• Todos los Santos.

    TODOS LOS SANTOS.

    Para que mi vida
    sea plenamente viva.
    (Agustín).

     

    La fecha se impone. Fiesta de todos los Santos hoy, y mañana, día de los fieles difuntos.

    “La gran enfermedad del s. XX, (y lo que va del XXI), presente en todos nuestros problemas y que nos afecta individual y socialmente, es la «pérdida de alma»”, ha escrito Thomas Moore. (Care of the Soul.1944). Traduciremos Loss of soul, como la pérdida de la dimensión espiritual del hombre, reducido solo a lo material; crisis de trascendencia, suelen llamarla los sociólogos. Sabemos intuitivamente, dice el autor, que el “alma” tiene que ver con lo genuino y profundo, como cuando decimos que tal música tiene alma, o para señalar que una persona es sensitiva, humana. Hablamos de personas desalmadas.

    Social y como personas, ¿no habremos perdido tal dimensión? (Fueron encontradas cuatro hieleras con sendas cabezas humanas). ¿Pensamos que tenemos un alma que salvar? Cuéntase que, ya hacia el final de sus días, don Gonzalo N Santos, envió a su asistente en busca de un cura; ¿oí bien, general?, preguntó el asistente. Sí, le contestó don Gonzalo; un sí acompañado de interjecciones que no pueden publicarse en este espacio. “Por aquello del pin…. Infierno”, concluyó el general. Se trata de una forma de cuidar el alma. Por si las moscas.

    La liturgia. Un antídoto para tal “enfermedad”, descuido u olvido, lo constituye la celebración litúrgica. Dios nos alcanza en la liturgia. Ahí nos espera para iluminar el camino, para curar las heridas, para ahuyentar los miedos, tranquilizar el ánima. El mismo preside la celebración litúrgica.

    Uno de los signos de la vitalidad de la iglesia es la fuerza y la viveza con que celebra y vive la liturgia. El pueblo de Dios no puede vivir sin liturgia; ésta es un don de Dios a su pueblo para que volvamos a hacer presente, a re-presentar, a vivir de nuevo, de forma activa y operante, las “maravillas” que él ha realizado en la historia en favor de su pueblo. Como toda realidad humana, el culto cristiano se despliega en el tiempo según los grandes ritmos de del día-noche, de la semana y del año. Hablamos del “año litúrgico”. Así, la Navidad coincide con el solsticio de invierno, y la pascua con la primera luna llena de la primavera. Cada hora tiene su oración propia. Es la organización cristiana del tiempo que pasa y nos devora.

    El otoño, con su nostalgia, colores dorados y ocres, las lluvias frías y persistentes, hojas que mueren y arrastra el viento, presagia la muerte invernal, cuando la naturaleza duerme un sueño, imagen de la muerte. Todo, imagen de final. De la misma manera que “muere el sol en las tardes / con la luz que agoniza”, cada tarde, cada año que se va, nos revela que nuestra vida también conoce esos tiempos, también nosotros vamos de la primavera al invierno; según la fe cristiana, nuestra vida es tránsito hacia la Vida. “Porque nos queda el consuelo / que Dios nunca morirá”. Él es nuestro futuro, al Único que esperamos encontrar al final. “Dichoso mes de noviembre que empieza con Todos los Santos y termina con San Andrés”, solía decir mi padre; y el refrán quedó gravado.

    Llamados a la santidad. Con tonos de final, celebramos la fiesta de “Todos los Santos”; no solamente es una llamada a la santidad-consagración de carácter personal, simbolizada en los sellados con la marca del Cordero, descrita en al Apocalipsis, sino, también y principalmente, en la visión de la escatología, es decir, del sentido cristiano de la historia. En la celebración de Todos los Santos, vemos, en realidad, hacia donde avanza la historia, la Iglesia, bajo el impulso del Espíritu. Ese triunfo final, escatológico, es el tema central del Apocalipsis y, a la postre, de la esperanza cristiana. Sin esa visión de final (escatológica), el cristianismo no llega ni a sociología. Sobre ese horizonte se proyecta nuestra vida y nuestra acción. Así pues, esta fiesta es consideración escatológica de nuestra historia y la visión de la esperanza de los cristianos.

