comedores públicos y bancos de alimentos, a un millón trescientos mil indigentes. He ahí el resultado final de la ambición de poder. A nosotros se nos dijo con todas sus palabras que fuéramos aprendiendo a administra la riqueza. Y Salinas nos hizo creer que ya pertenecíamos al primer mundo.

El endiablado señor Krugman habla de “La cuarta revolución industrial” determinada por los nuevos materiales, sistemas operativos más potentes, procesos más eficientes y una gran cantidad de servicios que se realizan por Internet que están cambiando las cosas. Es hora de apostar por un sector que ayuda a crecer. No sé si la Coordinadora pudiera ayudar al país en esta cuarta revolución preparando a nuestras adolescentes generaciones en este rubro. Dinero no le falta, tiene de sobra. Y, en general, el sistema educativo nacional, al que tampoco le faltan recursos, debería consagrarse fervientemente a este fin. ¿Dinero?; el que necesiten. Máxime si invertimos los porcentajes: que el 94% sea destinado a la investigación y tecnologías, a elevar verdaderamente el nivel educativo, y el resto al gasto corriente.

Hablar de industria es volver a los principios básicos de una economía real que ofrece soluciones tangibles a los problemas a los que se enfrenta la sociedad cada día, afirma Krugman. Hablar de industria es aferrarnos a una tabla de salvación, que se ha mostrado muy fiable en medio de la tormenta económica que vivimos. Hablar de industria es sinónimo de innovación para conseguir hacer más por menos. Hablar de industria es, en definitiva, hablar de calidad de vida, riqueza y desarrollo económico. Subir impuestos es, hasta falta de imaginación, además de ser una medida eminentemente recesiva. Claro que los impuestos son una cuestión vital y a todas luces justa que el Estado ha de conservar. Pero esto es solo una parte de la ecuación. Y en México hasta para pagar los impuestos se batalla. Si no hay industria no hay empleo y en este contexto los impuestos son inviables.

Y en este punto ha de añadirse con toda claridad que los sueldos, sobre todo en Juárez, son miserables. Tampoco olvidemos lo que decía Nietzsche: “Toda revolución es un éxito cuando los ricos esperan ganar más y los pobres sueñan con dejar de serlo”. La injusticia y la corrupción no es patrimonio del gobierno. En su recibo telefónico, por ejemplo, habrá notado que le cargan .70 ctvs. de redondeo, ¿con permiso de quién? En mi último recibo salió una llamada a Vinton con un costo de 1.70 m.n., no voy a pelearme por eso, pero piense que son entre 80 ó 90 millones de teléfonos en México que están en esta situación. Si esto no es un latrocinio, ¿qué es?  ¿Le seguimos con los Bancos?

Los datos son evidentes y refrendan, una vez más, la necesidad de apostar por la industria, abunda Krugman. Si nos fijamos en los países que mejor han sobrevivido a esta crisis, nos daremos cuenta de que todos ellos tienen un importante sector secundario. De los 10 países más competitivos del mundo, en cinco de ellos el peso del PIB industrial supera el 20%. A nivel mundial, la industria representa el 16% del PIB, el 70% del comercio global y origina más de las tres cuartas partes de la investigación y desarrollo en el ámbito privado. Por ello, no es de extrañar que los países con planes de crecimiento más ambiciosos estén experimentando un “Renacimiento de la industria”. El objetivo de todos ellos es conseguir una cuota industrial ligeramente por encima del 20% del PIB. En resumen, industria, empleo; sin éstos, tampoco hay impuestos.

De hecho, la importancia creciente de la industria puede atribuirse a diversas características estabilizadoras y sostenibles. Constituye el punto de partida de una extensa cadena de valor que abarca desde la investigación y el desarrollo hasta servicios basados en tecnología. Este sector se considera una garantía para el crecimiento (cada dólar estadounidense en valor añadido bruto en la industria genera 1,4 dólares en valor añadido bruto en otros sectores de la economía), el empleo (por cada nuevo puesto de trabajo en la industria, se crea una media de dos empleos en otros sectores), la competitividad (los países más industrializados tienen una mayor cuota de mercado en exportaciones) y, por tanto, un factor de estabilidad para la sociedad.

Y, por último, esto no es cuestión de derechas ni izquierdas. Que, aparte están muy  borrosas.