IV DOMINGO DE PASCUA C

Hch 13,14.43-52; Sal 99; Ap. 7,9. 14-17; Jn. 10,27-30*

 

Todo lo que se puede decir sobre el cristianismo como experiencia de comunión y salvación, se encuentra sintetizado en los versitos que concluyen el discurso de Jesús sobre el verdadero pastor. Es el texto que leemos hoy: «Me las ha dado mi Padre, y él superior a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. EL PADRE Y YO SOMOS UNO» (Jn. 10,27-30). Los adversarios de Jesús no se contentan con la alegoría del Buen Pastor, e insisten en una declaración explícita: «Si tú eres el Cristo, dilo abiertamente» (Jn. 10,24). Como respuesta Jesús se limita a describir la actitud que sus ovejas deben tener hacia él: escucha atenta, obediencia, seguimiento, dado «que él es nuestro pastor y nosotros ovejas de su rebaó». Es la actitud que los creyentes de todos tiempos han de asumir en relación con el Enviado de Dios, nuestro Buen Pastor.

Hch 13,14.43-52 – El coraje (parresía), del cristiano – Pablo constata en esta lectura que la evangelización está indisolublemente ligada a la persecución. Siempre que se dirige a los hebreos, choca contra una oposición cada vez mayor; pero todo es saludable en esta prueba, porque de este modo, el apóstol es impulsado hacia los paganos y les anunciará el evangelio. Dios escribe derecho en los renglones chuecos; es el único que puede sacar bien del mal.

 

La meditación que hace sobre el siervo sufriente de Isaías, le ayuda a comprender por qué toda misión debe pasar por la prueba (“Yo te he puesto como luz para los pueblos, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra”). Se necesita valentía para ser cristiano; apenas se comienza a vivir seriamente el evangelio y a liberar a los hombres del mal, invariablemente aflora la sombra de la cruz.

 

Sal 99 – Himno procesional. Quizá el pueblo respondía antifonalmente con el verso último a las repetidas invitaciones del coro. v. 2. El servicio del Señor consiste, sobre todo, en el culto. Este servicio no es esclavitud, y se debe ofrecer con alegría. Música, canto, procesión, son expresión ritual de esta actitud interna de servicio: la expresan y la alimentan. v. 3. El saber es una penetración por la fe, es un acto de reconocimiento. El pueblo existe como «pueblo de Dios»: una de las imágenes favoritas es la del pastor y rebaño. v.4. El mero existir como pueblo de Dios es motivo para dar gracias: v.5 Respuesta del pueblo: en la breve procesión litúrgica se rompen los límites del tiempo, aclamando una misericordia eterna.

La transposición cristiana la podemos hacer fácilmente aplicando este salmo a la experiencia misionera de Pablo que leemos en la primera lectura de hoy.

 

Ap. 7,9. 14-17 – El paraíso – Juan nos presenta en esta lectura el paraíso: una inmensa fiesta popular en la que se alaba a Dios y se encuentran todos los hermanos. Los habitantes están vestidos de blanco, el color de la alegría y la inocencia, y tienen en la mano la palma, símbolo de la victoria. Imágenes que evocan la saciedad después del hambre, el reposo después de la fatiga, la seguridad después de las dificultades. Es una grande invitación a la esperanza, en los tristes tiempos de la persecución en que se encontraba la iglesia entonces (y ahora); y también para nosotros es una meta, porque, no obstante, la aparente paz entre la sociedad religiosa y civil, las comunidades de la vida moderna, experimentamos fuertemente el vacío de la existencia, el drama de la división, de la incomunicación y de la soledad.

 

Jn. 10,27-30 – Oraciones como provocación – Estas palabras de Jesús son la respuesta a la pregunta de las autoridades religiosas, que le han exigido que defina su identidad -, como lo hará el Sumo Sacerdote durante el juicio – : «Si eres tú el Cristo dilo abiertamente». En el evangelio de Lucas, Jesús responde: «Si se los digo no van a creerme». ¿Qué esperan los judíos, de Jesús? Qué él se enmarque en un cuadro preestablecido, en una mentalidad preordenada. Se espera un mesías con características bien precisas, de acuerdo con nuestros gustos. Los fariseos, hablando con Jesús, formulan tanto la pregunta como la respuesta: no son libres. Para entrar en la fe, por el contrario, es necesario estar disponibles ante el proyecto de Dios. Y nosotros, ¿no nos acercamos tal vez, tantas veces, a Dios, con una actitud provocativa y presuntuosa? A Dios hay que servirlo como él quiere, decía el Cura de Ars.

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«El Cordero será su Pastor….»; imagen surrealista de Cristo en el Apocalipsis. “Altísimo Señor que supisteis juntar / a un tiempo en el altar / ser Cordero y Pastor …….”.  Se cree que este verso se debe a D. Miguel de Cervantes S.

*Este comentario la escribí en el 2007. De ahí el tono.

Llegamos a este domingo, el del Buen Pastor, cargando, solidarios, el peso del pecado, “que ha herido a la Iglesia”. La situación no puede menos que herir, lastimar, confundir y dificultar la misión. Creo que para todos nosotros no va ser fácil la homilía de este domingo por la “densidad mediática” de la pederastia en la Iglesia católica. De sobra sabemos que se trata de una tremenda, bien orquestada y diabólica, campaña mediática en contra de la iglesia y de la figura de nuestro Santo Padre; pero tampoco podemos ignorar el hecho de que hemos sido nosotros los “pastores”, los que hemos dado flanco para esta situación.