    En esta fiesta recordamos a todos esos hermanos nuestros que ya han hecho el camino que nosotros recorremos todavía. Nos referimos, no solo a los grandes y conocidos, sino a todos los santos, humildes, sencillos, que nunca serán canonizados, pero «vivieron el evangelio».

    He aquí una hermosa meditación de G. Bernanos. (1888 – 1948). «La casa de Dios es una casa de hombres, no de súper hombres. Los cristianos no son súper hombres. Y ni siquiera los santos, y menos éstos, porque son los más humanos de los hombres. Los santos no son sublimes, no tienen necesidad de lo sublime, es más, en todo caso es lo sublime lo que tendría necesidad de ellos. Los santos no son héroes a la manera de los personajes de Plutarco. Un héroe da la ilusión de superar la humanidad, mientras que el santo no la supera, la asume. Se esfuerza por realizarla de la mejor manera. ¿Entendéis la diferencia? Se esfuerza en acercarse lo más posible a su modelo, Jesucristo, es decir, aquél que ha sido perfectamente hombre con una simplicidad perfecta, al grado de desconcertar a los héroes, reconfortando a los débiles, porque Cristo no ha muerto solo por los héroes, ha muerto también por los débiles. Si sus amigos lo olvidan, no lo olvidan sus enemigos. Sabemos que los nazis siempre oponían a la santa agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos, la muerte gloriosa de tantos jóvenes, héroes hitlerianos, masacrados en los campos de batalla en aras de un falso ideal. El hecho es que Cristo quiere abrir a sus mártires el camino glorioso de un paso sin miedo, pero quiere también preceder a cada uno de nosotros en las tinieblas de la postrera agonía mortal.

    La mano firme, impávida, puede apoyarse en su espalda para dar el último paso, pero la mano que tiembla puede estar segura de encontrar su mano… Aquellos que experimentan mucha dificultad para entender nuestra fe, son aquellos que se hacen una idea demasiado imperfecta de la grande dignidad del hombre en la creación, al lugar al que Dios la ha elevado para poder descender a ella. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios porque somos capaces de amar. Los santos tienen el genio del amor».

    He aquí el por qué San Agustín, puede afirmar una cosa sorprendente: “Ama y haz lo que quieras”. Y continúa: “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor, si corriges, corrige por amor, si perdonas, perdona por amor, que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien”. Quien se deja conducir por el amor, quien vive la caridad plenamente es Dios quien lo guía, porque Dios es amor. U. von Balthazar dice con razón: “Los que aman son los que más saben de Dios, es a ellos a quienes los teólogos tienen que escuchar”. Y no sólo los teólogos, la iglesia toda.

    ¿Cuál es el camino de la “santidad”? A menudo se piensa que la santidad es un objetivo reservado a unos pocos elegidos. San Pablo, sin embargo, habla del proyecto de Dios y afirma: “En Cristo (Dios) nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el «amor»” (Ef 1,4). La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. La santidad es el amor vivido.

    Para que el amor, como una buena semilla, crezca en el alma y nos fructifique, todo fiel debe escuchar voluntariamente la Palabra de Dios, y con la ayuda de su gracia, realizar las obras de su voluntad, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y en la santa liturgia, acercarse constantemente a la oración, a la negación de sí mismo, al servicio activo a los hermanos y al ejercicio de toda virtud.

    ¿Qué es lo más esencial en el camino de la santidad? Esencial es no dejar nunca un domingo sin un encuentro con el Cristo Resucitado en la Eucaristía, esto no es una carga, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que es simplemente la definición del amor en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al principio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las “señales del camino” que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de la caridad. De ahí que el amor para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos. (B.XVI).

    Todo ello ha de realizarse, sin embargo, en la debilidad humana; ningún santo, aún los más perfectos, ha logrado despojarse del todo de la debilidad inherente a la naturaleza humana. S. Agustín, que sabía tanto al respecto, podía decir refiriéndose a los santos: «Porque cuando coronas sus méritos, coronas lo que tú has hecho». En efecto, la santidad es el triunfo de la gracia de Dios en la debilidad humana, y cuando corona a los santos corona su propia obra.

