La sociedad del cansancio….

a la que orgullosamente y tercamente pertenezco, es, sin duda, la característica nueva y definitoria de nuestra sociedad cansada, estresada, dopada. Debemos, ahora, redefinir la profecía de Nietzsche, según la cual, “nuestra cultura hará del hombre un bestia de trabajo y de placer”, puesto que el posible placer de que se puede disfrutar es el dopaje, y todo en orden al trabajo, al rendimiento.

De hecho, había hablado a El Diario para avisar que este domingo no enviaría artículo por simple agotamiento, pero, ya ve usted, aquí estamos tratando de compartir simplemente esta experiencia de cansancio y, como buen cura, dar el consejo y quedarme sin él, según sentenciaba mi abuela Paulina.

Y ahí tiene usted; precisamente, este mes y medio, hasta mediados de agosto, cuando debería ser un tiempo de baja en el trabajo y búsqueda de reposo para resarcirnos, iniciamos, en “mi changarrito”, un curso intensivo de catequesis infantil y metí en el enjuague a la gente que me ayuda. Lidiar con 170 niños, trabajo heroicamente realizado por las catequistas, es agotador. Pero lidiar con las 170 mamás, abuelas, madrinas, tías y demás familiares, es de pronóstico reservado. Y este trabajo se vuelca en la oficina, donde se mantiene en pie heroicamente la secretaria y ayudantes.

Ese ‘don de si’ expone seriamente a los sacerdotes al  burn out, al agotamiento, al derrumbe; al sacerdote se le inculca un ideal elevado, la máxima es vivir su ministerio con una disponibilidad de 24 horas 7 días a la semana, eso que los anglosajones han llamado «bed at the church syndrome», de la cama, apenas levantado, a la parroquia, a enfrentar la ruda tarea cotidiana. Oigamos las ‘consoladoras’ palabras de J.P. II: «El sacerdote ha de vivir un clima de constante disponibilidad para dejarse alcanzar, o para dejarse comer, se podría decir, por las necesidades y exigencias del rebaño» (Pastores dabo vobis 22,3;28,6). Y además, la gente  lo exige,  ha de ser de buen talante, nada de mostrar cansancio, prisa, o, líbrenos Dios, impaciencia. Y todo, mientras soportamos las temperaturas récord. Se han llegado a registrar 44º.

Entonces tiene que desarrollarse lo que los americanos llaman el «syndrome John Wayne» es decir, desarrollar una insensibilidad aparente, que puede lucirse mientras se trabaja, ocultando el cansancio y el agotamiento; de tal manera, que el afectado responde frecuentemente a la tristeza de la fatiga redoblando sus esfuerzos para olvidar el cansancio. Hay que sentirnos héroes, no importa que después suframos lo que los italianos llaman «el síndrome del buen samaritano desilusionado». Habremos escuchado el barbarismo workaholic. En estas circunstancias el cuerpo, al experimentar el cansancio y mandar señales de agotamiento, se convierte en un estorbo y solamente dopado puede continuar. Y hay tantas formas para doparnos, desde los recursos espiritualoides hasta las drogas abiertamente adictivas pasando por el alcohol.

Me encontré uno de eso artículos al respecto, que han de leerse y releerse siempre de pie. Se trata de un análisis verdaderamente interesante sobre la situación de nuestro mundo actual en este aspecto.. Lo escribe Eliane Brum – brasileña, escritora, periodista y documentalista; este artículo me ha servido de meditación, de oración, algo así como un regalo de Dios que me dice, y nos dice: ¡cálmate, déjame trabajar a mí, tú no eres el salvador, tranquilo!; y podría servirnos a todos porque todos estamos sometidos a ese ritmo inhumano que la autora llama:  Exhaustos-y-corriendo-y-dopados. Usted puede encontrarlo en El País (07.07.16). Si usted desea comprobar la veracidad de lo que ahí se escribe, de la enfermedad sociocultural que nos aqueja, piense solo en la cantidad de accidentes automovilísticos, carambolas, víctimas, y, además, en la altísima carga y agresividad que llevamos dentro.