El fragmento de Jn que leeremos este domingo es, sin embargo, profundamente consolador. En primer lugar «las ovejas son del Buen Pastor, que es Jesús; no son nuestras. (En su última audiencia, BXVI decía: La Iglesia no es mía, no es nuestra, es de él.) Solamente él es el Buen Pastor. “Él las conoce y ellas lo siguen”. La única voz autorizada es la voz del Buen Pastor, es la voz de Jesús. «Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrancará de mi mano». Esto debe ser muy consolador para nosotros porque, no obstante nuestra mediocridad, nuestro pecado, guardamos la certeza de que nadie ni nada arrancará de las manos del Buen Pastor esas ovejas. «El Padre es superior a todos»; también es más grande, afortunadamente, que nosotros y que nuestro pecado. Esto no es ninguna invitación al cinismo, al abandono, al contrario, a partir de aquí debemos de tomar conciencia de la gravísima responsabilidad ante el Príncipe de los pastores por el estilo de nuestra vida. Es el Padre quien ha dado a Jesús las ovejas; a la postre, también nosotros somos ovejas y el Padre es superior a todos y nadie las arrebatará de las manos del Padre. Oremos para que esto sea una realidad en este momento de dificultad y opacidad en nuestra Iglesia.

Con todo, hoy nos debe quedar claro que, Cristo es el único Pastor, sólo él es el Buen Pastor. Nadie, ni antes ni después, ha sido el buen pastor; él es “el líder y pastor de nuestras almas”. Sólo él, es “el único bueno, el único santo, el único  Señor”. También en la predicación de este domingo debemos asumir y enfrentar la situación. Ya vimos que ocultarla nos dio tristes resultados.

Con mucho provecho podemos leer esta semana El sermón de San Agustín sobre los pastores, reportado en El Oficio de Lectura, a partir del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Es especialmente oportuno el fragmento del día jueves de dicha semana.

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También hoy podemos escuchar la voz del buen Pastor. Los Padres de la Iglesia respondieron a quienes se lamentaban por no poder ver y oír directamente al Señor como hicieron sus contemporáneos. En las Sagradas Escrituras y en la Iglesia reconocemos la Palabra del Señor y somos invitados a seguirle.

En las lecturas de hoy encontramos tres momentos. En el evangelio aparece Jesús, el buen Pastor. Es él quien da la vida eterna. Hace pocos días celebrábamos la resurrección de Jesús. Por ella ha ganado a todos los hombres que lo escuchan y lo siguen y les garantiza que ninguna fuerza podrá separarlos de él. Hay una invitación a la confianza: Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Luchamos muchas veces contra fuerzas y poderes que nos superan. Pero si nos abandonamos en Dios, entonces nada puede contra nosotros.

El buen Pastor que entrega su vida continúa hablando en la Iglesia. En la primera lectura vemos que el evangelio va siendo anunciado y son muchos los que encuentran en él la salvación. Son los que oyen y reconocen la voz del buen Pastor: Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la palabra del Señor. La respuesta a la palabra oída es la fe. Ésta tiene un carácter completamente personal: es sobre todo la respuesta a una persona. Cuando creemos, respondemos a Alguien que nos ha hablado y, entonces, como reza el salmo, somos su pueblo y ovejas de su rebaño. De la imagen de la oveja nos interesa la docilidad a su pastor y cómo es conducida por su palabra.

El tercer momento lo describe el libro del Apocalipsis. La multitud que ha reconocido a Jesús como buen Pastor y ha recibido los dones de la redención participa ahora de la vida divina. Se trata de una multitud inmensa, porque la salvación del Señor llega a todos los pueblos, dicha multitud se identifica con los signos de la inocencia (el vestido blanco), que les ha sido concedida por Jesucristo, y proclaman su victoria sobre el pecado y la muerte (las palmas). Todos ellos están de pie delante del trono y del Cordero. No están postrados y así se significa la vida y dignidad que le es conferida al cristiano por la gracia.

En el mosaico que el padre Marko Iván Rupnik.sj., realizó para la nueva basílica de Fátima se ve al Cordero flanqueado a ambos lados por los santos que portan las palmas. Todo el mosaico resplandece en tonos dorados y es una invitación a tener presente en nuestra vida diaria el fin para el que hemos sido creados. Las oraciones de la Misa de hoy también lo recuerdan. En la colecta se vincula el gozo que sentimos por la resurrección, que es como un anticipo y un impulso para perseverar en el camino de la fe, con la alegría eterna del reino de los elegidos. Lo que celebramos nos lleva a mirar más allá. La misma celebración, señala la oración sobre las ofrendas, nos mantiene en ese gozo al actualizar el misterio de la redención. Por eso, la liturgia alimenta nuestra esperanza en la vida eterna y, desde esa alegría, nos sostiene en la vida diaria. Por otra parte, conscientes de nuestra debilidad, en la oración de poscomunión se pide al padre que nos sostenga para que podamos alcanzar la alegría eterna que se nos promete.

 

 

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

Marko I. Rupnik, sj

 

A primera hora de la mañana los pastores llaman del aprisco a su rebaño, y las ovejas salen al reconocer la voz de su pastor. Cristo, con esta imagen, describe su llamada; el hombre que responde a ella se adhiere a Cristo de modo que toda su vida se recoge en él. Encomendando nuestra vida a Cristo, se la confiamos al Padre, su Padre y el nuestro. Esto quiere decir que el hombre está llamado a la comunión con el mismo amor del Padre y del Hijo y nada lo puede ya separar de este amor, ni siquiera la muerte. Como Jesucristo murió y resucitó, así cada uno que se adhiere a él, aunque muera, vivirá.

El logo del Año Jubilar de la Misericordia, obra del p. Rupnik, es un buen motivo para la homilía.