    Señales en el camino. Los santos, signo de esa radical novedad que el Hijo de Dios ha insertado en la naturaleza humana e insignes testigos de la fe, no son representantes del pasado, sino que constituyen el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Éstos han realizado en plenitud esa “caridad en la verdad” que es el sumo valor de la vida cristiana, y son como las caras de un prisma, sobre las cuales, con matices distintos, se refleja la única luz que es Cristo.

    Von Balthazar ha escrito con profundidad y acierto: «En los Santos, en cuanto a hombres que buscaron orientar todo hacia el único amor de Cristo se haya – según el mismo Cristo -, la única credibilidad de su fundación. Mientras que, gracias a los Santos, se aclara qué es “propiamente” la iglesia; por los pecadores, al contrario, (como hombres que no creen seriamente y de verdad en el amor de Dios), la iglesia es oscurecida esencialmente, haciendo de ella un enigma superfluo e incitando, con razón, a la contradicción y a la blasfemia contra Dios. Pues está escrito: «por vuestra culpa blasfeman los paganos el nombre de Dios.» (Rom.2,24). Palabras iluminadas de este gran teólogo. En efecto, los Santos son la realización concreta de la idea Paulina de la iglesia “sin mancha ni arruga” que es presentada como esposa a Dios, en tanto que el antitestimonio del pecado de quienes rechazan el amor, oscurece el ser y el sentido de la iglesia. Y ¡vaya que nos ha tocado vivir dolorosamente esta triste contradicción! Los santos son los auténticos intérpretes del evangelio.

    Tal es la festividad de Todos los Santos. Luz que se enciende en el Cielo e ilumina nuestro penoso camino de la tierra. Hermanos y hermanas nuestros que han llegado a la Jerusalén celestial “cuyo ejemplo nos impulsa y cuya intercesión nos ayuda a trabajar por el reino”. Y yo me pregunto, ¿qué tiene que ver esto con Halloween? ¿Por qué hay publicaciones católicas, que oponen la fiesta de Todos los Santos a Halloween? ¿Qué hay de común entre esta fiesta cristiana y una tradición cultural, folclórica y legítima, como tantas de tantos pueblos? Se enzarzan en una guerra sin sentido. No cabe duda que la ignorancia es audaz. El fundamentalismo, el integrismo, la ultraderecha, creen que Dios necesita defensores, cuando lo que necesita son testigos. Las puertas del Cielo son las que han de abrirse. Y eso lo ha hecho Dios ya. Se ha de tener cuidado para no caer en esa trampa y generar confusión; los ultras son muy peligrosos, no hay que promoverlos. ¿Por qué no ayudamos, en todo caso, a nuestros hermanos sencillos que llevan pepián y mole y música a la tumba de los ancestros? ¿Qué hay en una tumba, sino podredumbre y polvo? ¿Por qué no trabajar, mejor, para obtener de Dios un sentido cristiano de la vida, del dolor y de la muerte? El papa decía el domingo pasado que “la iglesia sigue usando un lenguaje arcaico o por lo menos incomprensible”. El infierno abajo, luego la tierra y arriba el cielo, visión asirio-babilónica. ¿Tenemos que leer de nuevo a Bultmann y su desmitologización?

    El adolescente Vasconcelos, a quien la muerte de la madre arrancó página sublime, dice en sus memorias que al regresar a Piedras Negras, donde estaba sepultada, visitó el campo santo, ni siquiera sabía cuál era la tumba y dejaba las flores en otra; una mano caritativa, escribe, las cambiaba y las depositaba en la tumba de mi madre. Pronto dejé de ir ahí. No nos es lícito venerar podredumbre, concluye. En efecto, el alma de nuestros seres queridos vive para Dios y está en Dios. Mañana, día de los difuntos, rogaremos a Dios para que esto sea realidad plena para ellos y, un día, para nosotros.

    Se trata, a la postre, de la liturgia que nos coloca cristianamente en el tiempo. En otro registro, celebrar Halloween y saborear el triunfo de los Reales.

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