Los Diez mandamientos.

 

Veo gente por todas partes,
Solo que no parecen personas.
(A. Platónov).

 

Hace cosa de unos seis años escribí este artículo; ahora lo reedito corregido a fondo, motivado por los hechos recientes. Pandillas infantiles homicidas, secuestro y asesinato de mujeres. El mal está ahí, agazapado. La violencia no está ni remotamente terminada; y es muy peligroso decir a la gente lo contrario.

 

En el mundo del olvido

Hemos perdido la capacidad para ver la relación causa–efecto; principio de causalidad, según el cual, todo lo que existe tiene una causa; nada es de generación espontánea. Así, ni el crimen, organizado o desorganizado, ni el hecho de que sean jóvenes los que están matando y muriendo, son de generación espontánea. Existe una causa para ello que si no la conocemos y enfrentamos el fenómeno seguirá ahí.

 

Hace tiempo, Riva Palacio nos hablaba del caldo de cultivo de donde está brotando el mal que nos atosiga. Él documenta el fenómeno con alcances de un estudio de sociología. Afirma: «el esquema de los carteles se aplica en los sectores de la población más marginados, provenientes de núcleos familiares rotos, de violencia intrafamiliar, sin educación, ni ingresos y, sobretodo, sin ninguna esperanza o expectativa de mejora. Son parte de la generación “Z”, la de la crisis, (la generación perdida, digo yo), en el fondo de la cadena productiva; vienen del lumpen, o de los linderos de la vida más miserable. (De la periferia existencial). En esos segmentos sociales, el reclutamiento es mucho más sencillo como lo experimentan los grupos criminales».

 

A fortiori, la conclusión es que, si no atacamos la causa, no suprimimos los efectos. Y el hecho es que la pobreza, los círculos de miseria, ese lumpen humano, ciénega de miseria y desesperación, de hacinamiento, donde no pueden brotar ni subsistir siquiera las relaciones humanas más fundamentales del hombre, como es la familia, ahí donde los horizontes simplemente no existen, esa realidad, digo, no sólo sigue intacta, sino que se amplía y ahonda, el problema sigue latente, como un virus. Por lo tanto, esa situación de millones de seres humanos sigue siendo la cantera donde se abastecen las filas del crimen.

 

Hay que pagar con hijos.

En entrevista a El País, (02.07.15), Rogelio Ortega M, flamante gobernador de Guerrero, responde a la pregunta: “Y para acabar con eso, ¿qué se puede hacer?”. Respuesta: “Hay que pagar al campesino por encima de lo que ofrece el narco. Mire, la amapola se cultiva dos veces al año y, sólo en el semestre pasado, se destruyeron 50.000 plantíos. (¡¿?+!). Mi reacción fue decir ‘¡pobres campesinos!’ ¿Por qué? Porque el narco les paga por adelantado la cosecha. ¿Y cómo van a devolver ese dinero, si les queman el cultivo? Pues con sus hijos. El narco se los lleva para convertirlos en sicarios, les entrenan para que ejecuten sin que les tiemble la mano”. Obvio que no se puede competir con el narco en eso de pagar, ni a los campesinos ni a otras entidades. (Para mi asombro, dícese que Guerrero está solo por debajo de Afganistán en eso del opio).

 

¿En qué momento se j… México?

No hay reunión, familiar o de amigos, de albañiles o de empresarios, – y más éstos porque tienen más que perder -, de creyentes o no, en que no aflore el tema de la complejidad e incomprensibilidad de lo que estamos viviendo. Todo mundo nos habla de la situación difícil y compleja; el tema llena las páginas de la prensa, pero nadie nos hemos hecho la pregunta, a fondo y seriamente, ¿por qué hemos llegado a este punto? ¿Dónde perdimos el camino? En Diálogos en la Catedral, Vargas Llosa hace decir a uno de sus personajes: “¿en qué momento se jodió el Perú?”. Igual de perplejos estamos los mexicanos. En un determinado momento de nuestra historia perdimos contacto con las vigorosas tradiciones que habíamos heredado, perdimos nuestro capital humano, y fuimos barridos por un modernismo desvinculante que rompió con todos los muros de contención de la conducta humana, destrozando el primero y más importante, la familia. ¿No sería ese el momento en que se “jodió” todo?

 

Para salvar a la sociedad, hay que salvar a los niños.