Comparto con usted, textuales, algunas citas de dicho artículo. Quizá se requieran dos entregas. “Nos hemos esforzado libremente y con gran ahínco para alcanzar la meta de trabajar 24/7. Veinticuatro horas siete días a la semana. Ningún capitalista había soñado tanto. El jefe nos alcanza en cualquier lugar, a cualquier hora. La jornada de trabajo ya no acaba nunca. Ya no hay un espacio de trabajo y un espacio de recreación, ya no hay ni siquiera una casa. Todo se confunde. Internet se ha usado para borrar las fronteras también del mundo interno. Estamos siempre, de algún modo, trabajando, haciendo networkinghause, debatiendo (o discutiendo), interviniendo, tratando de no perdernos nada, sobre todo las noticias ordinarias. Nos consumimos animadamente, al ritmo de emoticonos. Y, así, perdemos tan solo el alma. Y logramos una hazaña sin precedentes: ser amos y esclavos al mismo tiempo”.

“Como en la época de la aceleración los años ya no comienzan ni terminan, solo se juntan unos a otros, tanto como los meses y como los días, la mitad de 2016 llegó cuando parecía que aún era marzo. Estamos exhaustos y corriendo. Exhaustos y corriendo. Exhaustos y corriendo. Y la mala noticia es que vamos a seguir exhaustos y corriendo, porque exhaustos-y-corriendo se ha convertido en la condición humana de esta época”.

“La contemplación es civilizadora. Y el tedio es creativo. Pero ambos fueron eliminados por el rellenado sin interrupción del tiempo humano por tareas y estímulos simultáneos. Ejecutas una tarea y contestas al teléfono, respondes a un WhatsApp mientras cocinas, comes viendo Netflix e insultando a alguien en Facebook, preguntas cómo le fue en la escuela a tu hijo mientras miras el Twitter, conduces publicando una foto en Instagram, haces un trabajo mientras mandas un correo electrónico sobre otro y así sucesivamente. Dos, tres…, varias tareas al mismo tiempo. Como si eso fuera una ganancia, y no una pérdida monumental, una involución.

Nietzsche  llamaba ya la atención sobre el hecho de que la vida humana termina en una hiperactividad mortal si se expulsa de ella todo elemento contemplativo: “Por falta de descanso, nuestra civilización camina hacia una nueva barbarie”.

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Nilhil Moveatur. De los hondos limos del Derecho Romano, el Derecho Canónico conserva esta máxima: nilhil moveatur. El código canónico lo aplica a las situaciones de sede vacante, tanto pontificia como episcopal. En este caso se nombra un administrador para que atienda los asuntos ordinarios de la diócesis vacante o de la iglesia universal, (en este caso, la persona ya está definida ipso iure), pero bajo la máxima del nilhil moveatur, es decir, que nada se mueva, más exactamente, que no se tomen decisiones trascendentes mientras no llegue el nuevo titular. Así, cuando la sede episcopal de Juárez estuvo vacante unos meses, se nombró un administrador, un obispo vecino, pero éste no podía, por ejemplo, ordenar sacerdotes o cambiar párrocos. Eso queda pendiente hasta que llegue el nuevo titular.

Hemos asistido estos días a algunos episodios nacionales debido a los gobernadores que han hecho movimientos importantes no obstante la inminencia del fin de su periodo, lo cual ha desatado polémicas, interpretaciones varias y amargas e inestabilidad. Dado el nuevo giro de la democracia contemporánea, y mientras llegamos a la altura de los ingleses que, en un día, cuando no en horas, cambian a su Prime Minister, pienso que el “nilhil moveatur” sería un buen antídoto para evitar convulsiones postreras. Creo que una vez terminadas las elecciones y aclaradas las infaltables impugnaciones, se habría de decretar un nilhil moveatur con carácter constitucional. Eso ayudaría a la democracia.