Marta y María

Santa era santa Marta, aunque no dicen que era contemplativa; pues, ¿qué más queréis que poder llegar a ser como esta bienaventurada, que mereció tener a Cristo nuestro Señor tantas veces en su casa y darle de comer y servirle y comer a su mesa? Si se estuviera como la Magdalena, embebida, no hubiera quien diera de comer a este divino huésped. Pues pensad que es esta congregación la casa de santa Marta, y que ha de haber de todo; y las que fueren llevadas por la vida activa no murmuren a las que mucho se embebieron en la contemplación, pues saben ha de tornar el Señor de ellas, aunque callen, que por la mayor parte hace descuidar de sí y de todo. Acuérdense que es menester quien le guise la comida, y ténganse por dichosas en andar sirviendo como Marta. Miren que la verdadera humildad está mucho en estar muy prontos en contentarse con lo que el Señor quisiere hacer de ellos y siempre hallarse indignos de llamarse sus siervos.

Pues si contemplar y tener oración mental y vocal, y curar enfermos y servir en las cosas de la casa y trabajar, sea en lo más bajo, todo es servir al huésped que se viene con nosotras a estar y a comer y recrear, ¿qué más se nos da en lo uno que en lo otro? No digo yo que quede por nosotras, sino que lo probéis todo, porque no está esto en vuestro escoger, sino en el del Señor. Dejad hacer al Señor de la casa.

Santa Teresa de Jesús

El contemplativo espera la Palabra de Dios

La contemplación es esencialmente una escucha en el silencio, estar expectante. Y también, en cierto sentido, debemos empezar a escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar. ¿Cuál es la explicación de esta paradoja? Quizá que hay una clase de escucha más elevada, que no es prestar atención a la longitud de cierta onda, la receptividad de cierto mensaje, sino un vacío que espera la plenitud del mensaje de Dios dentro de su aparente desierto. En otras palabras, el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente para un mensaje particular que él quiere o espera escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que nunca puede esperar o anticipar la palabra que transformará su oscuridad en luz.

Ni siquiera llega a anticipar una clase especial de transformación. No pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de Dios en silencio, y cuando es respondido, no lo es tanto por una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo, que de repente, revelándose inexplicablemente a él como la palabra de su máximo poder, se llena de la voz de Dios.