Al lado de esa miseria social, está el abandono espiritual, la orfandad religiosa de las nuevas generaciones. Nuestra sociedad no está ya estructurada sobre los valores cristianos. Dom Chautard, monje francés, escribía hace un medio siglo: “Para salvar la sociedad, hay que comenzar por los jóvenes y especialmente por los niños que serán los hombres del mañana. Para muchos niños, la queja de Jeremías es de quemante actualidad: «Los niños piden pan y no hay quien pueda dárselo». Estos capullitos de hombres y mujeres, harán o no harán más fraterno el mundo del futuro. Los niños tienen un derecho estricto e inalienable de conocer a Cristo y de vivir su vida. Tienen pleno derecho a alimentarse del Evangelio y de la Eucaristía”. La verdadera pobreza radica en el alma. ¡Tantos niños y jóvenes dejados huérfanos religiosamente! Haga usted la radiografía de los adolescentes que asesinaron a otro adolescente; igual, el caso de la jovencita asesinada por su pareja. Hágala, vea con microscopio el entorno de los hechos. La fotografía que aparece en el P.M., este jueves, pinta mejor que mil artículos y tesis doctorales la realidad. Ante esa foto, hágase usted todas las preguntas que guste. Ahí está la explicación de todo.

 

Con tus mandamientos, Señor, dame vida. (Salmo 118).

Cayó en mis manos un librito de Anselm Grün, monje benedictino alemán: “Los diez mandamientos”. Lectura fácil, accesible, pensada para el gran público. Nos invita a hacer una relectura de los Diez Mandamientos desde nuestra circunstancia.

 

Dice Grün: “Por esta circunstancia mucha gente busca una clara orientación e indicaciones certeras para alcanzar una vida plena. Los Diez Mandamientos pretenden ser estas indicaciones que orientan nuestras vidas y las enderezan cuando se tuercen. En la medida en que nos indican por donde ir, también nos suministran la fuerza para emprender el camino. Pues quien conoce el camino, descubre dentro de sí más fuerza y motivación que el que marcha sin rumbo. El desorientado malgasta mucha energía al probar varias direcciones, dar la vuelta una y otra vez para volver a hacer siempre el mismo tramo del camino. Quien conoce el camino, también conoce las fuentes de la que puede sacar fuerza para alcanzar su destino”.

 

Sabemos el cómo, pero no el para qué. ( Nietzsche).

Frankl puso de moda la expresión “falta de sentido”; para definir una situación de desorientación, de pérdida del camino. El no saber a dónde ir, el no saber de dónde venimos, qué estamos haciendo aquí, ni por qué un día tendremos que marcharnos. La vida se convierte en un absurdo, y en esas circunstancias pueden hacerse las opciones más devastadoras. Este psicólogo afirma que sólo en una sociedad que ha perdido el sentido, pueden prender tan fácilmente todas esas formas de autodestrucción. Riva Palacio afirma: “los zetas abrevan de los hijos de las generaciones de crisis. Para muchos es mejor apostar en vida y vivir mejor mientras se pueda, que morir inevitablemente, (de hambre), si insisten en vivir dentro de la legalidad”. ¡Qué terrible!

 

La sociedad como amenaza.

Necesitamos movernos, pues, en otra dirección. La solución no es solo policial o política. Desde la fe estamos llamados a realizar el amor en la verdad. “Lo que pasa cuando no se cumplen los mandamientos se ve y se oye a diario en los medios de comunicación, dice Grün. Cuando las personas ya no saben lo que está bien y es correcto, cuando no se cumplen las reglas y normas preestablecidas, el mundo se deshumaniza. Entonces, un mundo sin reglas da miedo. Uno ya no se puede fiar de nada. Al negociar entre empresas, ya no se puede garantizar la honestidad. El impedimento para matar se hace cada vez más débil. Uno siente que la sociedad se convierte en una amenaza. Ya no se puede estar seguro de nada. Incluso en la propia casa no se encuentra refugio. Cuando el asesinato y el robo se convierten en delitos menores, la vida se impregna de miedo. Cuando el matrimonio no es sagrado, dejan de nacer familias donde los hijos encuentren un hogar. Y la célula nuclear de la sociedad empieza a desvanecerse. Y con eso la sociedad pierde su fundamento constituyente”. Tal pereciera que este monje viviese en Juárez y conociese muy bien nuestra situación; pero no es eso, es que donde quiera que los mandamientos de Dios son olvidados, sucede exactamente lo mismo.

 

Tus preceptos son admirables. (Salmo 118).

Y uno empieza a desear cumplir y que todos cumplamos los mandamientos de Dios. Entonces nuestra convivencia sería en paz, serena y tranquila, marcada por el respeto, por el amor. Quejarse del hecho de que los Diez Mandamientos se hayan olvidado o sean menospreciados, no hace mejor al mundo. Con meros actos de culto desvinculados, fundamentalismos y con sermones moralistas no aportamos nada en esa dirección. Los Diez Mandamientos son, a la postre, un diálogo de Dios con el hombre. En su misericordia, al crearnos y marcarnos un destino, nos ha enseñado el camino, nos ha dicho por dónde tenemos que caminar. Un día Jesús nos dirá que “él es el camino, la verdad y la vida”, simplemente todo lo que el hombre necesita para hacer su camino, para encontrar el “sentido”. Si, por las más diversas razones, no aceptamos esta ayuda, caminamos a tientas y caeremos siempre en los mismos errores.

 

Con sus mandamientos, Dios protege nuestra libertad; no son unas trancas, son un cauce suave por donde podemos alcanzar nuestra plenitud, indican el camino hacia una vida plena. Por ello, constituyen para todos los hombres de todos los tiempos y razas, un patrimonio común. Dios busca nuestra felicidad. No puede ser de otro modo cuando nos pide no sustituirlo por ídolos, no usar mal su nombre; cuando nos pide reservar un tiempo, un día a la semana, para la oración y el descanso, cuando nos pide respetar y venerar a nuestros padres, para salvaguardar la estructura fundamental familiar: no puede ser de otro modo cuando nos pide no matar y nos invita a respetar y humanizar la potencia sexual, buena en sí misma, dada por él mismo; cuando nos pide no calumniar, no defraudar, no robar, no corromper, no desear al cónyuge de nuestro prójimo, lo hace para nuestra felicidad y plenitud, incluso su objetivo propio es la salvación eterna.

 

El amor es lo único digno de fe. (H.U. von Balthasar).

Pero aquí cabe un acotamiento muy importante. Como bien lo sabemos por nuestra propia experiencia, no nos basta conocer una ley para observarla. De hecho, en nuestro corazón está escrita una ley de forma natural, que nos indica lo que es bueno y lo que es malo. En realidad aquí vamos más lejos. Aquí hablamos del amor. No bastan “los mandamientos”; es necesario el amor. San Juan nos dice: “nosotros hemos creído en el amor” (1 Jn 4,16). Esta es la opción fundamental de la vida cristiana; visto desde fuera, los mandamientos se convierten en “letra que mata” (cf. 2 Cor 3,6). Hermosamente dice el Papa B. XVI: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida, y, con ello, una orientación decisiva”. El núcleo de los Diez Mandamientos es el amor; a los israelitas les dijo Dios: “Escucha Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,4-5). Y Jesús, tomando este núcleo, añade un complemento indispensable: “y a tu prójimo como a ti mismo”. En observar o no esta ley de Dios, está la vida o la muerte del hombre

 

El gran juego de la libertad.

Se trata del juego más radical jamás expresado por ningún pensador sobre la libertad del hombre: «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor tu Dios, que yo he promulgado hoy, vivirás y crecerás y el Señor te bendecirá. Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio. Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y la tierra, te pongo delante la bendición y la maldición. Elige la vida y vivirás» (cf. Dt 30,15-20). Tal es el problema radical y último del hombre: elegir; entre la vida y la muerte.

 

Jordi Borja Sebastiá ha cometido un error de primaria. Dice un axioma inglés que para enseñarle latín a Juanito, además de conocer bien el latín, también hay que conocer bien a Juanito. Ha sido muy lamentable que califique a la sociedad de Juárez como una sociedad cobarde. Exhibió ligereza e ignorancia. A él no le han secuestrado o asesinado un familiar, no han violado su hogar, no le ha robado el automóvil ni los accesorios del mismo, no lo atosiga el ambulantaje. Don Jordi tiene la experiencia de la policía española, una de las más eficaces del mundo; puesto que tienen terrorismo, ETA y ahora el yihadismo, están siempre en alerta máxima. Aquí, no. Lo que sí hubiese sido bueno es haber traído a Jordi para diseñar las nuevas oficinas de gobierno en Córdova-américas. Si los espacios residenciales de la calle Zempoala no estuviesen enrejados, serían ya estacionamientos poblados de franeleros y vendimias. En el lado opuesto, los vecinos no se la acaban. ¿Nadie previó eso? Ahí sí hizo falta la asesoría de Jordi. Se ha cometido un abuso con los vecinos del sector. No hay que comprar tan rápido la tesis de Jordi, esa de que somos cobardes.